El número de pedidos que registra la Corporación Nacional de Electricidad (CNEL) para instalar los medidores de 220 voltios que requieren las cocinas de inducción se redujo de forma drástica a partir del 2017, como una muestra de que la transición que buscaba el remplazo del gas licuado de petróleo (GLP) como fuente de energía para cocinar no obtuvo el objetivo previsto.

CNEL informa que el número de solicitudes pasó de 120.267 durante el 2015, luego que en agosto del 2014 empezó este Programa de Cocción Eficiente (PEC), a 20.138 en el 2018 y a cantidades ínfimas en los siguientes años hasta llegar a cero durante lo que va del año actual.

‘Usé la cocina de inducción y la planilla de luz subió, por ello prefiero cocinar en la de gas’, dice una ama de casa que es parte del 13 % de hogares del Ecuador que recibe el subsidio por cocción eficiente

Esta empresa pública provee energía eléctrica a 2,5 millones de clientes residenciales, un poco más de la mitad de los 4′860.955 hogares que reciben el servicio en el país, según el Ministerio de Energía y de Recursos Naturales No Renovables.

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Del total de usuarios, el número de clientes residenciales inscritos en el PEC por lo que reciben el subsidio eléctrico por usar las cocinas de inducción fue de 621.811 en enero último, según la entidad.

La ciudadanía no palpó en sus bolsillos el ahorro que pudo significar la transición energética del gas licuado de petróleo, un combustible de energía no renovable, a usar la electricidad producida principalmente por hidroeléctricas (un recurso renovable) al momento de cocinar.

“La idea era utilizar la energía hidroeléctrica que se produce localmente en buena cantidad y que además es renovable, pero se preveía que suceda cuando paulatinamente se vaya retirando el subsidio al gas que es importado, lo que hubiera provocado un beneficio más real económicamente”, indica Alfredo Valarezo, catedrático del Colegio de Ciencias e Ingeniería de la Universidad San Francisco de Quito (USFQ).

“Que el GLP se venda a precios comerciales como paulatinamente debía ocurrir hubiese sido la presión para que las personas se decidan finalmente a solo utilizar la cocina de inducción o que las vean como una opción interesante”, agrega.

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El Estado subsidia la importación del gas para que se venda a un precio oficial de $ 1,6 por bombona de 15 kilos, precio que aumenta por su distribución y llega a los hogares a un valor de $ 3,5 a ciertas zonas de ciudades como Quito y Guayaquil. Este alcanza por un mes para una familia promedio de cuatro miembros.

Si no fuera subsidiado costaría entre $ 13 y $ 20 según factores externos como el precio internacional del petróleo, tal como sucede con la gasolina, sin tomar en cuenta el costo de la distribución interna, afirma Valarezo.

El incentivo tarifario que establece la tarifa cero para el consumo que corresponde al uso de las cocinas de inducción hasta un límite de 80 kilovatios hora (kWh) al mes representa alrededor de $ 7,2, pero el beneficio se diluye por la forma como se aplica y se informa a los usuarios.

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El especialista es parte del grupo de investigación denominado Clean Cooking (cocción limpia, en inglés), que realiza la Universidad San Francisco de Quito (USFQ) en colaboración con la Universidad de Columbia y el auspicio del National Institutes of Health (Instituto Nacional de Investigación) de Estados Unidos.

En este proyecto se mide en los hogares la contaminación que genera la cocción con GLP e inducción que funciona con electricidad.

Los estudios indican la baja contaminación que tienen las cocinas de inducción porque no emanan ningún tipo de gas, contrario al uso del GLP que emite partículas finas de la combustión que pueden afectar la salud. “El hecho de que simplemente el gas no subió a precios comerciales un poco ahí diluyó el propósito de sustituir sus importaciones”.

Los datos señalan además que la transferencia energética de las cocinas de inducción está en el orden del 80 % al 90 % de transformación de energía eléctrica en calor para el alimento, en tanto que las de gas llegan a niveles que no superan el 40 %, dice Valarezo.

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“En el caso de las de gas la mayor parte de la energía se va como conversión porque calienta el espacio aledaño a la cocina, como el aire, y no va directamente a donde debe ir que es el alimento, se disipa en calentar el aire de la cocina”, indica Valarezo.

La opción de usar inducción es más vanguardista, agrega, y se enmarca en los objetivos de la Organización de Naciones Unidas de descarbonizar la economía dejando la dependencia de los combustibles fósiles como el GLP para usar los que son de fuente renovable, como la electricidad producida con energía hidroeléctrica (con la fuerza de los ríos).

Cocinar con un combustible limpio tiene implicaciones positivas en la salud. “El gas se considera limpio a nivel internacional, pero en el contexto de países de África y Asia, donde hay millones de personas que cocinan todavía con leña o de una forma rudimentaria”, indica Valarezo.

En Ecuador se dio la transición del uso de queroseno y de leña al gas como fuente de energía en la cocina a partir de la década del setenta del siglo XX con el boom petrolero. Todo se dio de forma progresiva. A finales de la década del 80 el 60 % de las familias ya cocinaba con gas y a finales de los 90 el porcentaje bordeaba el 85 %. Hasta que hoy el 96 % de la población cuenta con un tanque de gas para cocinar.

“Si no fuéramos un país petrolero y no tuviéramos para importar gas licuado de petróleo a lo mejor muchas personas todavía cocinarían con leña o carbón y eso produce partículas finas que al respirar se van a los pulmones lo que deja problemas cardiopulmonares, entonces tuviéramos un problema de salud generalizado y más grave”, afirma el especialista.

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Todavía en las partes altas de la Sierra se usa la leña para cocinar o como sistema de calefacción en los hogares y también se utiliza en las zonas rurales de la Costa y el Oriente, más como una práctica tradicional ya que sí llega el tanque de gas hasta los sitios más recónditos.

El uso de inducción con electricidad es aún más eficiente que el gas, ya que es menos contaminante porque no genera emisiones de gases. El segundo sí los produce, como dióxido de carbono y nitrógeno, asegura Valarezo, lo que afecta especialmente a las personas que sufren de asma.

“También hay mucha gente con dinero que calienta piscinas o hidromasajes con gas subsidiado, por lo que si se focalizara el subsidio se lo dejaría competir de manera más justa con el sistema eléctrico de inducción y ya sería una decisión del usuario ver cuál más le conviene”, asegura Valarezo.

Lissete Dávila, coordinadora de proyectos de investigación en el área de ingeniería mecánica de la USFQ, afirma que de la visita a los domicilios se determina que en las zonas urbanas están más dispuestos a usar las cocinas de inducción, pero en las rurales sí hay más reticencia porque temen que aumente la factura del servicio de energía eléctrica.

Ella es parte del proyecto de investigación de cocción limpia en el que con equipos se mide la exposición personal a contaminantes en el interior de las cocinas. Una de las premisas es que el hogar cuente con dos cocinas (inducción y gas) en la misma habitación para hacer la comparación. (I)