La Iglesia católica de Cuba informó este viernes que el cardenal Jaime Lucas Ortega y Alamino, quien llevó su labor pastoral en medio de las dificultades que el proceso revolucionario cubano impuso a las prácticas religiosas y fue parte de un histórico acercamiento con Estados Unidos, falleció ayer a los 82 años.

Aunque siempre se habló de la participación de Ortega y la Iglesia católica en las conversaciones que acabaron con cinco décadas de ruptura diplomática, no fue sino hasta 2017 que se supieron detalles del papel del prelado: llevar cartas secretas de Francisco a las partes, intercambiar sus respuestas y posibilitar el acercamiento, según se reveló en un libro suyo publicado con respaldo del Vaticano.

En sus últimos años, ya retirado y como arzobispo emérito de La Habana, no se lo vio mucho en público, pero continuó siendo recordado por su largo ministerio y la intensidad de los momentos históricos en los que se vio envuelto.

En abril del 2016, el papa aceptó su renuncia al frente de la estratégica arquidiócesis de La Habana.

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Su figura se había ido acrecentado con los años y alcanzó notoriedad cuando en 2010 y 2011 emprendió gestiones y logró un acuerdo entre la Iglesia y el presidente Raúl Castro para la liberación de un grupo de disidentes presos desde 2003.

A lo largo de su vida pública, muchos opositores lo acusaron de ser útil al Gobierno, pero tanto él como sus colaboradores insistieron en que el lugar de la Iglesia no era la política sino la labor humanitaria.

“Algunos, pensando en la naturaleza de la Iglesia como una entidad política, de fuerza política, que no tenía de ninguna manera, hubieran querido que fuéramos el partido de la oposición que falta en Cuba, y nosotros no podemos”, dijo en 2012 a estudiantes del Centro David Rockefeller para Estudios Latinoamericanos en Massachusetts. “Nuestro rol no puede ser ese, porque habría una desnaturalización de la Iglesia”.

Le tocó además ser el anfitrión de tres visitas papales a Cuba, la de Juan Pablo II en 1998, la de Benedicto XVI en 2012 y la de Francisco en 2015. En noviembre de 1994, recibió de Juan Pablo II el título de cardenal, el único en Cuba, cuyo gobierno comunista comenzaba a abrir el espacio a las religiones.

Ortega se encontró entonces con otro problema: un crecimiento impresionante de la santería, una tradición sincrética entre el catolicismo y la cultura africana de los esclavos.

Sonriente, recibió a Juan Pablo II en enero de 1998 durante una histórica visita que conjuntó al pontífice y al entonces presidente Fidel Castro.

En varias ocasiones se le mencionó como un posible sucesor del papa polaco. Su retiro de la arquidiócesis de La Habana fue aprobado en 2016, dos años después de su participación en las conversaciones de acercamiento entre los presidentes de Cuba y Estados Unidos, y lo reemplazó el obispo Juan de la Caridad García. (I)