Depresión, ansiedad y estrés son términos que usamos a diario para denotar una alteración en nuestro bienestar emocional. Es una manera de expresar que nos sentimos fuera de nuestra zona confortable y que va a ser necesaria una acción de nuestra parte para recuperar el equilibrio.

Este reajuste muchas veces no se logra con facilidad porque no siempre tenemos en claro qué es lo que verdaderamente estamos sintiendo, cuál es su verdadero origen, de qué recursos disponemos para enfrentarlo y cuál es el camino más apropiado para resolverlo.

El estrés se produce cuando nos impacta un evento, generalmente externo, que nos pone en alerta y obstaculiza la fluidez con la que normalmente administramos nuestras vidas. Puede ser algo del momento (un atolladero de tráfico que va a retrasar nuestra llegada a un compromiso) o algo con trascendencia más profunda en el tiempo (un cambio negativo en la situación económica o graves dudas sobre la fidelidad de la pareja, por ejemplo).

Las situaciones estresantes pueden tener una gran variedad de orígenes, y muchas de ellas son inevitables (como lo ha sido la pandemia). El estrés generalmente termina cuando su causa se resuelve relativamente pronto. Cuando el estrés persiste nos puede alterar el sueño, dificultar nuestra concentración, volvernos irritables, debilitar nuestro sistema inmunológico y volvernos propensos a enfermarnos, entre los daños más comunes. El estrés es muy perjudicial física y emocionalmente.

La depresión y la ansiedad son actitudes con las que muchas veces reaccionamos ante el estrés. Son mecanismos que el paso del tiempo ha consolidado en nuestra mente para procesar eventos que consideramos están fuera de nuestro control. La persona depresiva se aislará y perderá el interés en actividades que antes disfrutaba. También tendrá periodos de ira no controlada; perderá la motivación en general y sentirá culpa, y un pequeño porcentaje pensará en el suicidio por no poder buscar o encontrar una solución.

La persona ansiosa tenderá a actuar con temores exagerados o irracionales, a profundizar en preocupaciones (pudiendo llegar a la obsesión), a actualizar eventos traumáticos mucho después de haber ocurrido, o a sufrir ataques de pánico. La ansiedad puede somatizarse, convirtiéndose principalmente en dolores de cabeza o de estómago, cambios en el apetito o en el sueño, hipertensión o taquicardia.

Es muy necesario poder reconocer las diferentes maneras en que el estrés nos puede afectar. Este conocimiento nos ayudará a buscar la ayuda profesional apropiada. (O)