Las calles aledañas a la plaza de San Francisco iban ganando color. El morado, el negro, el blanco y el rojo se hacían en cucuruchos, verónicas, flores y feligreses que llegaron muy temprano este Viernes Santo para ganar un lugar en las aceras del centro histórico de Quito.

La iglesia de San Francisco iba a ser testigo de una de las procesiones más significativas de Sudamérica y una de las herencias religiosas más aclamadas por locales y turistas.

Lo extravagante de este signo de fe es la gran cantidad de gente que camina en son de penitencia. Con cruces gigantes de madera de roble, alambre de púas en el cuerpo, cadenas en los tobillos, rótulos que cargan en los hombros y algunas coronas de espinas, los participantes buscan redimir sus pecados en la Semana Mayor.

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Sobre la calle Bolívar, cada uno carga su cruz. Yacen apiladas en las paredes, sobre postes o en puertas de locales comerciales, esperando la hora para caminar con ese peso no solo en el cuerpo, sino en el alma.

Para algunos pareciera que cargar la cruz más grande es sinónimo del tamaño del pecado; sin embargo, para Pedro Chicaiza no es así.

“Francamente, yo soy devoto hace años. Como unos 35 a 40 años. Yo me sané con la ayuda de Jesús del Gran Poder. Soy operado, me pisó el carro y siempre vine acá con las muletas y me sané del pie", afirmó el adulto mayor que dijo que estaba próximo a cumplir 75 años.

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Su cruz era café con blanco. Para él, cargarla era sinónimo de volver a nacer, puesto que Dios le da la fuerza para llevarla aunque casi no puede caminar.

“Le prometí a Jesús salir y así estoy haciendo. Yo mismo hice la cruz y cuando se acaba la dejo acá. Todos los años renuevo mi cruz”, añadió Pedro, quien también ha participado de cucurucho.

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Muchos iban con niños, a quienes aún les costaba entender que la procesión Jesús del Gran Poder simulaba la vida, pasión y muerte de Jesucristo a manos de los soldados romanos.

Sus miradas inocentes adornaban el predio que se iba llenando de penitentes en los exteriores del colegio San Andrés, detrás del convento de San Francisco.

Bajaban desde los barrios periféricos del centro en camiones. Sobre los baldes, grandes artículos de madera amarrados con sogas tenían que ser retirados entre más de cuatro hombres; sin embargo, al momento de marchar en la procesión, solo uno iba a cargarla.

Ahí parado estaba Cristian Llumiquinga. Su traje de cucurucho reposaba a un lado de él, así como la cruz que iba a portar junto con sus hermanos.

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“En los últimos diez años vengo con mucha devoción a cargar esta cruz. Significa agradecimiento, gratitud. Vengo con devoción y agradecido por todo lo que el Señor nos ha dado, pidiendo salud y trabajo", mencionó el hombre.

El gigante de madera de eucalipto era café. Por el grosor y los gestos de quienes la bajaron, mucha gente exclamaba: “¡Dios mío, debe estar pesado!”.

La juventud también hizo parte de esta previa de la procesión. David Chiluisa abordó el lugar con más amigos y dijo que es una tradición participar del evento.

“Tenemos que seguir la tradición de mi papá. Él salió más de quince años y yo ya voy más de cuatro años saliendo. Mi abuelito comenzó con este legado y nosotros estamos a cargo de mantenerlo", señaló el joven de 18 años.

Hasta las 09:30, los organizadores del evento reunirán a todos los participantes. Los formarán en orden y empezará la procesión a las 10:00.

Mientras las cruces reposaban afuera del convento, cucuruchos y verónicas se alistaban y curas atendían confesiones sobre bancas de piedra.

A las 10:30 se tiene previsto que salga la imagen de san Juan, a las 11:30 la de la Virgen María y a las 12:00, la estatua de Jesús del Gran Poder hará su aparición en las andas que esperaban restauradas en la basílica de la iglesia de San Francisco. (I)