Cada 500 sucres que ganaba de su trabajo iban directamente a levantar un pilar; otros 500 sucres le llegaban y era otro pilar; con un préstamo, media losa... Así construyó la casa, que era solo un cuarto cuando se mudó en 1991. Hoy las paredes de su sala, comedor y taller lucen los cuadros que pinta y las mesas, las esculturas que moldea Lorena Parrales, artesana guayaquileña de 57 años. El rostro de una mujer rodeaba de naturaleza lo formó con barro, y ella está hecha de “madera de guerrera”.

Trabaja también con texturas. A la pintura y el yeso se les pone un poco de goma para que no se descascaren: de tanto que ha probado ya se sabe los trucos y los comparte con sus alumnos. Ha enseñado a niños, adolescentes, adultos y personas de la tercera edad. Ha sido parte de la alegría de mujeres que venden su primera vela ganando $ 15, o su primer cuadro hasta en $ 250, y la llaman a agradecer porque con ella encontraron la forma de tener sus propios ingresos.

Ella misma tiene uno vendido a ese valor: unas mariposas de colores en las que su mente se concentró para superar la preocupación de contagiarse de COVID-19. Estaba dando sus talleres cuando llegó el confinamiento por la pandemia, y a los pocos días cayó con fiebre, malestar, desmayo, vómito. Del 28 de marzo al 3 de abril del 2020 no recuerda nada. Encerrada, se dedicó a terminar sus trabajos pendientes, a dar clases en línea.

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Miss, el link, el link”, le escriben sus alumnos, que se conectan media hora antes de la clase para conversar con ella. Sonríe casi todo el tiempo. De a poco ha vuelto a las clases presenciales.

Ya les está aconsejando que empiecen a elaborar trabajos navideños: nacimientos con hoja de choclo, pues son novedosos y tienen acogida y los pueden vender en $ 80.

Es una de las artesanías que ella enseña. También elabora bonsáis, decoraciones y sorpresas para fiestas, y en eso la ayuda su hija Cristina, a quien le dice: “Estudia, trabaja y de ahí forma tu familia”. La próxima semana ya se le gradúa de ingeniera civil, y Lorena está feliz porque recuerda que cuando cobraba lo primero que pagaba era la pensión y el expreso de sus dos hijas, “así no haya para el resto”.

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Mi papá siempre decía que uno debe tener su profesión, su casa, para que, si el esposo le salía mal, uno ya tenía. Antes la mujer no tenía su educación, un soporte económico, y estaba ahí a expensas del esposo, a lo que el esposo diga, a lo que el esposo le dé.

Lorena Parrales, maestra artesana

Aunque Lorena dejó sus estudios de química farmacéutica cuando se casó y tuvo sus hijas, volvió a la universidad a los 42 años y se graduó de licenciada en Ciencias de la Educación con mención en Arte. Su hija mayor, Carolina, la ayudó con su seminario para la tesis. “Me ayudaba con los trabajos en la computadora, me enseñaba Excel, a hacer videos“, mientras estaban en el hospital batallando con la leucemia de la joven. En un año la enfermedad se la llevó. No dejó su último esfuerzo para obtener su título, “porque mi Caro me decía ‘mami, usted tiene que graduarse, siga adelante’. Y seguí adelante”. Ese fue y es su punto de quiebre.

Su terapia fue regresar a dar clases. Ese trabajo con el que demuestra que con y del arte se vive, se sale de la pandemia y se vuelve a sonreír tras la muerte de la mitad del corazón. (I)