Es una experiencia común en Latinoamérica: los asiduos de los conciertos están resignados a que si quieren ver a su artista, tendrán que pagar un precio, y no estamos hablando de la entrada. Sufrirán para alcanzar un boleto en línea, harán fila para canjearlo, pedirán permiso para llegar extratemprano el día del concierto y se pondrán en la cola una vez más.
























