“¿Cómo le explico a la niña eso?”, dice Rosa Holguín, de 60 años. “¿Cómo decirle que su papá no va a venir, que no va a regresar? No tenemos palabras para explicarle”, agrega, mira al suelo y llora.

“La niña anoche me preguntaba por su papá. Decía que extrañaba a su papá, y no tengo palabras para explicarle la desaparición”, indica, aprieta los labios, también un papel entre sus manos. “Es un dolor muy grande. Son dos personas de la familia que salieron en ese barco y no regresaron. Mi hijo, el papá de la niña, es uno de ellos”, añade.

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El esposo y el hijo de Rosa son parte de los dieciséis pescadores desaparecidos en el barco Negra Francisca Duarte 2, en Manta. La madrugada del miércoles 18 de marzo, el barco fue hallado incendiándose en altamar, pero no encontraron a ningún tripulante.

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Desde entonces, Rosa no sabe si está de luto. Su corazón de madre le dice que no, que aún hay esperanzas, pero la realidad la devuelve al sufrimiento y entonces piensa: “¿Y si nunca van a volver? ¿Y si no los encuentran? ¿Y si no los vuelvo a ver?”, se pregunta y llora. En los últimos días, Rosa ha llorado mucho.

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A Rosa le dieron la mala noticia ese mismo día, el miércoles pasado, y entonces se le vinieron a la mente los últimos momentos que pasó con su esposo y su hijo: el abrazo, la despedida antes de irse a pescar, todo.

“Hasta lo último en el barco mi marido hizo una videollamada. Dijo que nos cuidáramos y que iba a regresar pronto. Me dijo que en veinte días llegaba; a veces se saben ir por un mes, pero acá solo eran veinte días”, expresa, ahora vestida totalmente de negro. “Yo solo quiero que vuelvan”.

San Mateo, un pueblo marcado por la tragedia

El sol ataca. Su fogaje permanece concentrado en el aire. El viento de la playa ingresa por la calle principal de San Mateo, la única que tiene, porque el pueblo, ubicado al sur de Manta, se ha levantado entre dos montañas, dejando solo una vía ancha, y el resto son calles angostas, inclinadas, callejones cruzados que llevan, a veces, a ningún lado.

Vía que lleva a San Mateo, zona pesquera de Manta.

San Mateo es una zona de 5.000 habitantes, la mitad dedicados a la pesca, según cifras del Municipio. Hay muchos pescadores, nadadores, tejedores de redes. De allí son catorce de los desaparecidos; otros dos son de Jaramijó, cantón ubicado al norte de Manta.

Ciro Pico, de 75 años, pescador desde los 10, cuenta que por estos días el pueblo está de luto. A lo largo de su vida ha visto la desgracia tocar las puertas de sus vecinos. Naufragios, desapariciones, hundimientos, de todo ha vivido don Ciro, como lo conocen en el pueblo.

“Pero ahora es distinto”, señala. “Han ocurrido muchas desgracias, que han sido porque un barco ya está viejo, le falla un repuesto, cualquier cosa, pero no desgracias como la de ahora”, dice al presumir que el hecho pudo haberse tratado de un ataque provocado.

Sin embargo, desde la Armada se ha indicado que se trata de un incendio; no hay evidencia que permita confirmar otras causas que se rumoran en el pueblo, dijo el capitán del puerto, Diego Criollo.

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Familias a la espera del hallazgo de los pescadores

Las calles de San Mateo son, en su mayoría, empinadas. Arriba, en medio de una de esas calles, hay un estrecho callejón que lleva a una casa sencilla, humilde, donde en medio de la sala velan las fotos de seis de los pescadores.

Familiares han levantado un altar para velar las fotos de los pescadores.

Al ingreso, en un pasillo, la gente viste de negro, tiene los ojos hinchados de llorar, las caras tristes. La mayoría son familiares de los desaparecidos. Es la casa de Antonia Baque.

El 2 de marzo, cuando el barco iba a zarpar, Antonia le llevó el desayuno hasta la playa a su esposo, Celso Magallán. Había salido temprano de la casa, cerca de las 05:00, porque la marea bajaba y los barcos suelen atascarse en el muelle azolvado.

“Se fue a pescar como siempre. Dijo que se iba y que iba a volver. Se despidió de sus hijos, de mí. ‘Cuida a mis hijos’, me dijo”, recuerda Antonia y detiene el relato de golpe, cierra los ojos, suspira y trata de retener las lágrimas. Luego toma fuerzas y sigue.

“Uno dice: en el fondo va a venir; pero, como nos dicen los pescadores que vieron el barco quemado y que no había nadie, no hay esperanzas de que estén vivos. Sería un milagro de Dios”, señala.

Lo único que pide es que la Capitanía los siga buscando. Ella cuenta lo que ha visto: un video, por ejemplo, grabado por pescadores, donde se ve al barco quemándose y una lancha destrozada.

“Nuestra gente también los anda buscando, los mismos pescadores. Los mismos de aquí, de nosotros. Aquí nos enteramos fue por el video que ellos mandaron”, expresa.

Celso, el esposo de Antonia, tiene 39 años. Habían formado un hogar con dos hijos. Celso se dedicó a la pesca desde hace quince años, cuando llegó a vivir a Manta desde Santa Elena. Se compraron un terreno en la zona alta de San Mateo y desde allí Antonia solía ver los barcos mientras llegaban al puerto. Ahora no, no quiere ver nada. Le duele ver hacia el mar. Su marido aún está allá.

Según la Capitanía, el barco se habría hundido en aguas internacionales, a unas 385 millas de Manta y 225 millas de San Cristóbal, en Galápagos. Por ahora, las labores se enfocan en ubicar embarcaciones cercanas que puedan haber auxiliado a la tripulación. Sin embargo, hasta el momento no existe confirmación sobre rescates.

La espera de un milagro

“Ahora, en mayo, mi hijo cumple 22 años, jovencito”, dice María Villacreses. Su hijo se llama Luis Alvia y también está desaparecido en el barco. Empezó a pescar desde los 18 años, después de que se graduó del colegio, como lo hacen gran parte de los jóvenes en San Mateo.

Un día le dijo: “Mamá, quiero salir a pescar”, y María le respondió que estaba bien. Su marido había enfermado y Luis se convirtió en el sustento del hogar, el que llevaba la comida, el pan, dice María.

“Tenemos el corazón destrozado. Ellos se fueron alegres a pescar. Ahora dicen que no los encuentran. Si hubiera un milagro y nos dijeran que están vivos y que regresan a casa...”, señala María.

En su caso, ella no solo espera a su hijo, sino también a su hermano Narciso Villacreses, a su sobrino Junior Villacreses y a su cuñado Celso Magallán.

María cuenta que se siente destrozada por dentro. No sabe si es posible que los encuentren, pero “Dios es tan grande y poderoso”, expresa , luego hace un silencio corto.

“Yo solo quiero que mi hijo venga y me golpee la puerta y me diga: ‘Mamá, ya estoy de regreso’. Es lo único que quiero”, agrega. (I)