Los primeros rayos del sol golpearon la iglesia de San Francisco. Las puertas, tipo rejas de metal, permanecían cerradas, mientras cucuruchos y verónicas se alistaban en el patio central del convento.

En columnas de cuatro personas, trajes morados y vinotintos adornaban los pasillos de piedra. Tras las grandes columnas, muchos con gruesas cadenas en los tobillos, cactus en la espalda y cruces en los hombros se disponían a caminar por las calles del centro histórico en símbolo de agradecimiento y arrepentimiento.

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Así se inició la procesión Jesús del Gran Poder, que recorrió las calles Bolívar, Venezuela, Mejía, Oriente y Benalcázar hasta regresar a la iglesia de San Francisco, donde la imagen de Jesús del Gran Poder reposaba en las andas floreadas.

Decenas de fieles participaron en la procesión de Jesús del Gran Poder. Foto: Alfredo Cárdenas.

Cientos de fieles esperaban en las pequeñas veredas del casco patrimonial con sombrillas, grandes gorras y bancas improvisadas que habían traído desde casa.

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Quienes cargaban las pesadas cruces ya estaban en la calle Bolívar y a las 10:18, con la salida de los cucuruchos y las verónicas desde la basílica de la iglesia de San Francisco, el toque de campanas indicó el inicio del acto de fe.

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La joven quiteña Marta Sángucho, junto con su esposo y su hija, se colocó el bonete de cucurucho y se disponía a caminar para agradecer todo lo que Dios les entrega.

“Mis padres me han enseñado estas tradiciones y yo creo que debo mantener esto, más que todo por fe y sé que Dios me bendice”, manifestó.

Cientos de fieles llegaron a la procesión capitalina. Foto: Alfredo Cárdenas.

Para ella, el objetivo de la procesión era regalarle a Jesús un poco de todo lo que le dio, debido a que Marta sufre de cáncer y siente que fue él quien le brindó una nueva oportunidad de vivir.

“Le estoy agradeciendo por mi salud y estoy acá porque me devolvió la vida hace tres años”, añadió la mujer.

Solitario y con una imagen en un cuadro de Jesús del Gran Poder estaba Luis Noboa, adulto de 66 años, que miraba al cielo, rezaba en silencio y se movía por doquier.

“Vengo por la salud de mis hijos, de mi esposa, de mis nietos. De mismo”, aseguró Luis.

Varias enfermedades habían ingresado a su hogar. Su familia, a raíz de la pandemia del COVID-19, se resquebrajó y él asume que la fe fue lo único que los mantuvo unidos.

“La muerte de un ser querido es fuerte. Uno no se imagina hasta que lo experimenta, pero el creer y entregarle la vida a Dios todos los días es lo único que nos mueve”, concluyó.

Procesión de Jesús del Gran Poder 2026 durante la Semana Santa. Foto: Alfredo Cárdenas.

El inclemente sol de Quito cobijó a san Juan y la Virgen María, que en andas, empujadas por miembros de la Policía Nacional, recorrieron las calles angostas de la ciudad.

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El eje de la procesión fue Jesús del Gran Poder. En la basílica de la iglesia de San Francisco aguardó hasta las 12:00 con pequeños faroles en las esquinas y sin protección para que todo el mundo lo pudiera observar.

Al cruzar la entrada del templo, una lluvia de rosas, que habían sido donadas por la gente y sumaron más de 30.000, cayó sobre la imagen de Jesús del Gran Poder y una gran aureola de colores se formó en el cielo.

A los pies de la capilla se leyó la sentencia. La misma que en el siglo I, en el monte Calvario, Poncio Pilato y más soldados romanos la repasaron para dar paso a la crucifixión y muerte de Jesucristo.

El anda de madera y con vivos dorados avanzó por la calle Bolívar. Propios y extraños lloraban, estiraban la manos intentando tocar la imagen y otros se persignaban ante su paso, mientras lanzaban una plegaria al cielo.

La peregrinación de fe más grande es esta. Jamás he participado como cucurucho, pero con mi familia siempre estamos acá. No importan el sol, la lluvia, los obstáculos. Es la creencia que obliga a estar acá”, sostuvo Milton Muñoz, quien asistió a la procesión.

Por las calles Venezuela y Chile, otros cientos de personas esperaban sentados en bancas la llegada de Jesús del Gran Poder, que arribará alrededor de las 15:00 a la plaza San Francisco para la misa oficial del Viernes Santo. (I)