Evitemos una década perdida es el título del último informe del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef por sus siglas en inglés) que muestra el impacto de la pandemia sobre la infancia y la juventud.

La pobreza por ingresos en Ecuador, considerado un país de ingreso medio alto, alcanzó los mismos niveles del 2010 con el 32,2 % de los ecuatorianos que son pobres por sobrevivir con menos de $ 84,7 al mes, según el último reporte del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) correspondiente a junio de este año. Son 5,7 millones de personas que tienen esos ingresos.

Antes de la pandemia, en diciembre del 2019, afectaba al 25 % de la población nacional y llegó a bajar al 22,5 % en el 2017, el porcentaje más bajo registrado durante lo que va del siglo XXI, reporta el organismo oficial de cifras del país.

Esto implica un retroceso de una década y repercute en el acceso a derechos de los menores de edad que son parte de estos hogares vulnerables.

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Una encuesta de Unicef indica que a mayo de este año el 69,4 % de los hogares con niños, niñas y adolescentes (nna) de nivel socioeconómico bajo tenía inseguridad alimentaria moderada y severa y en las familias de ingreso medio bajo el porcentaje llegó al 72,4 %.

La pérdida de ingresos afecta más a los hogares con niños, niñas y adolescentes. El 81,6 % de ellos percibe menos dinero que antes de la pandemia, es decir, 8 de cada diez en el país, muy por encima del promedio nacional (73,3 %) y de las familias sin menores de edad (63,2 %). Y la probabilidad de contagio del COVID-19 se incrementa en los hogares con inseguridad alimentaria y con niños y adolescentes.

Una dieta menos rica en nutrientes y un menor acceso a la educación y salud son la evidencia de esta pobreza infantil, indica el psicólogo clínico Christian Arias, quien como expresidente de la Asociación Ecuatoriana de Bienestar Infantil recorre la ruralidad y las zonas urbano marginales.

“Son personas que viven en recintos en medio de las montañas o en invasiones. Para nosotros es poco, pero treinta centavos que cuesta el pasaje de un colectivo (bus) es bastante para ellos, al estar segregados, pues se dificulta el acceso a salud gratuita”, dice.

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Hay recintos de Guayaquil como Bajo Verde, que está a 25 minutos en carro de la institución educativa más cercana y a 40 minutos del subcentro de salud, en Chongón. “Más adentro, ya en medio de la montaña hay casas desde las que se hace un viaje de dos horas y media hasta un subcentro de salud. Allá solo entran motos. Si quiero hacer una visita domiciliaria me cuesta entre $ 20 y $ 25″.

La pobreza implica un factor de riesgo en el que se potencia el estrés parental, señala Arias.

Los estudios indican que con un mayor índice de multiestrés hay una mayor práctica maltrante, lo que deriva en lo que se conoce como familias multiproblemáticas: “Niños que no pueden vivir plenamente su niñez porque con 10 años tienen que cuidar al que tiene dos o tres, adolescentes que se saltan a la etapa de producción sin terminar sus estudios, violencia doméstica, abuso sexual porque viven en casas donde no hay puertas, alcoholismo, drogadicción, es un nivel caótico, crianza con castigo físico, desnutrición crónica infantil, todo de forma simultánea”.

Una niña que vive aislada en medio de la montaña en una zona sin nombre ubicada a dos horas del recinto Bajo Verde refirió a Arias que durante la pandemia ha almorzado arroz con salsa de tomate y verde con mayonesa, además de que se alimenta con una o dos comidas al día. “Hay padres a los que les toca sortear cuál de sus niños come en un día, esa es la realidad que palpo en mi trabajo”, añade.

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La encuesta de Unicef concluye que los ingresos de las familias, especialmente con nna, no muestran una tendencia de recuperación. Y que “la cobertura de los programas de alimentación escolar continúa siendo insuficiente de cara a la problemática que enfrenta la población”.

Erwin Ronquillo, secretario técnico de Ecuador Crece sin Desnutrición Infantil, dice que hay el riesgo de que una tercera parte de la población menor de 2 años padezca de desnutrición crónica infantil producto del aumento de la pobreza por la pandemia y la crisis migratoria venezolana, según un análisis realizado con las agencias de cooperación. “Uno de cada tres niños podrían hoy estar sufriendo desnutrición”, afirma el funcionario. La última cifra oficial data del 2018 e indica que antes de la pandemia uno de cada cuatro la padecía.

El impacto del COVID-19 y la crisis económica se acentúa en las familias vulnerables que sufren mucho más, afirma Max Núñez, director general de la Agencia Innovación y Desarrollo. “Si la brecha de pobreza ya era grande antes de la pandemia, ahora es mucho más”.

Es una pobreza no solo entendida desde el punto de vista de ingresos sino también en el acceso a necesidades básicas, salud mental, nutrición y educación.

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Una de las claves para enfrentar la problemática es garantizar el acceso a educación de calidad porque da herramientas para que esos menores no repliquen el círculo de pobreza en el que crecieron. El problema es que Ecuador tenía retos al respecto desde antes del coronavirus.

“Hay una deuda en aprendizaje que no se cierra. Los últimos exámenes para educación básica y bachillerato realizados entre 2018 y 2020 indican niveles de insuficiencia marcados. El 75 % de estudiantes tienen niveles de entre insuficiente y elementales en matemáticas. Y no es que se miden conocimientos muy profundos sino operaciones básicas que alumnos de ese nivel deben tener”, dice Núñez.

Al llegar la pandemia, que llevó a una virtualidad obligada con docentes sin alfabetización digital, a todos estos problemas de aprendizaje se suman otras limitantes como la falta de conectividad, de equipos y de espacio físico. “Esto se evidencia en los sitios más vulnerables como la ruralidad, donde ya había niveles de pobreza altos y la penetración de internet apenas llega al 35 %. Las tareas se enviaban una vez al mes en una especie de portafolio”, añade Núñez.

Ecuador tenía de 4 a 5 años de desfase educativo en la primera infancia (grupo de niños y niñas menores de cinco años de edad), según una evaluación del Banco Mundial. “Esto implica una deuda grandísima de aquí a 5, 10, 15, 20 años. Los primeros años es cuando se genera la mayor base de conocimiento en la estructura de aprendizaje, lo que no se termina desarrollando y se genera un desfase para toda la vida de esas personas. Al final del día son menores ingresos y tienen más probabilidades de estar en la pobreza”.

Los estudios indican que la moviidad económica y la posibilidad de que una persona salga de la pobreza de forma consolidada es muy baja en América Latina. “Los que nacen en un estrato social pobre tienen 95 % de probabilidades de quedarse allí”, asegura el especialista. La educación puede marcar una diferencia.

El informe de Unicef indica que los primeros a la hora de recibir inversiones y los últimos a la hora de sufrir recortes deben ser los menores de edad de un país. “Esto debe ser lo que más se incentive en este reto de reactivación económica. Un dólar invertido en primera infancia son $ 7 de retorno para el país a largo plazo”, agrega.

Ronquillo afirma que se asignaron $ 330 millones en el presupuesto estatal del 2022 para financiar los servicios priorizados y el plan Infancia con Futuro, con el que se tiene previsto llegar a 330.000 personas con el fin de revertir el aumento de la pobreza infantil.

La Unicef señala en su informe que la pandemia del COVID-19 se ha convertido en la mayor amenaza para la infancia en los 75 años de historia del organismo. Hay un aumento del número de niños y niñas que pasan hambre, no van a la escuela, sufren abusos o viven en la pobreza y disminuye los menores de edad que acceden a la atención oportuna de salud, vacunas, alimentos suficientes y servicios esenciales.

“Si no se actúa, el mundo se enfrentará a una década perdida para los niños, y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (pactados para cumplirse en 2030) se convertirán en un sueño imposible”, se advierte en el documento. “En el mejor de los casos, se necesitarán entre siete y ocho años para recuperarse y volver a los niveles de progreso anteriores a la crisis. El mundo se encuentra en una encrucijada. Debemos decidir si protegemos y ampliamos los logros alcanzados en materia de derechos de la infancia a lo largo de los años, o si sufrimos las consecuencias de un retroceso en el progreso y la pérdida de una década para los niños y jóvenes de hoy”, añade la publicación.

¿Qué pasaría si la persona llamada a descubrir la cura contra el cáncer acaba de nacer en una zona urbano marginal del Ecuador?, se pregunta analista

La pobreza infantil se evidencia con menores de edad que venden productos en los semáforos de Guayaquil. Foto: El Universo

Susana Herrero, doctora en economía del desarrollo e investigadora de la Universidad de las Américas (UDLA), afirma que a la pobreza infantil no se le da el puesto prioritario que debería ocupar con retos como mejorar la calidad de la educación y el acceso a la salud, lo que requiere de más recursos económicos y de políticas de Estado. “Se necesitan docentes más preparados, mejores infraestructuras, solo cuando demos las oportunidades a todos los niños, niñas y adolescentes de ser lo que el país necesita, pues Ecuador podrá estar en paz”.

La reducción del desempleo, el subempleo, de los niveles de delincuencia y de la insatisfacción social de aquí a 20 años pasa por atender desde hoy las necesidades de los menores de edad. “Necesitamos una sociedad pública y privada comprometida con esto... Una cosa que me preocupa es que los niños no votan, ni se quejan, ni pagan impuestos..., pero son la única esperanza de que lo harán mejor de lo que nosotros hacemos ahora”, asegura Herrero.

Ecuador tiene muchos recursos, pero el principal es su gente, agrega Herrero. “Los padres y las madres deben votar a base de lo que estén proponiendo para nuestros niños. Esto es prioritario ya. La gente ahora mismo no está siendo optimizada en la medida de lo que puede. Los niños deben ser los primeros en los que se debe invertir”.

La reducción de la pobreza infantil requiere de un programa multidisciplinario, ya que abarca varios aspectos ligados al sector público y privado. “Todo de forma articulada para lograr que los niños y niñas tengan acceso a la mejor educación posible, una vida con los mayores niveles de salud, de prevención y nutrición, una vida libre de violencia y de un entorno que les permita desarrollarse”, asegura Herrero.

El objetivo es perfilar personas productivas, con ideas, que desarrollen todo su potencial durante la vida y hallen soluciones a las problemáticas ambientales o de salud, entre otras.

“¿Qué pasaría si la persona llamada a descubrir la cura contra el cáncer acaba de nacer hoy en un barrio marginal del Ecuador?”, se pregunta Herrero. La especialista responde que no se tendría acceso a esa medicina “porque no hemos sabido como país darle oportunidades a todos los niños y niñas”.

Henrietta Fore, directora ejecutiva de Unicef, resalta el apoyo del sector privado en la reconstrucción de las economías tras la II Guerra Mundial (1939-1945) y que en los próximos años también lo será “a la hora de impulsar la innovación y la tecnología necesaria para que todos podamos prestar mejores servicios a más niños y a un mayor número de familias”.

“Y, por supuesto, los niños y los jóvenes son los colaboradores más importantes de todos. Son más que una voz y un beneficiario: son participantes integrales en la concepción y aplicación de soluciones... Trabajando con ellos podemos responder a la pandemia y recuperarnos de ella de forma equitativa, y reimaginar un futuro mejor para todos los niños”, indica Fore.

El modelo educativo no ha variado desde hace décadas y no es acorde a la realidad actual, dice Núñez

La educación debe tener una transformación tras la pandemia, ya que no ha cambiado por lo menos durante los últimos 80 años, indica Núñez.

“Es un modelo educativo que surgió con la revolución industrial manufacturera, la producción en masa. Hoy en día todo lo que se vende comercialmente, de marketing, la forma de consumir los productos, lo que usamos a diario, la televisión, todo es personalizado. Ahora uno elige que ver, cuando dejar de ver y retomar, ya no es como años atrás que uno tenía que ver lo que el canal programaba”.

Pero la educación no se ha personalizado, acota Núñez. ”Los chicos tienen habilidades y no todos aprenden de la misma manera o son buenos en lo mismo”.

La pandemia aceleró un proceso de transformación digital e hizo que la tecnología sea parte del sistema educativo. “Debe haber nuevos modelos educativos. Por ejemplo, un proceso de aprendizaje a través del modelo del aula invertida, donde el aprendizaje no solo se genera desde el profesor sino con medios propios y en la clase lo que se hace es reforzar esos conocimientos. Y complementar el aprendizaje con recursos tecnológicos”.

Hay nuevas herramientas como la inteligencia artificial, el internet de las cosas o temas financieros y de emprendimiento que deben incluirse. “El desarrollo de habilidades. En las aulas ya no solo enseñar matemáticas, lenguaje que son indispensables, pero se debe complementar con inteligencia emocional y habilidades del futuro. Eso es parte findamental en el proceso de desarrollo de una persona hoy en día”.

Hay pobladores que no necesariamente laborarán como asalariados en una empresa y mas bien, ante la falta de opciones, pues emprenderán negocios. (I)