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Kichwas adoptan al turismo para frenar la deforestación

La zona de amortiguamiento del Parque Nacional Yasuní es el escenario de un modelo que ha logrado que los indígenas nativos dejen a un lado la caza para el comercio y la tala ilegal del bosque.

La comunidad Pilchi, en Orellana, es una de las beneficiarias de un proyecto en la zona de amortiguamiento del Yasuní. Foto: redaccion

Desde hace poco más de un mes, turistas extranjeros en su mayoría, se han convertido en asiduos visitantes de los atractivos de Mandi Forest, el proyecto de turismo sostenible que maneja la comuna kichwa El Pilchi, ubicada en la ribera norte del río Napo y perteneciente al cantón Shushufindi, en la provincia de Sucumbíos.

La comunidad, que cuenta con una superficie de 9.340.63 hectáreas, limita al sur con el Parque Nacional Yasuní y al este con Sani Isla, la segunda comuna kichwa que forma parte del Proyecto Deforestación Evitada Integral con las Comunidades (DEIC), que en 2011 iniciaron la organización holandesa Hivos y el Fondo Ecuatoriano Populorum Progressio (Fepp) con financiación de la Unión Europea (UE).

¿Con qué objetivo? Disminuir el avance de la deforestación y la degradación del bosque en la zona de amortiguamiento del Yasuní. Según el Pan de Manejo de Paisaje del DEIC, el riesgo de deforestación para la zona de estudio se estima en una tasa de 0.55% al 2030 con una pérdida de bosque de alrededor de 1.796 hectáreas (119.6 ha/año) y aunque reducir este riesgo sea la meta macro, el impacto del proyecto sobrepasa los límites ambientales y les está permitiendo a los actores participantes desarrollarse en comunidad.

En El Pilchi, la mayor parte de los miembros de las 41 familias que integran la comuna han apostado por el concepto de sostenibilidad a través de dos actividades. La primera, manejada por las warmis (mujeres) es el recorrido por la casa Mandi Wasi. Los hombres o karis, en cambio, lideran la caminata por el Mandi Trail, un sendero de dos kilómetros hacia el interior de la selva que deriva en la laguna de Garzacocha que se recorre en una canoa manejada por el ‘tambero’ del mes.

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Gladis Siquigua, de 38 años, es una de las 22 warmis ¬que se dividen en grupos de siete cada semana¬ que guían a visitantes. “De mañana... ponemos a asar maduro, cocinamos yuca, hacemos maito de palmito, de pescado y eso para brindar a los pasajeros... después hacemos una caminata por alrededor de la casa y llegamos a la chacra y venimos a la cerbanata (hacen que el turista utilice esta arma de caza compuesta por canuto en el que introduce flechas que se disparan soplando con fuerza desde uno de los extremos), de la cerbanata vemos las medicinas (las plantas medicinales que usan) y llegamos a semillas (algunas de las que emplean para las artesanías) y de ahí ingresamos a la casa, entramos a cocina, tomamos chicha...”, relata Gladis, quien lleva 17 años viviendo en la comuna que tiene una población total de 212 personas.

Cada turista debe pagar $ 7 por el recorrido por la casa y $ 15 por hacer el sendero en el que pueden apreciar especies de aves, reptiles y mamíferos como el mono aullador, el chiquico del Napo ¬también llamado bebeleche por la mancha blanca que circunda su hocico¬, además plantas y especies arbóreas como la palma morete. De allí, los monos comen su fruto y los nativos extraen los chontacuros, las larvas de escarabajo que también forman parte de su tradición culinaria.

A través del proyecto DEIC, que identificó que entre Sani Isla y El Pilchi al año se pierden unas 400 hectáreas de bosque, parte del pueblo kichwa ha podido organizarse y dejar a un lado prácticas ancestrales como la cacería y la tala no sostenible e ilegal del bosque. En la zona, precisamente la tala, la conversión agrícola y la apertura de caminos son las principales causas de la deforestación, la segunda mayor fuente de las emisiones mundiales de C02, el principal gas de efecto invernadero que genera el cambio climático.

Otro problema era la caza ilegal de especies como la guanta, el saíno, el tapir. “Más antes (hasta hace 3 años) aquí había un cacerio ilegal. Nosotros cazábamos guanta, huangana, venado para comercializar y también para el consumo”, cuenta Raúl Licuy, coordinador turístico de Mandi Forest. “Con los reglamentos que tenemos acá fuimos cortando, cortando (disminuyendo la caza). Si queremos tener turismo siempre debemos evitar de cazar porque el turismo viene para ver lo que es la flora, la fauna y los paisajes (...) y veo que sí está dando rentabilidad, ingresos económicos, más de lo que teníamos”, afirma.

Es precisamente esa la razón que ha hecho posible que la comuna se vuelque hacia un modelo de sostenibilidad. “El problema ambiental es un problema económico, entonces si generas alternativas económicas sostenibles, que sean rentables para las comunas, solucionas el problema ambiental, caso contrario, no”, sostiene Javier Vargas, coordinador general del proyecto DEIC y miembro de la organización Hivos. “Yo siento que tengo más plata, por lo tanto sí es bueno no cazar animales, no vender árboles y eso es lo que ha cambiado”, añade Vargas.

Entonces ahora El Pilchi se enfoca en ofrecer su cultura. “Vendemos lo que es nuestra vivencia, cómo nosotros vivimos acá, que comemos, que alimentamos y las chacras, nuestras armas tradicionales… palmito, cacao blanco, té de guayusa y la chicha, nuestra bebida ancestral ”, dice Raúl, quien por siete años trabajó como guía para La Selva Ecolodge y Spa, el operador turístico con el que mantuvieron un convenio de tres años que los mediadores del DEIC renovaron mejorando las condiciones a favor de la comuna.

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Por el uso del territorio y por mantener los servicios ambientales, la empresa le paga a El Pilchi $ 3.100 mensuales. Vargas señala que el valor anterior era menor y que el convenio no solo limita el uso que ellos puedan hacer de las hectáreas de la comuna, sino que ahora los turistas que con ellos se hospeden son llevados a Mandi Forest.

A través del DEIC, que ha ejecutado cerca de un millón y medio de dólares (un 85% de la UE), también se lograron alianzas para visitas a los atractivos turísticos de la comuna con operadores de la zona como Sacha Lodge y los cruceros Manatee y Anakonda.

Vargas explica que si bien las actividades turísticas son las más palpables, a la comuna que fue constituida en 1995 vía acuerdo ministerial tuvieron que organizarla en su totalidad.. “Partes de un territorio donde no tienes ordenado nada. Es como que tengas una casa sin cuartos, ni cocina ni nada. Encontramos algo ni siquiera casa...”, asegura.

Los fortalecieron organizativamente, actualizaron y registraron sus directivas, elaboraron los reglamentos internos de la comuna y del manejo de recursos naturales, hicieron un levantamiento planimétrico para que las familias sepan hasta dónde pueden manejar las chacras en las que predominan sembríos de verde, yuca, fruta de pan, maíz, cítricos. “No saber, no ordenar el territorio también genera deforestación”. sostiene Vargas.

El sector agropecuario genera el 91% de los ingresos económicos de la comuna que no cuentan con un centro de salud ni acceso a servicios básicos como luz eléctrica, agua potable, telefonía fija o celular. Hay una escuela, Centro Educativo Tupak Amaru, donde los niños pueden terminar hasta el séptimo de básica bajo la tutela de los dos maestros con nombramiento del Ministerio de Educación y otros dos cuyos sueldos paga la comuna, que también tiene un convenio de conservación con Socio Bosque por el que reciben $ 51.700 anuales. (I)

Redacción
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