Lo que para muchos sería un contenedor de carga más, para el guayaquileño Jorge Coronel y la colombiana Karen Argel, quienes llevan dieciséis años juntos, representa estabilidad y hogar.
La pareja transformó tres contenedores a su gusto para convertirlos en su vivienda desde 2021 en la vía a la costa, con el objetivo de dejar de arrendar. Además, decidieron documentar su estilo de vida en redes sociales.
El proyecto se inició un año antes (2020) adquiriendo un terreno, el punto de partida que daría forma a su idea. Sin embargo, vivir en un contenedor no fue la primera opción: Jorge y Karen querían construir una casa de caña.
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“Empezamos a ver videos en YouTube de personas en Estados Unidos viviendo en tiny houses y salieron los contenedores”. Esta inspiración fue suficiente para que empezaran la búsqueda de su casa contenedor.
La pareja visitó establecimientos que ofrecían contenedores listos para habitar, pero ellos querían construir algo más personalizado; y, para esto, adquirieron uno sin modificaciones.
Tras varios meses de ahorro y vendiendo el único carro que tenían, Jorge y Karen pudieron empezar a adecuar el contenedor de sus sueños. En agosto de 2021 ya pudieron habitarlo.
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La construcción tomó treinta días, pero decorarlo y adaptarlo a su estilo se fue dando con el paso de los años, comentan.
Actualmente cuentan con dos contenedores más que forman parte de su casa de dos pisos con patio y estudio.
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La planta baja de la vivienda (primer contenedor) tiene cocina, una pequeña sala, un baño y un cuarto con walking closet. El primer piso (segundo contenedor) funciona como bodega.
El comedor y la lavandería se encuentran en el patio de la casa. El área esta rodeada de varios tipos de plantas que le dan color y un toque de naturaleza.
Un tanto apartado se encuentra el estudio de grabación de Jorge, que utiliza para trabajar creando contenido de su negocio (tercer contenedor).
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Estilo de vida en un contenedor
“Me gusta que mi casa sea diferente porque sé que nosotros dos somos diferentes”, asegura Karen Argel, quien detalla que, además del material del que está construida su casa, existen otras diferencias o beneficios que hacen su estilo de vida algo único.
Menciona que limpiar y ordenar es más rápido al contar con un espacio reducido, pero cómodo.
Por otro lado, al vivir lejos de la ciudad, no sienten el ajetreo y la ‘bulla’ de las calles, pero este ambiente de naturaleza añade el tener que convivir con algunas especies. Dentro de su casa han encontrado alacranes, serpientes, avispas y bichos “que nunca habían visto”.
“Esto no es para todo el mundo. Si a ti no te gusta el contacto con la naturaleza y los bichos, esto no es para ti’, agrega.
Si te preguntas por el calor, Karen dice que se siente de igual manera que en cualquier casa de Guayaquil. Disponen de un solo aire acondicionado que abastece toda la planta baja, pero recalca que influye bastante el tener paredes aisladas con lana de vidrio.
Otro aspecto similar son los temblores. Asegura que no se sienten diferente.
En tema de seguridad, la pareja dice no haber tenido ninguna mala experiencia: “De que tenemos miedo, sí tenemos, pero hasta ahora no ha pasado nada”.
¿Cuánto cuesta adecuar un contenedor para vivir?
Se puede llegar a pensar que la inversión de una casa contenedor puede ser mucho más económica que comprar una propiedad.
Jorge y Karen mencionan que lo más beneficioso en comparación con una casa convencional es el tiempo de construcción y sus bajos costos.
Sin embargo, haciendo una suma, se identifica que sí se puede llegar a invertir una cantidad similar a una construcción común, dependiendo de cómo se adecúe la vivienda.
Jorge detalló la inversión paso a paso para la construcción de su casa contenedor:
Empezó con el terreno, que adquirió por $ 40.000. El primer contenedor que compró le costó $ 3.000. Luego, añadió los dos contenedores adicionales, que costaron $ 2.100 cada uno. Es decir, $ 7.200 por los tres.
A esto sumó los gastos adicionales de grúa y equipos de movilización de los contenedores, a $ 1.000. Adecuarlos para vivir le costó $ 13.000.
Finalmente, para implementar los servicios básicos, como pozo séptico y cisterna, invirtió $ 2.000 adicionales.
Un total de $ 63.200 es lo que le costó a esta pareja hacer de contenedores su hogar, pero recalcan que la inversión la fueron realizando poco a poco.
‘Mi casa container’ en redes sociales
Lo que diferencia a Jorge y karen de otras familias que viven en un contenedor es que ellos exponen su realidad y despejan dudas con videos en sus redes sociales (@micasacontainerecu).
El interés por grabar videos comenzó por Karen. “Ella consume mucho contenido de YouTube y quería hacer videos, pero no sabía de qué tema hablar”, menciona su esposo. Entonces fue cuando Jorge entró en acción y empezó a subir contenido sobre su día a día y los seguidores fueron los que iban preguntando por su casa, porque era algo ‘diferente’.
Empezaron con 500 seguidores y en una semana alcanzaron 10.000.
Actualmente, la pareja cuenta con 12.200 personas que siguen su estilo de vida en TikTok y su video más viral hasta el momento es un house tour mostrando cada rincón del contenedor. El clip cuenta con 5 millones de reproducciones.
Asimismo, los comentarios de humor no faltan en cada video: “Nos dicen cosas como ‘Eso no es una casa, es una mansión’”.
@micasacontainerecu Por fin pudimos grabar el House Tour! Cualquier inquietud dejen comentarios. #guayaquil #containerhouse #housecontainer #housetour #tinyhome ♬ sonido original - micasacontainerecu
En definitiva, Jorge resalta que gracias a Karen hoy cuentan con un hogar diseñado a sus gustos y una comunidad fiel.
“Ella (Karen) ha sido como un amuleto para mí. Me ha dado todas las ideas. Me dijo que me ponga mi negocio: lo hice, y nos fue muy bien. Ella quería vivir en el campo: le hice caso, y todo nos ha ido superbién”.
Familia Coronel-Argel: su historia de resiliencia
No todo ha sido color de rosa para esta pequeña familia. Aseguran haber vivido uno de los mayores retos como pareja al descubrir que Karen padece de lupus.
Karen asegura que los síntomas empezaron a aparecer en el 2015, pero ella no lo notó ni lo relacionó con algo grave.
“Tenía estrés, ansiedad, se me caía el cabello y sentía cansancio extremo”, señala.
Pero en marzo de 2023 sus síntomas empezaron a ser más evidentes: le dolían las articulaciones y se hinchaban. Cuenta que empezó con un dolor de codo, que avanzó hasta las muñecas, dedos de las manos y pies.
En este punto la pareja decidió buscar atención médica.
Karen acudió a varios doctores y, entre más de un diagnóstico, no encontraban la causa de sus malestares: “Pensaban que era dengue o apendicitis, pero no”.
La situación de Karen se seguía agravando. El cabello se le empezó a caer y aparecieron dolores articulares fuertes.
El Hospital de Infectología fue clave para su diagnóstico. Karen permaneció semanas allí.
“Me pusieron en una camilla con la bata, me dijeron que me tenía que quitar todos los aretes de las orejas, que me quite el esmalte de las uñas. No entendía nada”.
A Karen le detectaron lupus eritematoso sistémico, una enfermedad inflamatoria, sistémica, crónica, de patogenia autoinmune, según el Ministerio de Salud Pública.
“Me dijeron que el lupus hace que tu sistema inmune se vuelva loco: en vez de defenderte, empieza a atacarte”, señala Karen mientras detalla que durmió durante quince días seguidos sin saber absolutamente nada.
Le tuvieron que realizar una traqueostomía para que respirara por ese medio, ya que la enfermedad le estaba afectando los pulmones: tenía el 80 % de ellos comprometidos. “En esos días en UCI (Unidad de Cuidados Intensivos) no respiraba por la nariz, no me servía, no podía hablar”.
Luego, la trasladaron al Hospital Luis Vernaza para continuar con el tratamiento. En total pasó dos meses en UCI y siete días en cuidados intermedios.
En medio de esta situación, Jorge acompañó a su esposa en todo su proceso. Incluso mencionó que tuvo que quedarse en casa de allegados para estar más cerca del hospital, ya que la visitaba a diario.
El 4 de julio de 2023 le dieron el alta a Karen. Comenta que salió delgada y en silla de ruedas porque se le complicaba movilizarse. Tuvo que asistir a terapias para volver a estar de pie.
Karen actualmente toma seis pastillas diarias, el lupus está controlado y le alegra saber que detectaron todo a tiempo. La enfermedad es crónica y por el momento no tiene cura.
Jorge, por su parte, consolidó su relación con Dios, asegurando que gracias a Él su esposa está con vida y pueden seguir disfrutando juntos del hogar que construyeron en conjunto. (I)





