Cayó la noche en la Panamericana Sur E35. El frío acompañaba una inusual escena: cientos de carros se congregaron en el límite del peaje que divide la provincia de Pichincha con Cotopaxi.
Varios militares, parados de forma rígida, con sus armas en el brazo derecho y bufandas que tapaban sus rostros, indicaban a los conductores que no podían pasar.
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Así, entre sombras, luces de carros, postes encendidos y un crepúsculo que trajo consigo un viento gélido, este simple peaje se convirtió en una frontera dentro del mismo territorio, con la diferencia de que una provincia estaba en toque de queda y la otra no.
La espera de seis horas en la carretera
Parecía que, después de cinco noches, varias personas ya estaban preparadas. La carretera se había convertido en un hotel para carros, camiones y tráileres.
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Los propietarios de ellos eran los huéspedes, quienes se alistaban con almohadas, gruesas cobijas y colchas de lana para soportar el frío y esperar, por seis horas, hasta que la barricada humana se abriera.
La gran mayoría de automotores eran camiones y tráileres. Los choferes estaban acompañados por sus esposas e hijos, unos grandes y otros chicos. Sus vagones estaban llenos.
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Manzanas, peras, mora, papa, acelga y varios racimos de plátano era lo que, entre la penumbra, se podía ver en el interior de los camiones. Sin embargo, los transportistas también cargaban consigo material de construcción y mucho combustible.
Quienes pasaban por el lado derecho, es decir, rozando la provincia de Cotopaxi, lo hacían sin problema; pero quienes buscaban ingresar a Quito no les quedaba otra opción que hacer una fila de seis horas para llegar a la capital, incluso, en muchas ocasiones, arriesgando su integridad.
El testimonio de Iván Ramírez y el impacto del toque de queda
“Para mí, como transportista, es medio complejo, porque hay clientes a los que toca entregar a primera hora. Entonces, ahorita estamos parados aquí, prácticamente perdidos medio día porque todavía tengo una ruta larga que continuar en viaje. Esto ha complicado todo”, expuso Iván Ramírez, quien manejaba un tráiler amarillo con plataforma y su cargamento estaba completamente tapado.
El hombre, que vestía un saco gris, mostró su cansancio. Las ojeras tras los lentes y las manos entrelazadas por el frío hablaban de una rutina extenuante que llevaba realizando desde que inició el toque de queda, el domingo 3 de mayo.
“Yo vengo desde Riobamba y, en teoría, tengo que entregar la mercancía a las cuatro de la mañana, pero ya no alcanzo. Sé que esto (toque de queda) tendrá su razón de ser, pero a los transportistas no nos ayuda en absoluto", mencionó el hombre.
La madrugada abrazaba la arteria. Los postes encendidos eran la poca luz que se podía encontrar en el camino, y el humo del cigarrillo entretenía a quienes no podían dormir y, para matar el tiempo, caminaban con el resonar del viento.
“Por el toque de queda nos toca descansar obligatoriamente, y creo que debería haber un control para el descanso de los choferes, ya que son minutos en los que se puede realmente descansar. Aquí ya me he quedado dos noches, he descansado como chofer profesional, eso sí, pero dormir dentro de la cabina es realmente incómodo”, apuntó Iván.
A metros del peaje de Machachi, agentes de la Policía Nacional y miembros de las Fuerzas Armadas habían cercado la zona con conos.
En medio de toda la vía, en sentido Quito - Ambato, las autoridades detenían carros. Los conductores, en su mayoría, entregaban salvoconductos con justificaciones como “voy al aeropuerto” o “tengo revisión médica en Quito”.
Otros transportistas afectados: Darwin Guerrero y Sergio Flores
Eran cerca de las 02:00 y camiones aún llegaban a estacionarse. En un rincón estaba Darwin Guerrero, un transportista que arribó desde Ventanas y su destino era Ibarra.
“Si nos afecta bastante esto porque toca avanzar. No queda otra que quedarnos. Yo tengo que avanzar hasta Ibarra y entregar la mercancía a las 08:00. Creo que será difícil llegar", detalló Darwin, quien no quiso bajarse de su tráiler y únicamente bajó el vidrio para poder escucharlo.
La zona del panel central, el volante y la palanca de cambios dejaron de ser parte de un vehículo para convertirse en una especie de camarote. Allí, los conductores usaban los asientos como camas y extendían largas cobijas que les tapaban todo el cuerpo, esperando que, al abrir los ojos, fuera momento de partir.
“Es complicado dormir en el transporte pesado por el tema de la carga que toca hacer, nos descuadra todo, y si no alcanzo a llegar a las 08:00, ya quedo para el siguiente día y afecta también al bolsillo porque no se puede completar la semana de trabajo”, dijo Sergio Flores.
Con una gorra de lana y una chompa azul, Sergio describió el cansancio que siente gran parte del gremio, debido a que existen casos en los que no pueden llegar más cerca y tienen que quedarse aún con varios kilómetros de recorrido para avanzar hasta la capital.
“Claro, es así, por eso nos toca hacer cola. Hay compañeros que se quedan más arriba y es producto del cansancio. Venimos desde Cuenca y, en lo personal, he viajado de 12 a 13 horas“, concluyó el hombre.
Darse modos para dormir es un reto; acomodarse en un espacio que mide entre 1.71 a 2.20 metros es complicado, pero ante la necesidad, según contaba Sergio, deben hacerlo para regresar a sus casas con algo para comer. (I)