Tener un botiquín en nuestros hogares es indispensable porque nos genera un alivio inmediato ante una eventualidad, pero con el tiempo puede transformarse en una fuente de riesgos inadvertidos.
Guardar pastillas “por si acaso”, conservar antibióticos sobrantes de tratamientos previos o ignorar las fechas impresas en los empaques son prácticas comunes que ponen en jaque la salud de las familias.
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Lo que a simple vista parece una tableta inofensiva puede haber perdido su capacidad de curar o, peor aún, haber desarrollado propiedades tóxicas debido al paso del tiempo y a las condiciones ambientales. Expertos en medicina y farmacología advierten que el consumo de fármacos tras su fecha de vencimiento no es una práctica con matices de seguridad.
Según el doctor Wilson Chicaiza Ayala, director académico y docente de Farmacología de la Universidad de Las Américas, el peligro es integral.
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“El principal riesgo es la falta de seguridad, tanto en que el principio activo sea ineficiente, así como la falta de garantía de que las condiciones higiénicas del medicamento ya no sean óptimas”, explica Chicaiza y agrega que la degradación química puede transformar un remedio en una sustancia nociva para el organismo.
No es la misma eficacia
Cuando un fármaco vence, se producen dos fenómenos principales: la pérdida de eficacia y la alteración química.
El doctor Javier Cisneros, cirujano general y coordinador académico de la Universidad Internacional del Ecuador (UIDE), señala que los medicamentos “suelen perder la eficacia, es decir, ya no producen el efecto deseado y por otro lado algunos medicamentos cuando caducan suelen aumentar la posibilidad de desarrollar cambios químicos y con esto la posibilidad de desarrollar efectos adversos o intoxicaciones”.
No todos los fármacos reaccionan de la misma manera al tiempo. Existen productos particularmente sensibles que requieren una vigilancia estricta. Cisneros destaca que las insulinas, ciertos antibióticos, gotas oftálmicas y vacunas constituyen los grupos de mayor riesgo, especialmente aquellos denominados biológicos que dependen de una cadena de frío estricta para mantener sus propiedades.
Chicaiza añade una advertencia sobre los colirios, los cuales “tienen riesgo de contaminación luego de un mes de abiertos”. Esta sensibilidad se extiende a los medicamentos líquidos o aquellos que requieren reconstitución (como los polvos para suspensión), ya que su estructura química puede verse alterada por el uso frecuente o la exposición al ambiente.
La identificación de un medicamento en mal estado no siempre depende de la fecha impresa, que suele estar en la caja, blíster o frasco con las iniciales “vence” o “expira”.
Existen señales físicas que actúan como alarmas visuales. Chicaiza menciona la presencia de tabletas blandas o arenosas por la humedad, jarabes turbios y cambios de olor. Cisneros complementa esta lista indicando que en las cápsulas blandas es común observar que se vuelven pegajosas, mientras que los comprimidos pueden tornarse quebradizos de manera anómala. Incluso el empaque mismo es un indicador; cualquier alteración en el envoltorio original sugiere una mala manipulación y una posible pérdida de la esterilidad o potencia del fármaco.
Almacenamiento y desecho
En tanto, un error habitual es utilizar el baño o la cocina como sitios de almacenamiento. Sin embargo, Chicaiza es categórico al respecto: “El baño o cocina son los peores sitios”. Esto porque el calor, la luz directa y la humedad aceleran de forma drástica el deterioro de las fórmulas químicas.
Cisneros coincide en que la mayoría de los fármacos deben permanecer en lugares frescos, secos y alejados de la luz, siguiendo siempre las instrucciones de refrigeración si el producto lo requiere.
El problema de los medicamentos vencidos no termina cuando se decide no consumirlos; el método de desecho es igualmente crítico. Tirar medicinas al inodoro o a la basura común es una práctica que genera graves consecuencias ambientales.
“Esto puede generar una contaminación a los sistemas hídricos locales”, advierte Cisneros, quien recomienda acudir a centros especializados o campañas de recolección en cadenas farmacéuticas.
En caso de no tener acceso a estos puntos, el médico sugiere una alternativa casera segura: mezclar los fármacos con productos no reutilizables, como tierra o café usado, y sellarlos en una funda o recipiente impermeable antes de desecharlos, asegurándose de que estén fuera del alcance de niños y mascotas. (I)