Florencia Bertotti vuelve a encender la ilusión de toda una generación.
La cantante y actriz argentina regresa a Ecuador para reencontrarse con su público guayaquileño con Otra Vuelta Tour, un espectáculo que celebra los veinte años de Floricienta, la producción televisiva que la convirtió en un ícono de América Latina. El reencuentro será este jueves 27 de noviembre en el coliseo Voltaire Paladines Polo.
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“Una alegría enorme”, así describe Bertotti el sentimiento de volver. “La verdad es que esta segunda vuelta significa la posibilidad de volver a vivir una noche única, mágica y de volver a alegrarnos. Me da mucha emoción reencontrarme con la gente, ver que el amor es transgeneracional”, cuenta. Recuerda con ternura cómo los fanes han crecido a lo largo de los años: “Ahora vienen con sus hijos o con sus hermanos ya crecidos… Una chica me decía: ‘Yo fui a los 6 años, volví a ir 20 años después y voy a ir ahora con mi hijito’. Eso me parece increíble, ir pasando de generación en generación”.
La llegada al aeropuerto en nuestra ciudad fue una antesala del cariño que espera en el concierto. “Cuando llegué había mucha gente esperándonos y la verdad que eso me da una emoción muy linda, es mucho agradecimiento el que siento”. El recuerdo de su visita anterior sigue intacto: “Hace dos años no podíamos creer el fervor de la gente, lo demostrativos que eran. Es un público muy lindo y estamos súper contentos de retomar acá porque sabemos que va a ser una primera noche que nos va a augurar una gira hermosa”.
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Ecuador inaugura oficialmente Otra Vuelta Tour, decisión que mezcla logística con corazón. “Sabíamos que queríamos volver acá, que la última vez había sido un show espectacular. Entre todas las posibilidades que teníamos para retomar, Ecuador sin duda era una de las primeras ciudades que queríamos visitar. Uno quiere empezar por un lugar en donde sabes que va a estar repleto de amor, de emoción y de felicidad”.
Aunque el concierto tiene una estructura definida, Bertotti deja que el público marque el ritmo. “El show nunca dura lo mismo, tiene mucho que ver con la gente. Si pongo un cronómetro, a veces ha durado una hora cuarenta, una hora cincuenta, dos horas… la gente corea canciones o pide canciones que no están en el repertorio y terminamos cantando un pedacito”.
Su momento favorito nació de la espontaneidad del público: “De las canciones que habían quedado fuera del repertorio la gente siempre las quiere cantar igual. Entonces armamos un momento que es un delivery de canciones en donde voy hacia el público con un guitarrista y una de las coristas, les preguntamos qué quieren cantar y la gente nos grita las canciones y nosotros las cantamos con ellos”.
Y aunque no caben todas, las infaltables siempre son: Flores amarillas, Hay un cuento, Tic-Tac, A bailar, El vestido azul, Por qué, entre otras. “Cuando escuchan el primer acorde de Hay un cuento es como si volvieran a ese momento de hace 20 años”, dice con emoción.
El despliegue visual será protagonista. “Creo que son 15 o 19 cambios de vestuario, la verdad que perdí la cuenta”. Esta dinámica exige precisión: “Son más o menos 40 segundos entre cambio y cambio. Ya lo tenemos súper aceitado, pero a veces pasa que no te entra una mano o se traba un cierre. Yo con la gente soy muy transparente. Una vez respiré hondo y se me explotó un vestido atrás… son cosas que pasan”.
Todo está pensado al detalle: “Me encanta que la propuesta audiovisual sea completa: las pantallas, los efectos, los bailarines, y que cada outfit tenga un juego visual que tenga que ver con la canción, con una paleta de colores distinta”.
Para sostener una gira tan exigente, el cuerpo y la voz deben llegar listos: “Clases de canto tengo todo el año, entreno todo el año. Ya en la recta final es poner a punto a la banda y volver a ensayar las coreografías. Cuando subís al avión decís: ‘Ah, ya está’. El trabajo previo es lo que determina cómo llegás a la gira”.
La emoción del escenario supera todo cansancio. “Cuando te subís al escenario y está la gente ahí, no existe el cansancio. Lo que sucede es tan genuino y tan real, hay tanta conexión, que es eso lo que todos estamos esperando”.
La gira se extenderá hasta diciembre, con la parte más difícil fuera del escenario: la distancia familiar. “Las madres me van a entender. Dejar a los hijos es la parte más difícil. Pero mis hijos ya son grandes, y me dicen: ‘No mamá, no te preocupes, yo estoy bien’. Una es la que se hace más mala sangre”.
El fenómeno de la popular serie no se detiene y para ella es una maravilla: “La verdad, no sé bien a qué responde”. Y reflexiona: “Creo que hubo una historia muy linda, con un mensaje motivador y aspiracional, con valores… secundada por unas canciones divinas que siguen emocionando y siguen significando cosas”. Para ella, las canciones funcionan como refugios emocionales: “Te acompañaron en una ruptura amorosa o en una pelea con tu mejor amiga, y con los años te llevan otra vez a ese momento ya sanado”.
“El otro día en el aeropuerto un chico de 30 años me dijo: ‘Estoy volviendo a ver Floricienta’”. Y se reconoce allí: “A mí me pasa eso con Friends. Son lugares seguros”.
El aniversario número 20 de la producción lo celebró sobre el escenario. “Fue una fiesta. Yo tenía 19 años cuando empecé a grabar la serie, era una nena. Sentir que 20 años después hay un reencuentro tan genuino fue una locura, una sorpresa enorme y un agradecimiento total”. (E)