Nicolás Macchiavello, considerado el primer politólogo contemporáneo, escribió el primer manual de cómo llegar al poder y cómo permanecer en él: Sobre los principados, o como es mejor conocido, El príncipe.

¿Por qué sería contemporáneo un autor del siglo XVI? El consultor político Rafael Silva Panchana explica que los postulados de El príncipe son aplicables (y aplicados) hasta hoy. Macchiavello, que durante su carrera fue canciller, preso político y finalmente escritor, tenía en mente asesorar al principado para que cumpliera sus funciones y lograra permanecer en el poder. La eficiencia como una virtud por sobre la moral y la ética. Pero eso no incluye la frase “el fin justifica los medios”. Al menos no literalmente.

Porque la frase no es de Macchiavello —aunque se le atribuye—. La escribió un fiel lector, Napoleón Bonaparte, en los márgenes del libro. El conquistador francés tomó El príncipe como base de su estrategia para conquistar gran parte de Europa.

“La lectura que hace Napoleón también se ajusta a lo que vemos hoy: faltar a la ética o a la moral por la consecución del fin que se busca”. Aquí entran en juego, dice Silva, muchas otras materias y también a muchos campos. “Puede ser el respeto a la vida, la vulneración de derechos, la estabilidad legislativa… o copiar para pasar de año”.

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Estatua de Napoleón Bonaparte en Cherburgo, Francia. Obra de Armand Le Veel. Foto: Shutterstock

Si uno lee los comentarios de Napoleón al pie de página, se da cuenta de que él no tenía ningún tipo de filtro en cómo hacía las cosas, le faltaban escrúpulos en el ejercicio del poder. Su marco ético era muy difuso y se tomó a pecho las palabras de Macchiavello. Si algo tenía en claro era la estabilidad que quería, y cómo usar el poder para que eso funcionara, cómo nombrar a sus funcionarios, qué hacer para no ser traicionado”. En eso iba muy de acuerdo con los consejos de Macchiavello. “Prefería ser temido que amado”.

El pensamiento napoleónico hoy

¿Qué pasa cuando se aplica la interpretación de Napoleón en las democracias de hoy? Se transforman en democracias híbridas: el gobernante oye al pueblo, aparentemente lo deja participar, pero al actuar aplica una dosis de totalitarismo, acallando otras voces, suprimiendo derechos, adoctrinando a la gente, avivando un culto a la personalidad.

La frase no es de Macchiavello —aunque se le atribuye—. La escribió un fiel lector, Napoleón Bonaparte.

En su viaje a través de la historia (el libro se publicó de manera póstuma en 1532, pero Napoleón lo leyó y comentó más de dos siglos después), la connotación de la frase ha ido cambiando hasta adquirir un sentido peyorativo. Y, por asociación, Macchiavello quedó como el principal responsable.

Decir que alguien tiene una mente maquiavélica equivale a acusarlo de una inteligencia diabólica, cuando en realidad el término “no tiene nada malo”, dice Silva, porque el italiano era simplemente un consejero de los que estaban en el poder, abarcando todas las aristas, todas las áreas en que el gobernante debe cuidarse a sí mismo y a los suyos. “La mente maquiavélica no constituye una suerte de visión pervertida, no necesariamente”.

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Estatua de Nicolás Macchiavello en Florencia, Italia. Foto: Shutterstock

En el deber ser, el gobernante está para atender y cumplir las necesidades de la gente, y lograr el bien común. De este lado, por ejemplo, los pactos y acuerdos deben ser estrictamente respetados por todas las partes. “La implicación ética y moral es para todos”.

Por otro lado, está el aspecto práctico, cómo funcionan las cosas, las subjetividades. El ejercicio político, dice Silva, es el arte de hacer probable lo improbable. “Cualquiera que está en funciones en el poder va a sostener que si un fin es lícito, los medios también lo serán”. En este caso, las alianzas son efímeras, se hacen en un instante, con una mentalidad de “después vemos qué pasa”.

En estas circunstancias es vital, dice el consultor, ser transparente y mantener comunicación activa con el pueblo, los electores, que ya no son simples espectadores, sino participantes activos de la conversación, a través de las redes virtuales. Pero hasta el momento, los partidos y movimientos políticos en Ecuador no logran esta cercanía.

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Incluso si el objetivo es lograr una mayor o mejor democracia, los medios para lograrlo estarán sujetos al escrutinio público. El deber ser es posible con el apoyo de todos, con el entendimiento. Si se toman otras vías, quedarán bajo cuestionamiento. “Hay que observar las implicancias éticas de lo que hagan y dejen de hacer los gobiernos”.

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Medios y fines sociales y personales

Sobre la base de lograr ‘grandes objetivos’ se sacrifican los esfuerzos reales para llegar a consensos válidos, y se siguen líneas alejadas de la ley y del derecho”, señala la doctora Ruth Hidalgo, decana de la Escuela de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad de las Américas.

César Borgia, el noble italiano de quien Nicolás Macchiavello tomó inspiración para las cualidades que describió en 'El príncipe'. Foto: Shutterstock

La máxima ha sido utilizada por los actores políticos de la época del libro donde fue anotada, y lo sigue siendo en la contemporaneidad.

Pero está cayendo en desuso, opina la experta, “porque está comprobado que se vuelve una puerta abierta a atropellos de todo tipo. Las sociedades modernas están buscando vías más transparentes del ejercicio de la política, en donde los altos fines se consigan a través de políticas públicas más humanas y de consensos entre los que piensan distinto”.

Para Hidalgo, usar esta máxima como rectora de la vida diaria podría dar lugar al alejamiento de cualquier principio ético, para conseguir nuestros propios fines.

“Dista mucho de ser un principio válido. En realidad, sí importan los procedimientos y los medios; porque el examen de la legitimidad moral de los medios termina validando el objetivo y le confiere un sentido superior”. La doctora Hidalgo añade que no es verdad que ‘todo vale’ con tal de consolidar el poder. “El poder es, en un régimen libre, una forma de ejercer el servicio público. Y en lo personal igual cosa, regirse por la moral y la ética debería ser un principio básico que, puesto en práctica, consigue una mejor sociedad y una mejor convivencia”. (I)