En la más reciente temporada de MasterChef Ecuador (Teleamazonas) hubo, como es costumbre, héroes y villanos, y en esta última categoría se encontró la finalista Alexandra Torres, cuyos comentarios desde el balcón matizaron el show que terminó el pasado 21 de marzo con Henry Alvarado como ganador.

Desde su casa en Santo Domingo, su tierra de origen, luce relajada y satisfecha, en contraste con el apodo que recibió durante el programa, la Diabla. Volvió a esa ciudad desde Quito hace 12 años, después de su divorcio, junto con sus dos hijos menores (20 y 18). Su hijo mayor, de 26 años, es abogado y vive en la capital.

Ella relata que la cocina es una de sus pasiones, pues ha trabajado en varios frentes. Administró junto a su padre el Hotel Zaracay; estuvo al frente de varias peluquerías y ópticas, y ahora trabaja en su finca con palma africana y algo de ganado. “Qué te digo, me gusta controlar todo, tengo un montón de proyectos y por ahí diseño y confecciono ropa”, dice, pues es diseñadora de modas de profesión. “Nunca me quedo quieta. Soy todóloga”.

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Alexandra Torres, ‘la diabla’ de MasterChef Ecuador, rompió en llanto el viernes 17 de marzo, ¿por qué?

Confiesa que es perfeccionista, le gusta que todo quede bien, que guarde una estética y sea de buena calidad. “Yo diría que me gusta lo bonito sin tener que incurrir en gastos absurdos, y siempre estoy tratando de hacer yo misma lo que puedo. Por ejemplo, en el hotel gastábamos un montón de dinero en flores, y me dediqué a sembrarlas”.

¿Qué lugar tiene la cocina en esto? Antes de MasterChef, Alexandra tuvo su propio restaurante que dirigió y en el que cocinó: el Gran Achiote. Lo bautizó así por el fruto que caracteriza a la tribu Tsáchila. “Quería que me identifiquen más con mis orígenes, no como la que cocina comida francesa o italiana, sino fusionar todas esas comidas que a mí me encantan, mi esencia y lo que trato de promover, el consumo de carnes de la región”.

¿Cómo vivió la final, con quién estaba al escuchar el resultado?

Estuvimos todos los finalistas en un restaurante en Quito, junto con el jurado, en la misma mesa, compartiendo el capítulo paso a paso; estaba tan feliz conversando con Victoria, con Jorge Rausch, con Carito, teníamos una mesa muy amena y al frente estaba la directiva de Teleamazonas, entonces lo tomé como una noche de distracción. Viví la competencia con mucha alegría, la disfruté y eso hice hasta el último día. Siento que di todo eso, eso me encanta; estar en la final ya para mí fue ganar”.

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Foto: Carlos Granja Medranda

¿En algún momento le han molestado los comentarios en las redes sociales?

Siempre he sido figura pública, acá en mi ciudad trabajé ya en televisión (Majestad, TV Zaracay, Gamavisión) y soy conocida. Me ponían como la que critica, la que da tips curiosos, tips para la casa: cómo comer, cómo pararse, cómo vestirse. Hay gente que lo toma superbién y te agradece, y otros que no. Entonces, siempre he tenido gente a favor y gente en contra, y lo manejé. (Con MasterChef) descubrí que tienes la posibilidad de bloquear los comentarios ofensivos. De 10 comentarios buenos, hay uno pésimo, que la bruja o que me satanizan, pero más son los bonitos. Tengo mensajes internos de los cuales estoy agradecida porque me hacen sentir que vale la pena mostrarte como eres, no quiero tener un papel distinto a mi esencia en ningún lado.

¿Su personalidad en la pantalla reflejó la realidad?

Cuando me di cuenta, ya me estaban enfocando como la mala. No todo lo que yo decía era malo, siempre hablaba muy bien de los compañeros a los que los veía como rivales, como contrincantes con muchas cualidades. Eso no lo sacaban. Querían a la Alexandra mala, criticona, y me preguntaban qué te pareció esto, viste cómo cocinó. Estábamos alambrados (con los micrófonos encendidos) y escuchaban todo lo que yo opinaba con mis amigos. Entonces, me lo sacaban en las entrevistas, y les daba contenido, pero nunca faltando a lo que en realidad creo.

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Alexandra Torres, finalista de MasterChef Ecuador, cuarta temporada, estuvo acompañada de su hija en el episodio final. FOTO: TELEAMAZONAS

Lo de diabla me parece jocoso, nunca me he sentido ofendida porque no lo soy. Todo ser humano tiene un poquito de maldad y un poquito de bondad. Tiene que haber un equilibrio. Yo tengo ese equilibrio y mi maldad no es más que humor negro, sería incapaz de hacerle daño a alguien, de fraguar algo para que le vaya mal o para hacerlos caer de alguna manera en la vida, no solo ahí en el programa. Entonces, tengo una conciencia tranquila, limpia, de que nunca he obrado mal contra nadie.

¿Entonces la edición creó un personaje que no es completamente real?

Estoy superconsciente, trataron de realzar en Alexandra el personaje de la villana, de la mala, para tener ese rating, tal vez desmereciendo mi forma de cocinar, que era mucho mejor que la de cualquiera, poniéndome de mala. Muchas de las cosas que están ahí sí las dije, pero un poquito sacadas de contexto, Por ejemplo, la vez en que dije que se tapen la panza, eso era fuera de cámaras, eso no iba a salir, porque estábamos en descanso, pero lo sacaron. Y bueno, sí se les veía y les dije. ‘Chicos, tápense la panza’. ¿Tenía que decir: ‘Por favor, chicos, se les ve el estómago’? Yo también tengo panza. Pero se saca de contexto y ahí estaba la diabla, a la que satanizaron de ‘gordofobia’.

‘¡Chupen gorditos!’: Alexandra ‘La diabla’ es acusada de ‘gordofobia’ por sus declaraciones en ‘MasterChef Ecuador’; ella se defiende en redes sociales

¿Antes de la competencia la habían llamado de esa manera?

Con mi mejor amiga nos autodenominamos Maléfica y Cruela, porque tenemos un humor negro, siempre andamos diciendo cosas terribles entre nosotras, nos molestamos, pero no me habían etiquetado así. La gente que me conoce sabe que hago labor social y estoy pendiente de quien me necesita, sean animales o personas. Lo bueno de esto es que no me duele. Como sé que no es así, no me afectó. Imagínate si yo fuera una persona con baja autoestima o problemas de depresión, con todo este hate que se lanzó en redes. Me hubiese afectado un montón y estuviera traumada, pero gracias a Dios, no. Si una está segura de lo que es y lo que vale, no necesitas que otro te lo diga.

Alexandra Torres, ‘la diabla’ de MasterChef Ecuador, rompió en llanto el viernes 17 de marzo, ¿por qué?

Otras personas sí se sintieron afectadas y dolidas...

Raúl, que fue el aludido cuando dije “chupen, gorditos”, o “bájate, que se te ve la panza”, es una persona muy segura de sí, es un hombre maduro. Seguro que no le va a afectar. Yo creo que él jamás tuvo problemas conmigo, no era la persona favorita del mundo para él, pero nos respetábamos. Yo lo admiro, me parece un hombre dulce, enfocado en aprender a mejorar, y me parece válido todo lo que él hizo dentro del programa. El último día salí con él al aeropuerto, feliz, riéndome, comimos juntos y nunca tuve ningún tropiezo ni nada. Vine concentrada a cocinar, esa fue mi única meta, nunca fue generar un personaje lindo para que me quieran.

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Alexandra Torres, finalista de MasterChef Ecuador, cuarta temporada, levanta las manos al terminar su emplatado durante el último episodio, el pasado 21 de marzo. FOTO: TELEAMAZONAS

Yo trataba de no hablar con la gente con la que no tenía nada en común. No recuerdo haberles hecho una mala cara, solamente no tenía afinidad, pero parece que se han ofendido porque yo pasaba más con otras personas y no con ellos, o les caía mal por el simple hecho de estar ahí, de ser quién soy.

¿Hay resentimientos por los grupos y los complots?

He sido fanática de MasterChef, no solo de Ecuador, sino que me enfoqué mucho en el de España, donde la gente va solo a cocinar. Esto del complot sería mal visto, así como hacer estrategias para robarse ingredientes. Ni darse el papel de víctima, que te mantengan por pobrecita, que te ayuden, eso jamás se me hubiera ocurrido. No me siento perjudicada, porque ellos podían armar lo que sea, que el que sabe cocinar se defendía y salía adelante. Y eso pasó.

Borrar la imagen de la que fui objeto en el programa es difícil, ellos crearon un concepto y lo que se haga ahora es tardío. Lo único que he dicho es que nunca deberías juzgar a las personas sin conocerlas, y si te caen mal, respetas. Sí hay cosas que se interpretaron mal, por ejemplo, este tema de Sarita con la menestra y el patacón, con eso la molestábamos allá en la casa y nos matábamos de risa y se lo decíamos a ella, y tratamos siempre de ayudarle. Siempre quise ayudarle, me solidaricé con su caso, todos le tenemos cariño y me incluyo. Y de repente vi una bola de insultos, no sé qué le pasó, más que dolerme me sorprendió, porque no me lo esperaba.

En el tema de Jamil, él sacó a colación que yo dije que está loco, y eran cosas que él se inventaba para generar rating por un problema, no sé si psicológico o desorden, pero algo tenía. Nos advirtió que no estaba medicado, entonces yo decía: ‘O sea, encima eres loco y andas suelto’. Se lo decía a él en la cara y en televisión nacional, eran cosas que pasaban entre nosotros y que las hablábamos ahí. Él hizo un marketing buenísimo de MasterChef; yo no fui con esa intención, no pensaba vivir de eso después de salir de ahí, no ha sido mi meta. Yo solo fui a cocinar, tengo una vida más allá de MasterChef.

¿Cree que llegaron a la final las tres personas que tenían que estar?

Soy superanalítica, tener un poquito más de noción de las cosas me ha favorecido en la vida, y para mí, la final era con Jamil, Victoria y yo; esa era la final, esa era la meta; estar entre los tres primeros es haber recorrido el camino perfecto; el desenlace podía ser cualquiera, yo estaba orgullosa de obtener lo que fui a buscar.

Henry Alvarado, Victoria Patiño y Alexandra Torres, finalistas de MasterChef Ecuador, cuarta temporada, con la presentadora Erika Vélez. FOTO: TELEAMAZONAS

¿Admira la cocina de Jamil y Victoria?

Admiro la cocina de Victoria por sus emplatados, es perfeccionista, tiene arte, he visto de cerca cómo crea, el gusto que tiene. Cuando empezó la temporada ella cocinaba con Sol y sacaban cosas divinas, y yo pensaba, una es la genia. Apenas gané un reto, y pude decidir mover a los chicos, las moví a ellas y ahí desde el balcón me di cuenta. Esa vez ella cocinó con Jamil y a él lo vi atufado, desordenado, y eso no era para mí un excelente cocinero, quería hacer lo que le daba la gana.

Sin embargo, él tenía muchas cualidades para llegar a la final. Buenos platos, buenas recetas, este manejo de la pasta le salvó un montón de veces, como yo tenía mi as bajo la manga (las empanadas), porque sé manejar la masa perfecto, porque le meto adentro cualquier cosa, es la forma ecuatoriana de salvar algo. Él, en un modo italiano, lo hizo. Y sí tenía buenas recetas, no puedo decir otra cosa.

¿Cuáles son sus planes en cocina?

Tener un restaurante sería divino, donde me pueda traer un chef espectacular que cocine mejor que yo. (En el Gran Achiote) me esclavicé un montón, no quiero volver a tener esa vida. Factura bien, mi comida era realmente buena y la gente hacía reservas para entrar, pero me saqué la madre; ahora quiero una vida más tranquila. MasterChef, para mí, fue inyectarle un poquito de adrenalina a mi vida, que estaba dedicada solo a mis hijos, a unos asuntos legales, al campo. Esto fue como un pico alto que necesitaba en mi vida antes de llegar a los 50.

¿Y en ayuda social?

Hay una fundación linda acá, que se llama Alas para un Ángel. Con ellos trabajo. Hay un montón de parroquias rurales donde los niños necesitan ayuda para entrar a clases. Creo que la educación es la primera herramienta para salir de la pobreza y de la ignorancia. Como voy al campo, veo de cerca la falta de conocimiento de los niños y trato de motivarles a que sigan estudiando, porque a los 12 años ya pueden trabajar de vaqueros, se les paga el jornal diario y se dedican felices a coger dinero, y no acaban ni siquiera la escuela. Ahí es donde me motivo y quiero incentivarles a terminar sus estudios, pero es complicado.

¿Volvería a cocinar en televisión?

Mientras tenga fuerzas, quiero hacer de todo, en lo único en que no he pensado incursionar es en política, porque no me gusta, pero opino en todo, me meto en todo. Esto de las cocinadas era agotador. Salíamos extenuados de tanto tiempo de pie. Fueron tres meses en los que cambié mi vida para estar entre los tres mejores, pero valió la pena. (E)