Eran las 19:14 del pasado 3 de marzo. La noche cae lentamente sobre el centro de Guayaquil y las calles empiezan a mostrar otra cara: una mezcla de comercio que resiste y se apaga frente a personas que regresan a casa y otras que se quedan para completar el día.

El recorrido se inicia en las calles Rumichaca y Clemente Ballén. En la esquina está una persona en condición de calle sentada mirando al suelo, como desorientada, y a pocos metros, un vendedor ofreciendo pitahaya: “Diez por un dólar”, se escucha que resuena en el parlante. Más adelante, otro comerciante pregona: “50 limones por un dólar”.

Publicidad

Las calles aún tienen movimiento: jóvenes caminan con niños en brazos, madres sostienen globos luminosos y el tránsito sigue su ritmo habitual.

En Rumichaca y 9 de Octubre aún pasan buses como la línea 85, no tan llenos, a pesar de la hora. Y en las esquinas a lo largo de la Rumichaca sobreviven los puestos de venta de salchipapas, aprovechando que no llueve.

Publicidad

En pocos metros cambia el panorama

Una adulta mayor, en condición de calle, recibe alimento. Foto: Jorge Lozada S.

Para las 19:16 este equipo periodístico continúa por Junín. Aquí el panorama cambia porque la calle se vuelve más silenciosa y por momentos desolada. La luz tenue alumbra las aceras.

Dos personas permanecen sentadas afuera de un negocio cerrado. De hecho, hay tramos oscuros y otros iluminados por tiendas que aún están abiertas. Entre esas luces también aparecen varias personas en situación de calle cargando fundas.

Cerca está una peatonal entre Pedro Moncayo y Lorenzo de Garaicoa, que conecta con la iglesia San Agustín. Es un miniparque con asientos blancos y la pintura desgastada.

Ahí hay un pequeño grupo de personas conversando mediante el lenguaje de señas. Las manos se mueven con rapidez mientras intercambian historias en medio del ruido distante de la ciudad.

Ciudadano usa la reja de un negocio como tendedero de ropa. Foto: Belén Zapata.

Cuando el reloj marca las 19:18, el conductor nos lleva por la avenida Machala, donde se asientan varias farmacias que con sus letreros luminosos de blanco y verde ayudan al peatón a tener una mejor visibilidad mientras esperan su transporte.

Al girar por la calle Víctor Manuel Rendón, la escena se vuelve un poco oscura: el edificio del Ministerio del Trabajo está apagado por el horario, pero las luminarias públicas (de tonalidad naranja) mantienen la calle visible.

Llegando a Pedro Moncayo, un grupo de personas observa sus celulares mientras espera los vehículos rumbo a Durán, convirtiéndose en un paradero improvisado.

Se alistan a descansar en medio de la basura

Fundas de basura en los alrededores del parque Centenario. Foto: Jorge Lozada S.

Cae la noche y también la basura se acumula en las esquinas, algunas fundas con orificios por la búsqueda desesperada de perros por conseguir alimentos y otras por personas intentando encontrar algo de valor o para reciclar.

El parque Centenario, al pie de Víctor Manuel Rendón, es un ejemplo. Personas caminan por este lado mientras hay un montón de fundas de basura de color negro.

Y así pasa en la mayoría de las calles. En esa misma zona, mientras un joven vende pan con café en una canasta, a un metro está la basura dispersa, causando que las personas que transitan se tapen la nariz.

Ciudadanos sentados en las aceras de las calles. Foto: Jorge Lozada S.

Más tarde el recorrido continúa por el puente que conecta la avenida Machala con Lorenzo de Garaicoa. Las cabinas de la Aerovía pasan oscuras sobre la vía. El trayecto cruza varias cuadras hasta alcanzar el parque de la Madre, que se ve vacío pero limpio.

Después, yendo para la calle Vélez y Pedro Moncayo, el parque Centenario de esa perspectiva es más oscuro. El sobador que suele atender en la zona ya no está. Pero un vendedor de hamburguesas todavía ofrece hot dogs en la vereda.

A las 19:44, un patrullero de la Policía permanece estacionado cerca del parque.

Vigilancia informal por las noches

Mujeres paradas en unas de las esquinas del centro de Guayaquil. Foto: Jorge Lozada S.

Siguiendo por Vélez, los cuidadores de carros juegan cartas sobre una mesa improvisada. Probablemente cuentan las monedas del día mientras la actividad comercial termina.

A las 19:47, en la 9 de Octubre, el movimiento vuelve a aparecer. Personas no videntes siguen trabajando en la calle. Algunos locales ya están cerrados: tiendas de tecnología, ópticas y quioscos. Otros se resisten a bajar las puertas.

Cerca de la calle García Avilés la iluminación de los locales mantiene viva la avenida. La gente compra canguil, chifles o empanadas antes de continuar su camino.

Más adelante, en la plaza San Francisco, hay ciclistas y algunas parejas sentadas. Un vigilante pide a una persona que abandone el lugar mientras recoge basura del suelo. La plaza sigue con poco movimiento.

Tráfico en la avenida Quito. Foto: Jorge Lozada S.

“En las noches veo bastante gente pidiendo dinero. Eso es lo lamentable, bastante juventud fumando en las calles. Ya no se ve a las familias disfrutando en el Malecón, saliendo a pasear con sus hijos por la inseguridad”, cuenta la ciclista Gisella Andrade, quien espera a sus compañeros para iniciar la ruta.

Más denso

Cerca de las 20:15 un fotógrafo estaba sentado en la pileta frente al parque Centenario. El lugar estaba desolado. Foto: Jorge Lozada S.

Para las 20:28 el centro se vuelve más silencioso. En Illingworth y Pichincha, una persona revisa fundas de basura buscando algo útil. En Chimborazo y Vélez, varias personas trabajan doblando cartones que luego guardan en fundas.

La noche también muestra otras realidades. En Víctor Manuel Rendón y Rafael de la Cruz aparecen trabajadoras sexuales. Algunas conversando o revisando sus celulares mientras esperan clientes.

Más adelante, en Escobedo y Luque, doce personas acomodan colchonetas y sábanas sobre la vereda. Preparan el lugar donde pasarán la noche. Lo mismo pasa llegando a Vélez: varios adultos mayores descansan en la acera mientras otros encienden un papel para fumar.

Personas esperando los taxirutas en la calle Primero de Mayo. Foto: Jorge Lozada S.

Algunos están sentados, otros acostados. A pocos metros, cuidadores de carros siguen vigilando los vehículos estacionados.

La caminata termina sin lluvia, pero con una certeza clara: el centro de Guayaquil nunca se apaga por completo.

Cuando unos negocios cierran y las luces se apagan, otras historias comienzan a desplegarse entre vendedores, caminantes, trabajadores nocturnos y personas que encuentran en la calle su único refugio. (I)

Te puede interesar: