A Iván Ortega Yánez no le basta con observar un objeto. El adolescente de 14 años quiere entender cómo funciona, por qué no cae igual que otro o por qué la fuerza puede cambiar su movimiento.

En este nuevo año lectivo, en el que se esperaría que por su edad ingrese al bachillerato y siga aprendiendo sobre estos temas, él llegará a las aulas de la Escuela Superior Politécnica del Litoral (Espol) para caminar hacia su sueño de convertirse en científico.

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En julio cumple 15 años y lo hará siendo politécnico.

Años atrás, Iván pasó un proceso de aceleración pedagógica que le permitió graduarse antes de lo previsto en la Unidad Educativa Federico González Suárez en Durán.

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En la ciudad, casos como el de Iván todavía son poco comunes dentro del sistema educativo. Tiene un coeficiente intelectual de 163 y, según la psicóloga Eileen Cornejo, quien acompaña al chico desde hace tres años, su desarrollo cognitivo rebasa ampliamente los estándares de su edad.

“Él, desde los 3 años, ya sabía provincias, sumar y restar. Era un caso que todavía no estaba potencializado”, explica Cornejo.

Hace dos años, cuando se tomó el informe psicopedagógico, él tenía una inteligencia equivalente a la de una persona de 23 años.

Cornejo explica que gracias a un instructivo que emitió el Ministerio de Educación se pueden acelerar dos o más años dependiendo de las necesidades del estudiante. Iván atravesó justamente ese proceso.

Su aceleración comenzó cuando cursaba octavo de básica.

La madre de Iván, Carmen Yánez, acompaña a su hijo en su proceso hacia la universidad. Foto: Ronald cedeño

Mientras seguía viendo las materias normales de su grado, también asistía a clases de matemáticas, física y química de cursos superiores. Iba de un aula a otra cargando cuadernos y copiando los textos porque no tenía todavía todos los libros de bachillerato.

“Yo sentía que me faltaba más”, dice Iván, quien asegura que cuando se completó su salto al bachillerato encontró las materias que realmente disfrutaba y que tenían que ver con electrónica, microprocesadores, audio, video, computación.

Sus profesores lo ayudaron bastante en el proceso, pero allí también entró en juego el aprendizaje autodidacta.

“Yo sigo siendo autodidacta. Me gusta aprender por mi propia cuenta cómo funcionan ciertas cosas”, cuenta el joven, quien de esta manera aprendió parte de los cinco idiomas que conoce.

El internet es una herramienta que usa de forma constante, aunque no reemplaza a los libros. Tiene uno favorito: Fundamentos de matemáticas. Lo hojea con familiaridad y lo tiene en su biblioteca, que acumula unos trescientos libros.

“No se trata solo de leer y ya. Se trata de imaginar lo que está pasando”, detalla.

Saltar de un curso a otro dice que no se le complicó y que sus compañeros también lo apoyaban y lo empujaban a seguir. No tiene problemas para adaptarse y relacionarse, asegura Iván.

En casa, la rutina fue normal con él. Iván divide su tiempo entre la lectura, el ajedrez o caminar y ver a sus amigos.

Aprendió a tocar bajo siendo muy pequeño, gracias a su padre. Después vino la guitarra, en la que domina técnicas como el tapping. Y escucha rock; Nirvana está entre sus grupos preferidos.

Su madre, Carmen Yánez, dice que ahora no solo convive con las capacidades extraordinarias de Iván, sino también con las de su otra hija, Amy, de 12 años, quien va por el mismo camino.

“Mis hijos no son normales, y no lo digo de mala manera. Ellos son excepcionales”, comenta Yánez.

Eileen Cornejo es la psicóloga que acompaña a Iván Ortega. Foto: Ronald cedeño

El apoyo a los niños superdotados

En casos como el de Iván, Cornejo explica que existe mucha presión no solamente del proceso educativo, sino también de los comentarios externos. Hay dudas, cuestionamientos y hasta críticas sobre si acelerar el proceso educativo de un niño o no.

“Hay padres que se sienten mal cuando les dicen: ‘¿Por qué lo quieren acelerar? Está dejando de vivir su infancia’”, comenta.

Para la especialista, ese es uno de los errores más comunes.

“Cuando un niño con superdotación no recibe apoyo, comienzan las frustraciones. Se duermen en clases, no quieren ir a la escuela, sienten que no encajan”, describe.

Iván, por su parte, dice que se siente contento de empezar esta nueva etapa, de conocer a sus compañeros y aprender más. No tiene miedos; más bien, expectativas, pues dice que será sencillo adaptarse. Se muestra optimista.

Sueños de nanotecnología

Ante la pregunta inevitable de qué quiere hacer en el futuro, tiene una respuesta rápida: “Quiero ser científico especializado en nanotecnología”, asegura Ortega.

El jovencito de 14 años habla de crear órganos, de trabajar con células madre, de desarrollar tecnología aplicada a la medicina.

Su afán de convertirse en un científico se debe a que tiene como referentes a Albert Einstein, Isaac Newton y Nikola Tesla. “Jamás paren de soñar, porque un sueño puede convertirse en realidad si haces una acción”, manifiesta.

“Yo les quiero decir a las personas como yo que tengan paciencia, determinación y mucha disciplina. Porque, aparte de tener un objetivo claro, también hay que ser organizados para cumplir ese objetivo de manera más fácil y más efectiva”, dice con certeza el próximo estudiante de la Facultad de Ingeniería en Mecánica y Ciencias de la Producción de la Espol. (I)