No soy nada fanático de los dulces superelaborados, los como muy esporádicamente y cuando lo hago, son tan solo un par de bocados, y esto únicamente cuando es algo superespecial en que vale la pena la carga de azúcar y número adicional de calorías. Prefiero después de una gran cena saltarme la parte del postre y más bien pasar a disfrutar de unos quesos maduros y terminar con un buen brandy.

Como muchas cosas que se aprenden en casa, pienso que lo que comemos es parte de las costumbres que adquirimos de nuestras familias. Cuando era chico las tareas culinarias no fueron responsabilidad de mi madre, quien se encargaba de toda la gestión era Vilma, una cocinera que tampoco le gustaban los dulces, ella era de pocas palabras y normalmente estaba de mal genio, pero dueña de una deliciosa sazón.

Es así como la tarea de endulzar nuestras vidas en casa pasó a manos de Vilma, quien con sencillez y practicidad buscaba satisfacernos sin que le tomara mucho tiempo ni empleara gran cantidad de ingredientes. El concepto de postre luego del almuerzo o la cena no era parte del menú diario, lo que sí encontrábamos con facilidad eran una especie de variados snacks que nos comíamos en las tardes, siempre y cuando no escucháramos el campaneo del heladero en su bicicleta pasando por la cuadra, que siempre era la primera opción.

La Choquilla, esa pasta de chocolate que la comíamos sola o con pan, el enrollado de manjar de Dolupa y la cajita de bizcotelas fueron parte de mis dulces del pasado. Otro clásico que encontraba siempre era el muy espeso y oscuro manjar casero, que resultaba de sumergir las latas de leche condensada en agua hirviendo por un par de horas. Esto fue un infaltable en nuestra refrigeradora y siempre cuchareaba más de la cuenta, ya sea para comerlo solo o aumentando la glotonería cuando lo untaba sobre unas galletas de coco (las originales de La Universal).

Dentro de este grupo de dulces setenteros poco elaborados, los que se repetían con frecuencia eran de la cajita Royal. Pudín de chocolate, flan de leche y las infaltables gelatinas en todos sus sabores, mis favoritas eran las de cereza y la de frambuesa, que en algunas ocasiones las preparaban recargadas en dos versiones, la engordante con leche condensada y la light que tenían en el fondo pedazos de duraznos de los enlatados.

Una tarea que sí encontré a mi madre hacer muchas veces era el helado de naranjilla, tenía una receta de mi abuelita que era sumamente fácil e increíblemente deliciosa. Con la fruta bien madura hacía una especie jugo muy azucarado que ponía en un recipiente, en otro ponía dos latas de leche evaporada y todo lo congelaba hasta el día siguiente. Luego, en un bol batía la leche congelada e incorporaba poco a poco el jugo hasta que quedaba con una consistencia cremosa, lo ponía de regreso a congelar y listo. Muchas veces más tardaba hacerlo que yo en comérmelo.

Un postre diferente que llamó mucho mi atención en esa época lo encontré precisamente en casa de mi abuelita. Ella hacía una especie de pudín o torta dulce de camote que era un espectáculo. Entiendo que era una de esas recetas viejas del Manabí profundo, tenía textura grumosa y su agradable dulzor no empalagaba. No tengo idea cómo se hacía, y aunque no la he vuelto a probar, todavía recuerdo perfectamente a lo que sabía. (O)