A las 21:00, Manta empieza a encogerse. La ciudad vive por estos días una rutina distinta. En otros tiempos, a esa hora, el movimiento nocturno apenas empezaba, se disparaba; ahora se apaga.

Hasta esa hora, los restaurantes reciben los últimos pedidos y los deliverys llegan apresurados a recogerlos para lograr un par de carreras más antes de las 23:00, cuando empieza el toque de queda.

Uno de ellos, Adrián Tello, llega sudado a un restaurante de comida árabe. Lleva su casco, la mochila en la espalda y esa urgencia que solo tienen quienes entregan comida a domicilio.

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“Nosotros solo estamos trabajando hasta las 10 de la noche. Hasta una hora antes se pueden hacer pedidos a los restaurantes”, comenta Adrián, de 29 años.

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Por estos días, desde el 3 hasta el 18 de mayo, periodo del toque de queda decretado por el Gobierno en nueve provincias, los deliverys en Manta tiene una reducción de entre tres o cuatro carreras al día, comenta Adrián, ya que normalmente trabajan hasta la medianoche.

El tiempo corre para los negocios

En una ciudad donde al menos 400 locales viven de estirar la noche, el cierre se siente en cada esquina. Restaurantes, bares, discotecas y karaokes tratan de aprovechar cada minuto antes de bajar las puertas.

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Faltan dos horas para que inicie el toque de queda y en la avenida Flavio Reyes, zona turística, algunos de esos negocios siguen atendiendo. En la mayoría, las mesas están ubicadas en un portal, al aire libre. Hay comensales, bebedores, trabajadores y hay también familias de escasos recursos con niños en brazos que cada cierto momento pasan pidiendo dinero.

A unas cuadras de allí, Delia Páez tiene un negocio en la avenida Malecón, cerca al puerto, y dice que vende las mejores arepas de la ciudad: las arepas de Mami Delia.

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Ella normalmente trabaja hasta la medianoche, cuando salen las últimas cuadrillas de trabajadores del puerto y acuden a su local a comer y a beber jugos para aplacar el hambre.

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Ahora, por el toque de queda, la última cuadrilla llega a las 21:00 o 22:00, y son pocos los que se dan un tiempo para comer; la mayoría busca su casa antes de que lleguen las 23:00.

“Por el toque de queda, a las diez de la noche ya está vacío y no hay nadie por aquí. Yo también cierro mi negocio y me voy a dormir”, comenta.

Calles vacías y menos desorden nocturno

El Malecón es la principal avenida de Manta. Se extiende por el borde costero y se une, a través de varias calles, con la vía Barbasquillo y la vía San Mateo, otras áreas de gran afluencia de personas en la ciudad.

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Usualmente, en viernes o fines de semana, el municipio suele retirar hasta 400 personas de estos lugares; la mayoría, gente que consume alcohol que hacen mucho ruido o pelean en plena vía, envalentonados por el alcohol. Pero ahora, en días de toque de queda, no hay nadie.

Eduardo Giler vende caramelos en la avenida Malecón en Manta

Eduardo Giler, quien suele vender caramelos y mentas en el Malecón, cuenta que casi no ve gente consumiendo bebidas alcohólicas.

Las calles se quedan vacías a las 22:30 de la noche y él guarda su mesita con los caramelos en un restaurante que le ha dado un espacio para eso; incluso, en estos días, le está permitiendo dormir adentro hasta las 05:00 del día siguiente, cuando termina el toque de queda y puede salir hacia su casa.

“Hay tranquilidad, pero esto me recuerda a la pandemia, todo callado”, señala Eduardo.

La ciudad se apaga antes de la medianoche

Ya son las 22:00 y la calle 13, otra vía de comercios y negocios en Manta que usualmente funcionan hasta las 23:00, se convierte en una zona fantasma.

El sonido de las puertas enrollables cerrándose contra el suelo se repite en cada una de las 20 cuadras que conforman la avenida y, allí, en medio de todo, está Nicolás Ponce, de 75 años, observando cómo la bulla se apaga.

Nicolas Ponce, guardia de negocios en la calle 13 en Manta, trabaja durante la madrugada.

Nicolás, bajito, voz suave, lleva 30 años trabajando como guardia de locales comerciales en la calle 13 y cuenta que la rutina ha cambiado.

Los negocios cierran temprano; los recicladores que hurgan en cada uno de los cestos de basura que están a lo largo de la calle ahora trabajan más rápido.

“Ya ni siquiera le quitan el nudo a las fundas de basura, ahora nomás las rompen para no perder tiempo. Yo les he dicho que no hagan eso y uno me contestó: ‘No moleste, yo recién salí de la cárcel’. Y yo le dije: ‘pero del cementerio no se sale’”, dice Nicolás en modo serio, con un tolete en la mano.

Unas cuadras más adelante, la panadería de Berta Barcia cierra sus puertas una hora antes de lo habitual. Ella cuenta que solía trabajar hasta las 23:00, pero ahora se va a las 22:00 porque no quiere que la detengan y tampoco quiere que sus ayudantes tengan problemas.

“Solo esperamos que este toque de queda sirva para algo, porque los comerciantes estamos haciendo el sacrificio”, señala.

El reloj marca las 22:30. Falta media hora para que inicien los operativos policiales. Si la Policía encuentra a alguien en las calles, lo puede detener.

A esa hora ya se ven calles vacías en Manta, silencios profundos interrumpidos solamente por sonidos de grillos, peleas de gatos o ladridos de perros.

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Los últimos conductores pasan a toda velocidad por las carreteras. Los semáforos sirven nada más como advertencia. Si están en rojo, paran el vehículo, miran a ambos lados y pasan. No quieren perder ni un minuto.

Los patrulleros ya rondan las vías despejadas y el ruido de las sirenas se une al de los perros, los gatos y los grillos, como únicos sonidos en medio de un toque de queda que encoge a una ciudad (I)