Queridos lectores, seguimos celebrando el mes de las madres. Hoy quiero hacer un reconocimiento al valor de las madres y en especial a la mía: es una bendición poder disfrutar de su amor.

Crecí con una mamá fuerte y exigente, a la que no le gustaba que yo llorara por cualquier cosa. Me enseñó a enfrentar la adversidad con valentía y a tomar decisiones. Recuerdo su dedicación y entrega a la familia y esa enorme capacidad de percibir cuándo uno de sus hijos estaba expuesto a algún peligro; ese don de ser “adivina” lo tenía y lo sigue teniendo.

Es común reconocerles todos sus esfuerzos cuando ya hemos madurado, miramos atrás y vemos toda esa energía que invierte una madre para guiarnos y corregirnos. En la época de la adolescencia, la recomendación de la mamá o la exigencia tiene por respuesta “no es así”, “eres exagerada” o, lo más simple, que era hacer “todo lo contrario”.

En la vida adulta, la mamá toma otro rol. Ya no es la persona que fue, ya no es necesario repetirles a los hijos las cosas una y mil veces; ahora hay nietos para disfrutarlos, ofrecer su apoyo cuando lo solicitan, ser incondicional en los momentos difíciles y convertirse en una gran compañera de paseos y compras.

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Hoy que soy madre puedo entenderlo todo, y agradezco mucho la bendición de poder estar cerca de mi mamá y devolverle un poco del amor que me dio. Esta psicóloga que escribe el artículo, que creció en una bonita familia, muy estructurada, en su época de adolescencia y juventud también llevó “la contraria”. En ocasiones acerté y en muchas me equivoqué.

Gracias a Dios y a la guía de mis padres, que siempre estuvieron para mostrarme el camino, pude tomar sus enseñanzas y transmitir valores a mis hijos. Ellos solo me han dado alegrías, gozo de la dicha de poder comunicarnos abiertamente y de tener distintas opiniones sin incomodarnos. ¡Ese era mi sueño!

Les deseo que celebren a sus madres toda la vida. Tengan siempre presente que el tiempo pasa y que el momento de expresar agradecimiento es ahora. (O)