A unos 15.000 años luz de la Tierra, en la constelación de Can Mayor, una estructura cósmica con forma de casco alado ha capturado la atención de astrónomos y aficionados por igual. Se trata de NGC 2359, una nebulosa de emisión cuyo origen está ligado al violento proceso de muerte de una estrella gigante.
Apodada el “Casco de Thor” por su parecido con el mítico objeto del dios nórdico Thor, esta nebulosa es el resultado de los intensos vientos estelares de una estrella de tipo Wolf-Rayet.
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Estas estrellas, entre las más masivas del universo, se encuentran en la fase final de su vida y expulsan enormes cantidades de gas y polvo al espacio.
A pesar de estar muriendo, en su interior aún ocurren reacciones nucleares de fusión que ionizan el material expulsado, creando una envoltura brillante similar a una burbuja.
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Las “alas” que dan forma al casco son, en realidad, nubes de gas liberadas en etapas anteriores de la estrella, esculpidas por la energía liberada en este proceso.
Los científicos estiman que esta estrella terminará explotando como una supernova en los próximos cientos de miles de años, un evento que marcará el final definitivo de su ciclo. Este tipo de explosiones, entre las más energéticas del universo, no solo destruyen la estrella, sino que también siembran el espacio con elementos que luego formarán nuevas estrellas y planetas.
El interés por estos fenómenos se ha intensificado con observaciones recientes en otros rincones del cosmos. Un equipo liderado por el astrofísico Keiichi Ohnaka logró captar por primera vez una imagen ampliada de una estrella moribunda fuera de nuestra galaxia, la WOH G64.
Esta estrella fue observada gracias al interferómetro del Very Large Telescope, una de las herramientas más avanzadas para estudiar el universo. Las imágenes muestran cómo también expulsa gas y polvo en sus últimas etapas, en un proceso similar al que dio origen al “Casco de Thor”.
Ambos casos revelan un mismo fenómeno: la muerte de las estrellas más grandes no es silenciosa, sino un espectáculo cósmico que moldea el universo. En el caso de NGC 2359, esa historia quedó congelada en una imagen que, miles de años después, aún brilla como testimonio del último aliento de una gigante. (I)