A las 06:00, cuando la ciudad apenas empieza a despertar, Henry Dueñas ya está de pie, tal como lo hacía en su época televisiva. Ya no hay cámaras de por medio, pero sí las llamadas para coordinar las entregas de lo que produce en su finca en la vía a la costa.
Las listas de pedidos las lleva en un cuaderno que guarda en la parte frontal de su camioneta. En su cabeza traza el mapa mental de las rutas que deberá recorrer a diario en Guayaquil para repartir sus productos.
“Salgo desde la montaña, donde todavía hay tigres”, dice el periodista de 56 años, quien dedica, desde que arrancó el 2026, el 100 % de su tiempo a su actividad de finca.
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Dueñas cuenta que hace tres años empezó a barajar ideas de cómo ‘hacer algo’ para cuando ya se apartara del mundo televisivo. Ahí fue cuando nació su idea de producir en la finca.
Su proyecto lo cristalizó y apostó por la crianza de animales criollos, alimentados con vegetales y manejados bajo prácticas ecológicas que, asegura, no tienen comparación en la provincia.
“Soy un hombre que ama la tierra”, dice el manabita, quien llegó a Guayaquil a los 11 años. De su padre aprendió a trabajar la tierra, pues él criaba y vendía gallinas en Manabí.
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Décadas después, ese vínculo con la tierra, con el campo no solo persiste, sino que define su presente. “Soy montuvio”, manifiesta.
Durante 37 años fue periodista en Ecuavisa, pero ahora su trabajo de finca lo sostiene y lo mantiene activo.
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En su emprendimiento, que tomó fuerza en este 2026, Pollo Vegano (nombre que le puso su hija), vende cuatro proteínas: gallina, borrego, chancho y pato. Además, ofrece huevos y longaniza.
Todo lo empaca y coloca en el balde de la camioneta para salir desde la finca a recorrer Guayaquil. Sus clientes, muchos de ellos lo contactan a través de redes sociales, donde el conocido "Ayúdame, Henry" se mantiene como vía para conectar con su comunidad.
“El que extraña se muere”, dice Dueñas, a quien en las calles aún lo reconocen y se detienen a contarle lo que sucede en su barrio o incluso en su vida personal.
Esa cercanía con la gente, como en su rol de periodista, sigue. “A veces una entrega puede tomar diez minutos o hasta dos horas. La gente aún me cuenta sus cosas, sus denuncias, y yo los escucho y en lo que pueda les ayudo”, dice.
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En la calle aún le gritan: "Ayúdame, Henry“, pues asegura que eso lo caracterizó por años y es lo que la gente recuerda.
Esa confianza que tiene en sus clientes, asegura, es la devolución de la lealtad que alguna vez ofreció frente a cámaras.
A diario verifica, tal y como lo hizo con su trabajo en el medio, que en su finca se cumplan estándares que él mismo se impuso: nada de químicos, fumigación con vinagre y derivados del cacao, uso de ozono y energía limpia. “No puedo criar más de cierta cantidad, porque contamino la finca”, explica. Su límite es también su sello.
En su finca conviven chancheras, corrales y aves sin malos olores, gracias a un sistema de manejo basado en soluciones naturales.
El sueño y proyecto del conocido “Ayúdame, Henry” no se detiene en la producción y entrega de pedidos. Ahora construye su idea de un restaurante ecológico. Un espacio que, precisa, prevé que funcione con energía solar y eólica.
La idea es que todo lo que se consuma allí provenga de su propia finca o de pequeños productores aliados. Como el arroz, que también comercializa, cultivado por agricultores de Daule.
Su proyecto va más allá de vender alimentos. Busca demostrar que en espacios pequeños se puede producir de manera sostenible. Además, busca rescatar la gastronomía manabita.
“Si un ser humano se olvida de dónde vino, no tiene raíz”, dice. Y en su caso, la raíz no es un recuerdo sino un proyecto de vida que empieza todos los días, puntual, a las 06:00, entre la finca y el calor implacable de la ciudad.
Henry sigue, aunque fuera del foco de las cámaras. Su oficio, menciona, más que un emprendimiento, es su forma de mantenerse fiel a lo que siempre ha sido: un hombre de trabajo, de palabra y de raíz. (I)





