La contaminación acústica se ha convertido en una amenaza cotidiana. El ruido excesivo en calles, discotecas, conciertos, industrias o en hogares puede desencadenar daños físicos y mentales que, en muchos casos, pasan desapercibidos hasta que son irreversibles.

Karla Quisiguiña, otorrinolaringóloga y docente de la Universidad Internacional del Ecuador (UIDE), explica que el oído humano tiene un umbral de audición normal entre los 0 y 20 decibeles, pero advierte que el verdadero riesgo se inicia cuando la exposición supera los 85 decibeles.

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“A partir de este límite, el daño puede ser inmediato; por ejemplo, en una discoteca o concierto, la lesión auditiva puede ocurrir en tan solo 15 minutos”, dice.

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El problema no termina en el oído. El otorrinolaringólogo Alberto Villao dice que el ruido actúa como un estresor biológico capaz de alterar múltiples sistemas del organismo.

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La exposición constante eleva la presión arterial y la frecuencia cardiaca debido a la liberación continua de hormonas como la adrenalina y el cortisol, argumenta.

Entonces, puede aumentar el riesgo de hipertensión, infartos e incluso accidentes cerebrovasculares. Además, los especialistas coinciden en que el ruido interfiere directamente con el descanso.

“Las alteraciones afectan el ciclo del sueño, impidiendo alcanzar las fases profundas necesarias para la reparación física”, explica Villao Plúas.

Como consecuencia, aparecen fatiga crónica, irritabilidad, ansiedad y depresión.

En tanto, la contaminación acústica también impacta el rendimiento intelectual y la estabilidad emocional.

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Quisiguiña advierte que el ruido crónico reduce la concentración y puede provocar trastornos digestivos asociados al estrés, como gastritis.

Los niños son uno de los grupos más vulnerables. Según ambos especialistas, la exposición constante a ambientes ruidosos puede perjudicar el desarrollo del lenguaje, la memoria y el aprendizaje.

Villao añade que el ruido ambiental puede generar alteraciones en el desarrollo cognitivo en etapas tempranas.

En los adultos mayores, el escenario es igual de delicado.

Quisiguiña recuerda que muchas personas mayores de 65 años ya padecen presbiacusia, la pérdida auditiva natural relacionada con la edad, por lo que el ruido constante incrementa la dificultad para comunicarse y eleva el estrés emocional.

Las personas con autismo, esquizofrenia u otras condiciones neurológicas también presentan mayor sensibilidad auditiva. “Las personas neurodivergentes suelen experimentar hipersensibilidad sensorial, convirtiendo el ruido cotidiano en una fuente constante de angustia”, detalla Villao Plúas.

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Los médicos alertan de señales tempranas que muchas veces son ignoradas. Entre ellas están el tinnitus o acúfenos (zumbidos o pitidos sin fuente externa), la sensación de oído tapado, dificultad temporal para entender conversaciones, dolores de cabeza y tensión muscular tras permanecer en ambientes ruidosos.

Frente a este panorama, ambos especialistas recomiendan medidas de protección tanto en espacios recreativos como laborales. El uso de tapones para los oídos en conciertos y festivales, así como orejeras y cascos antirruido en industrias o construcciones. También sugieren mantener distancia de parlantes o maquinaria pesada, limitar el tiempo de exposición y realizar pausas auditivas frecuentes en espacios silenciosos o al aire libre.

En los lugares de trabajo, Quisiguiña considera clave implementar señaléticas y rotación del personal expuesto para reducir el impacto prolongado del ruido.

“La exposición constante a altos niveles de ruido se ha convertido en una amenaza silenciosa que trasciende la simple molestia auditiva”, concluye el otorrinolaringólogo Villao, al insistir en que la contaminación acústica debe entenderse como un problema de salud pública y no únicamente como una incomodidad urbana. (I)