La de Gyung-ho y Mi-sun es una historia de amor clásica.

Sus miradas se cruzaron en una fiesta e inmediatamente sintieron un flechazo. Luego se enamoraron y al poco tiempo Gyung-ho le pidió a Mi-sun que se fuera a vivir con él.

Pero la trama no es tan sencilla

Gyung-ho vive en el único pueblo surcoreano que se encuentra en la Zona Desmilitarizada (ZDC), a escasos metros de Corea del Norte.

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El padre de Mi-sun estaba horrorizado. Estaba tan preocupado que no pudo dormir después de visitarlos por primera vez.

“En realidad, lo más duro de vivir aquí es no poder pedir pollo frito a domicilio”, bromea Mi-sun.

Eso, y el estricto toque de queda nocturno.

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Gyung-ho, Mi-sun y sus hijos se encuentran entre los residentes más jóvenes de la aldea surcoreana situada dentro de la Zona Desmilitarizada. SHIN YONG-JU

Contrariamente a su nombre, la franja de tierra que separa Corea del Norte de Corea del Sur es uno de los lugares más militarizados del planeta.

Rodeada de alambre de púas y con una alfombra de minas, cientos de miles de cartuchos de artillería apuntan en ambas direcciones.

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Se creó en 1953, tras la guerra de Corea, para mantener separados a los dos ejércitos.

Cientos de pueblos tuvieron que ser desalojados, obligando a miles de personas a abandonar sus hogares.

Pero se permitió que permanecieran dos aldeas: el Pueblo de la Libertad, al sur de la línea de alto el fuego, y el Pueblo de la Paz, al norte.

Se suponía que estos pequeños faros de esperanza eran una señal de que la ZDC iba a ser temporal, que algún día Corea se reunificaría.

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Pero 70 años después, las perspectivas de unificación parecen escasas y el número de habitantes de la aldea disminuye, ya que los ancianos mueren y los jóvenes se marchan, lo que convierte a Gyung-ho y Mi-sun, con sus dos hijos pequeños, en algo inusual.

Octogenarios y nonagenarios

Vivir a las puertas de uno de los estados más hostiles del mundo conlleva un riesgo considerable.

Mi-sun recuerda el accidentado día del año pasado en que el soldado estadounidense Travis King cruzó corriendo la frontera entre Corea del Sur y Corea del Norte mientras visitaba la zona desmilitarizada.

La escuela envió inmediatamente a sus hijos a casa y los residentes se tuvieron que confinar.

“Cosas así ocurren con muy poca frecuencia y me recuerdan que vivo en este tipo de pueblo”, dice.


Para llegar al Pueblo de la Libertad, que en coreano se conoce como Taesung, hay que pasar por varios controles.

Desde allí manejamos hacia el norte, más allá de hileras de tanques blindados, hasta que el paisaje se abre para revelar decenas de campos de arrozales dorados y un pequeño grupo de casas.

Esta señal azul marca la entrada a Taesung, el Pueblo de la Libertad.

No hay restaurantes, ni instalaciones médicas, ni una sola tienda, y los aldeanos, muchos de ellos ya octogenarios y nonagenarios, viven bajo la vigilancia de más de 800 soldados.

En un tranquilo patio, una pequeña mujer anciana remueve un lote de gelatina casera de bellota, con la espalda encorvada por décadas de trabajo en el campo.

Un sombrero a rayas protege su rostro curtido y su pelo revuelto.

Kim Dong-rae nació en esta tierra años antes de que la guerra decidiera su peculiar destino.

Recuerda las balas que pasaban por delante de sus ventanas por la noche, cuando el pueblo quedó atrapado en el fuego cruzado.

No me hagas hablar de esa terrible guerra”, dice, gesticulando enérgicamente.

A sus 85 años, ha tenido que enterrar a dos de sus seis hijos, así como a su marido, quien murió joven tras recibir un disparo en el estómago de un soldado norcoreano.

Criar a sus hijos sola, en un perpetuo estado de alerta máxima, era estresante y solitario, recuerda, aunque la vida se hizo más fácil con el paso de los años.

Al principio sólo había un autobús a la semana para sacarlos de la ZDC, lo que significaba que cuando se iba de fin de semana a beber y bailar, se quedaba fuera hasta el viernes siguiente.

Pero ahora hay tres autobuses al día y, una vez superada su época de juerga, sólo sale una vez cada dos meses para arreglarse el pelo.

“Ojalá pudiera ir más a menudo, pero es un lío”, se encoge de hombros.

Kim Dong-rae va en busca de bellotas para hacer su gelatina.

Una vez, mientras buscaba bellotas para hacer su gelatina, Kim Dong-rae vio soldados norcoreanos en el lado sur de la línea. Asustada, gritó y echó a correr, y con razón.

En 1997, su amiga, de nombre Hong, fue detenida por los norcoreanos tras cruzar accidentalmente la frontera mientras recogía bellotas, y permaneció cautiva durante tres días.

Ahora, Kim es escoltada por soldados armados en la mayoría de sus salidas, lo que significa que se preocupa menos.

“Nosotros y los norcoreanos vivimos de espaldas”, afirma.

“El riesgo es increíblemente alto”

La aldea está dirigida por el Comando de Naciones Unidas, un ejército dirigido por Estados Unidos e integrado por soldados de más de una decena de países. Se trata de una fuerza responsable de garantizar que se mantenga el armisticio.

Nunca ha habido un acuerdo de paz entre Corea del Norte y Corea del Sur, y los habitantes de Taesung están en primera línea de las tensiones.

En noviembre, ambas partes rearmaron sus tropas dentro de la zona desmilitarizada, tras el fracaso de un acuerdo para mantener la paz.

A principios de este año, el líder norcoreano Kim Jong-un calificó a Corea del Sur como enemigo número uno y declaró que la reunificación pacífica de los dos países era imposible.

“La aldea no es peligrosa en el día a día, pero el riesgo es increíblemente alto”, comentó el teniente coronel estadounidense Chris Mercado, quien dirige el batallón de soldados de élite que protege la aldea.

“No hay ningún lugar así en ninguna otra parte del mundo”, agregó Mercado.

Soldados vigilan a los aldeanos mientras cultivan junto a la frontera norcoreana.

Los soldados bajo su mando patrullan día y noche. Incluso acompañan a los residentes mientras cultivan.

En el momento en que se preparan para llevarnos a los campos cercanos a la frontera nos alertan de una posible amenaza.

Una familia norcoreana acaba de escapar del país y cruzar a Corea del Sur por mar. Nos dicen que los guardias fronterizos del norte estarán en alerta máxima y probablemente vigilen todos nuestros movimientos, por lo que nuestra presencia podría asustarles.

Fue inevitable quedarnos donde estábamos en ese momento, un recordatorio de lo impredecible que puede ser la vida en la ZDC.

Pero una vez que el riesgo disminuye, nos dirigimos a un campo que discurre a lo largo de la línea que divide el Norte y el Sur.

Mientras un residente ara lo último de su cosecha de arroz, dos soldados con ametralladoras montan guardia, vestidos de camuflaje de pies a cabeza, con los ojos atentos a cualquier movimiento en el norte.

No hay vallas ni barreras que separen físicamente el pueblo de Corea del Norte. Sólo una señal oxidada marca una línea invisible, junto con una densa maraña de árboles y arbustos.

Cuando el ruido del arado disminuye, oímos el débil sonido de los soldados cantando en el lado norte.

“Siempre se me rompe el corazón cuando vengo aquí”, dice el alcalde de Taesung, Kim Dong-gu. “Somos un solo pueblo, pero no podemos hablar entre nosotros, sólo podemos mirarnos desde lejos”.

Durante el día, sólo el ruido de los tractores o los ladridos de los perros guardianes rompen la engañosa serenidad.

El alcalde Kim se preocupa constantemente por la seguridad de sus habitantes. “Puede parecer tranquilo”, dice, “pero hay una inquietud invisible, un miedo innato”.

Una señal oxidada marca la frontera entre Corea del Norte y Corea del Sur.

Cuando cae la noche, los habitantes desaparecen en sus casas. Necesitan permiso para salir después de las 7 de la tarde y no se les permite salir después de medianoche.

Los soldados pasan lista todas las noches, llamando puerta por puerta, pero es una formalidad. La red de cámaras de vigilancia les permite saber dónde está cada uno.

Para compensar estas normas y riesgos, se ofrecen a los aldeanos algunas ventajas importantes para convencerles de que se queden. No pagan impuestos ni alquiler, y su aislamiento extremo viene acompañado de abundantes tierras de cultivo. Las cosechas que no puedan vender, las comprará el gobierno.

Para Kim Kyung-rae se trata de un acuerdo muy bueno.

“Creo que se puede decir justificadamente que esto es el paraíso en la Tierra”, dice sonriendo, mientras nos sentamos en su porche a tomar el sol del atardecer.

Este anciano de 87 años, que tomó las armas a los 16 años para defender el pueblo durante la guerra, no sólo es uno de los agricultores más ricos de la península coreana, sino que cuenta con todo un escuadrón de seguridad de primer nivel que le cuida.

Pero esto no le ha impedido instalar sus propias cámaras de vigilancia para detectar posible intrusos norcoreanos.

Los soldados patrullan el pueblo por la noche tras el estricto toque de queda.

El simbolismo de Taesung parece haber pasado inadvertido para Kim y los demás residentes fundadores.

Todos dicen que han permanecido aquí por costumbre y necesidad: es donde nacieron y la agricultura era todo lo que conocían.

Pero mientras la generación que luchó por esta tierra se resigna a morir aquí, muchos de sus hijos han seguido adelante.

Fue el caso de las seis hijas de Kim, quienes se marcharon para continuar su educación y nunca regresaron. Con cada partida, su corazón se rompía un poco más.

Una de ellas, Yoon-kyung, la tercera de las hermanas, lo visitó mientras estábamos allí.

Aprovechó su paso para alisarle la ropa y lo peinó con cariño. Contó que “al crecer, sentí que éste era un lugar peligroso, pero no tenía miedo, simplemente no tuve motivos para volver”.

Después de la universidad conoció a su marido, consiguió un trabajo y ahora vive en Seúl con sus hijos.

Durante muchos años se permitió a los hombres traer a sus parejas a vivir al pueblo, pero no a las mujeres, lo que las obligaba a marcharse por amor.

Kim Kyung-rae con la tercera de sus seis hijas, Yoon-kyung, que se fue del pueblo y ahora vive en Seúl.

Las normas se han actualizado desde entonces, pero quizá demasiado tarde.

Taesung, con todas sus restricciones, ya no puede competir con las brillantes luces y las ilimitadas oportunidades de la Corea del Sur moderna.

Un ejemplo es que su población se ha reducido un tercio, de 213 a 138 habitantes en la última década, mientras que la proporción de ancianos se ha duplicado.

Sólo hay seis alumnos por clase en la moderna escuela primaria que construyeron en el pueblo, a la que asisten los hijos de Gyung-ho y Mi-sun, y la mayoría vienen en autobús desde fuera de la ZDC.

El hijo de la pareja, de 10 años, parece no inmutarse por el entorno. Dice que quiere vivir siempre en Taesung, en parte porque así no tendría que hacer el servicio militar obligatorio, otra de las ventajas del pueblo.

Pero Mi-sun y Gyung-ho se resignan a que sus hijos se vayan algún día. Quieren que viajen y conozcan un mundo más allá de los alambres de púas.

“Es mucho pedir para los jóvenes vivir aquí”, dice Gyung-ho, y añade que probablemente el pueblo no existirá en el futuro.

Conflicto sin resolver

Desde el tejado del ayuntamiento, tenemos una vista despejada de Corea del Norte y del Pueblo de la Paz, Kijong, con su imponente mástil de 165 metros.

El teniente coronel Mercado señala algunos de los edificios, explicando que son meras fachadas, con las ventanas pintadas. Se cree que los norcoreanos abandonaron Kijong hace mucho tiempo.

Sin embargo, tanto él como su equipo del Comando de Naciones Unidas están decididos a mantener Taesung en funcionamiento y están ideando formas de persuadir a la gente para que se quede.

Una opción es reducir el número de noches que los aldeanos deben pasar aquí para conservar su residencia, frente a los ocho meses actuales.

Se cree que Corea del Norte abandonó hace tiempo Kijong, su pueblo situado dentro de la zona desmilitarizada.

Mercado teme que la desaparición del pueblo sea una señal de que el sur ha renunciado a la paz y la reunificación.

“Sería un mensaje muy claro de que ya no se cumplen los términos del armisticio”, afirma.

Pero cada año que pasa, la reunificación parece menos probable.

No sólo porque Pyongyang haya abandonado oficialmente esa política, sino que un número cada vez mayor de surcoreanos ya no cree que sea necesaria, o ni siquiera la desea.

A medida que este sueño se desvanece, resulta más difícil convencer a la gente de que viva en primera línea de un conflicto sin resolver.

Entre tanto, Kim Dong-rae cree que éste será el último año que haga su gelatina de bellota.

La semana pasada asistió al funeral de un amigo. Después, otra amiga la llamó por teléfono y le rogó que aguantara. “Ahora sólo quedamos tú y yo”, le dijo.

“Intento aguantar”, me dice Dong-rae. “Pero a nuestra edad es difícil”, reconoce, “me habré ido mucho antes que el pueblo”. (I)