El brillo en los ojos sigue intacto, al igual que su vocación por ayudar. Ahora tiene 20 años, estudia el cuarto semestre de Biología en la Espol, y sus vacaciones las aprovecha para hacer unas pasantías; ella no quiere perder ni un poquito el tiempo. Danna Aráuz hace diez años nos dio una lección de vida con lo más preciado que puede tener un niño: sus juguetes.
Era lunes 18 de abril de 2016, Ecuador aún no terminaba de salir de la impresión del ‘sacudón’ de magnitud 7,8, y Danna, con solo 11 años en esa época, pensaba de qué manera podía ayudar a los damnificados del terremoto del 16 de abril. Sentada en su cuarto frente a toda la colección de peluches -superaban los 50, asegura- dio con la respuesta.
“Se puede hacer feliz a las personas de maneras muy pequeñas y de formas muy significativas”, menciona la estudiante en una entrevista con EL UNIVERSO.
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Un triciclo que le regalaron cuando era bebé, unos vestidos, una cocinita, muñecas Barbies y sus peluches fueron parte de la vitrina que con ayuda de sus abuelitos había improvisado afuera de su casa en Durán.
“¿Vació todo el cuarto?”, fue la pregunta que la mamá de Danna hizo desde su puesto de trabajo en una llamada que la abuelita había hecho urgentemente al ver que su nieta iba muy en serio con su misión. “¡Sí, todo su cuarto!”, respondió ese día.
Un cartel con la frase “Cambio peluche por agua” llamó la atención no solo de sus vecinos, sino también de personas de otros sitios de la ciudad. “A mí me encantaba ver la sonrisa y la felicidad que emitían las personas”, recuerda la joven que en ese entonces empezó a ser noticia en algunos medios impresos y televisivos.
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Con los días empezaron a llegar personas de otras partes del país, la misión tenía una respuesta positiva, la cantidad de galones de agua era tanta que tuvo que pedirle a su vecina que le permitiera poner galones del lado de su vereda. “Realmente nunca contamos los galones, nunca los contabilizamos. Lo que hacíamos era recibir, intercambiar, y así. Sacábamos galones al menos tres veces por semana”, indica.
Danna logró intercambiar todos sus juguetes, y hasta pudo alargar el tiempo de la acción social, ya que muchos llegaron al lugar para regalarle más peluches para que continuara recolectando no solo agua, sino también víveres, ropa y más. Recuerda con especial cariño un perro de peluche gigante que le dio uno de sus tíos.
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“Los galones que nos seguían llegando los seguíamos donando a diferentes fundaciones, o los dejábamos en el Centro Cristiano de Guayaquil, incluso a algunos canales televisivos que seguían viniendo, para que los hagan llegar a los damnificados”, menciona la joven, a quien le enviaban fotos de las personas recibiendo la donación.
Durante la entrevista y desde la sala de su hogar, Danna comparte con sus abuelitos y mamá anécdotas de esos días, pero a su lado derecho hay un pequeño amigo de tela suave y orejas largas. Es Missy, el conejito de peluche que mamá le trajo de un viaje a Italia cuando era pequeña, un recuerdo que prefirió conservar y no ponerlo en la lista de donantes.
También lleva puesto un sombrerito tejido con el amarillo, azul y rojo de la bandera de Ecuador, fue un obsequio que una vecina tejió en el 2016 para la pequeña de corazón gigante. “Prácticamente este sombrerito era mi uniforme para la recepción de agua”, dice.
La futura bióloga ve con orgullo a la Danna de once años y si tuviera algo que decirle, sería: “Nunca te rindas, no imaginas el impacto que estás causando con lo que haces”.
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‘No paramos’
Ese espíritu de voluntariado lo heredó de su mamá, confiesa. “Me hacía concientizar de que estábamos bendecidos, y que había otras personas que realmente necesitaban y que podíamos aportar con ese granito de arena, hacer algo...”, expresa con su voz dulce.
Luego del terremoto continuó con otras acciones sociales hasta la actualidad. “Sí, de hecho, no paramos”, afirma con mucho orgullo.
“Ya después, cuando pasó el tiempo y ya la situación fue calmándose, aún teníamos juguetes. Y lo que decidimos fue seguir recogiendo juguetes, seguir recogiendo ciertas cosas, y nos íbamos a otros lugares periféricos. Recuerdo que fuimos a Monte Sinaí… También entregamos café y pancito para las personas (familiares de pacientes) que pasan la madrugada en los hospitales”, agrega la joven, quien siempre incluyó a sus familiares para todas sus iniciativas sociales.
“Les escribía o les llamaba preguntando si tenían alguna ropa por ahí, alguna mochila. A mis compañeros les preguntaba si tenían juguetes”.
A su abuelita, que es costurera, le ayudaba colocando apliques en la ropa a cambio de un par de monedas que ella guardaba como fondos benéficos.
En un futuro sueña con tener su propia fundación y aportar a la sociedad a través de su carrera.
Subastará vestidos
Danna tiene una nueva misión: recaudar tarros de leche y alimentos para donarlos a niños que reciben tratamiento contra el cáncer. Su plan es subastar o vender sus vestidos de bautizo, quinceañera, de graduación,
“Estamos pensando ir con tarros de leche, pañales, ropa, juguetes, abrigos... Todos podemos ayudar, y si hay posibilidades de que se puedan unir sería lindo”, manifiesta.
Toda la ayuda social será dirigida a aquellos niños de otras provincias que atraviesan tratamientos en Solca y no tienen dónde quedarse en Guayaquil. (I)












