Marta Navarrete tiene una paleta en su boca que le sirve para manipular el celular. Aprieta los labios para sujetar el pedazo de madera y mueve la cabeza de arriba a abajo deslizando las publicaciones de Facebook.

Abre la boca y deja caer la paleta que cuelga del cuello con una cuerda. Luego saluda con una voz finísima, apenas perceptible. “Buenos días”, dice, y es poco lo que se entiende. Marta está disfónica, pasa por una gripe, pero eso es un mal menor cuando se vive en un hospital desde hace nueve años.

Marta Navarrete permanece internada en el hospital Rafael Rodríguez Zambrano de Manta, en Manabí, desde el 23 de abril del 2014 .

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Ingresó ese día al área de emergencias. Sentía que no podía respirar. Daba pasos lentos y pesados. Ella recuerda muy bien aquel instante. Tenía entonces 26 años; hoy tiene 35. Ese fue el último día que estuvo en pie. Minutos después le dio un paro respiratorio.

Marta Navarrete permanece en la cama del hospital local de Manta.

Permaneció un año y siete meses sin reaccionar en la Unidad de Cuidados Intensivos. Cuando finalmente despertó, le dijeron que tenía mielitis transversa, una enfermedad crónica que inflama la médula espinal e interrumpe las señales entre los nervios espinales y el resto del cuerpo. En palabras sencillas, lo paraliza. Es por eso que Marta solo puede mover la cabeza.

Desde entonces permanece conectada, a través de un tubo, a un ventilador mecánico o respirador artificial.

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El aparato hace la función de sus pulmones, que debido a la enfermedad perdieron la movilidad. Esa es una de las razones por las que no puede salir del hospital. Ella no tiene el dinero para comprar un aparato de esos. Además necesita médicos, enfermeras y terapistas que la monitoreen de forma frecuente.

“Ya ha sucedido que la máquina falla y los médicos deben darme respiración manual. Además, tres veces al día deben retirarme la mucosidad de la traquea para evitar que me ahogue. Eso no lo puede hacer cualquier persona; debe ser una enfermera. También estoy conectada a otros aparatos que monitorean mi corazón. Son muchas cosas las que necesito para poder seguir con vida, y eso solo está en un hospital”, indica.

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Diana Quijije, médico psiquiatra del hospital Rafael Rodríguez Zambrano, que lleva el caso de Marta

En el hospital Marta es como de la familia: casi todos la conocen. Ella es amiga de médicos, enfermeras y de algunos pacientes que llegan al piso 4 y ven en una esquina, en la cama 22, a una chica de piel blanca, rostro redondo y trenzas largas.

“Todos los días llega su mamá a peinarla, le trae desayuno, conversa con ella, a veces pasa todo el día aquí”, dice Silvia Espinoza, doctora del hospital.

Ella cuenta que la situación de Marta es muy compleja, porque a diario necesita medicina especializada, revisión de un médico internista, atención de enfermeras, un terapista físico y hasta de un psiquiatra.

Hace dos meses, por ejemplo, le detectaron osteoporosis y está bajo tratamiento. Para eso hay un especialista que la revisa con frecuencia. Si ella deja el hospital, es muy complicado trasladarla a consultas o a realizar exámenes, señala Silvia, quien se considera una amiga más de Marta.

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“Son tantos años con ella y todos aquí le tenemos cariño. Conocemos la rutina de su vida. Se levanta a las ocho de la mañana, la bañamos a las cuatro la tarde. Sabemos lo que le gusta. Es parte de nuestro hospital”, agrega.

Marta escucha lo que habla Silvia y sonríe. Ella también se siente a gusto en el lugar. Ha pasado por tantas cosas dentro de ese hospital, que se ha convertido en su segunda casa.

Allí estaba en el 2016 cuando ocurrió el terremoto. El hospital quedó seriamente afectado y la enviaron a un espacio provisional. Luego, en pandemia, le dio el coronavirus, pero pudo reponerse. Sin embargo, el episodio que más la ha golpeado ha sido la muerte de su hija, Lía Franchesca.

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En marzo de este año, la niña de 9 años murió asesinada en una balacera. Fue una víctima colateral.

Un sicario disparó contra un hombre que se encontraba cerca de ella y los mató a ambos. Marta se enteró de la noticia a las pocas horas y su desesperación era grande. Se sentía frustrada.

Acababan de matar a su hija y ella no podía salir del hospital. Lloró por horas. Sentía una pena tan profunda que pidió que, por favor, antes de sepultarla, la trajeran un instante a las puertas del hospital.

Y así fue. La niña llegó en un carroza fúnebre que se parqueó frente a la puerta principal. A Marta la habían llevado hasta la planta baja y estaba acostada en una cama, conectada a sus aparatos; de allí veía a su niña. Fue un dolor indescriptible. Cuenta que cada vez que lo recuerda empieza a llorar, a veces sin darse cuenta.

La psiquiatra Diana Quijije, quien atiende Marta, señala que su salud emocional ha sido muy afectada en este último año.

Antes, a pesar de su enfermedad, era una persona muy optimista, alegre, con ganas de salir adelante. No obstante, tras la muerte de su hija, su situación ha cambiado. A esto se suma que en agosto de este año le quitaron el bono de discapacidad (240 dólares), lo que la mantiene muy preocupada. Marta usaba ese dinero para comprar medicinas y para la comida de sus dos hijos: una niña de 15 años y un varón de 18.

“Ella tiene un cuadro depresivo porque, obviamente, perder a un ser querido no es fácil. Ha tenido mucho llanto, tristeza permanente, mucho dolor emocional y hasta físico, porque se deterioró su salud”, expresa Diana, y asegura que la entiende, pero también le sorprende mucho porque Marta siempre ha sido una persona muy optimista; aunque ahora último le ha escuchado decir “que para que seguir acá si no tiene a su hija”.

Pero Marta no siempre estuvo postrada en una cama. Ella se casó a los 16 años. Tuvo tres hijos: el mayor, Jordan, de 18 años; luego siguió Sheyla, de 15; y la menor, Lía, de 9 años, quien tenía solo 7 meses cuando su mamá enfermó.

Marta se embarazó cuando estaba en la secundaria. Luego se separó. Dos años después se enamoró de nuevo y quedó embarazada de un segundo hijo. La relación no resultó y a los 25 tuvo una tercera hija.

Seis meses después le dio la enfermedad. Aun así, siguió estudiando. Una profesora llegaba hasta el hospital a darle clases hasta que en marzo del 2020 se graduó de bachiller.

¿Y las medicinas para las enfermedades catastróficas?

“Nunca pensé en rendirme. Yo siempre he tenido sueños. Ahora no tengo a mi hija, me quitaron el bono, pero sigo adelante. Lo único que pido es que me lo devuelvan, porque eso me servía para mis medicinas”, indica con apenas un hilo de voz.

Marta tiene el 95 % de discapacidad. No puede mover ninguna parte de su cuerpo; empero, hace lo posible por continuar. Cuenta que se motiva mucho viendo videos de superación, mirando en su celular La rosa de Guadalupe. Es parte de algunos grupos de WhatsApp donde hay gente como ella, que viven con una enfermedad crónica. Marta no se rinde, aunque a veces pareciera que se le van las fuerzas. Hay que seguir, dice. Su hija Lía habría querido aquello. (I)