Nació en Manta, a los 18 años se mudó a Holanda y a sus ahora 40 ha recorrido el mundo, literalmente. En julio pasado, Cris Toala Olivares volvió a Ecuador para recorrer su país en búsqueda de proyectos, comunidades y personas con quienes potenciar el turismo sostenible, la responsabilidad social, salud y paz. En convenio con la fundación Progressio, lo logró en ochenta días.

Autor de los libros The Amsterdam Canals (2015) y Living With Volcanoes (2022), crítico gastronómico, conferencista TED, entre otros títulos, él prefiere dos: explorador y artista.

Sus fotos están llenas de color, pero él es blanco o negro. Con los entornos y las personas parece tener una sensibilidad como la de su cámara manual con la luz. Llega y siente.

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Viviendo con Volcanes: la nueva publicación del fotógrafo ecuatoriano-holandés: Cris Toala Olivares

Si no le gusta la energía, se va. Si le gusta, hace clic con su cámara y con su ser. Abraza, ríe, hace hermanos y hermanas, a quienes les da su número personal, ideas de negocios; los retrata con sus propios celulares, escucha sus historias y hasta les cura heridas, porque antes de ser fotógrafo estudió Medicina.

Ecuador y sus contrastes

Llegó a Quito el pasado 3 de julio, justo después de que el país atravesara un paro nacional. En la capital, el esmog y el tránsito lo desaniman, pero a apenas una hora al noroccidente, en la parroquia de Calacalí, se encontró con la comunidad de Yunguilla, una zona de bosque nublado andino a una altura de 2.650 metros sobre el nivel del mar, donde hace varias décadas las familias que se dedicaban a talar el bosque para fabricar carbón cambiaron esa actividad destructiva por la conservación y el turismo comunitario. Hoy ofrecen hospedaje en sus viviendas remodeladas, recorridos por sus granjas, productos locales y programas de voluntariado donde reciben a extranjeros que deseen aprender y aportar en sus proyectos.

En su búsqueda de tesoros encontró unas bolitas amarillas tan valiosas como el oro: las uvillas. En Machachi (Mejía), Cris se sorprendió con Golden Sweet Spirit, una empresa que promueve la responsabilidad social a través de pequeñas plantaciones sostenibles de estas bayas ricas en vitaminas y antioxidantes, cuyo consumo local es bajo y cuyas exportaciones van en crecimiento. Estos cultivos representan una alternativa económica para las poblaciones indígenas de la Sierra, con el objetivo de reducir la migración del campo a la ciudad.

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En aquellos días (y continúa), en las noticias se hablaba mayormente de violencia, narcotráfico y delincuencia, sobre todo en la Costa; sin embargo, el explorador quería descubrir oasis de paz y solidaridad. Y lo encontró en los proyectos de fundación Raíz Caemba, organización dedicada a fabricar viviendas de bambú que, gracias a donaciones, entrega totalmente gratis a familias que viven por debajo de la línea de pobreza en Esmeraldas.

En la misma provincia del norte, donde la inseguridad aleja a los turistas, Cris retrató los mangles más altos del mundo, en la Reserva Cayapas Mataje; visitó las islas de cocos en el río Mataje, en la frontera con Colombia; hizo clic con Benjamín Vanegas, uno de los últimos marimberos artesanos del país; y se conmovió con la lucha de muchos esmeraldeños que tratan de escapar de la ola delictiva y honrar la exuberancia de su tierra.

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En una de las islas fotografió a un hombre que trepaba las palmeras como si de caminar se tratase. Rápido, sin nada más que la fuerza de sus extremidades, bajó aquellas joyas redondas que guardan agua y comida, un regalo de la naturaleza que muchas veces no se valora. La maldición de la abundancia.

La ruta continuó hasta Manta (Manabí), donde quien también ha sido crítico gastronómico para National Geographic Italia dice encontrar el mejor encebollado, uno elaborado por la chef Alessia Basurto en la cevichería Umiña. Conoció la comuna Liguiqui, Agua Blanca, y no llegó a Isla de la Plata porque, el día para el que estaba prevista la visita, Cris abrió los ojos por la mañana y dijo: “Está nublado, no se va a despejar. No vamos”.

Porque entre sus talentos está la predicción del tiempo. Después de ocho años de haber recorrido 34 países con volcanes en erupción, para lograr su segundo libro, y haber estudiado con especialistas en el área, parece ganarles a las aplicaciones del clima. Aunque los locales le dijeron que sí se iba a despejar en unas horas, él confió en su instinto y, horas después, el clima le dio la razón.

Pasó también por la provincia de El Oro, en el extremo sur del país, donde otra vez los contrastes salieron a la luz. Una tierra fértil que ha sido arrasada por el monocultivo de banano y las inmensas extensiones tomadas por las camaroneras. Ahí, en la isla Costa Rica, en el archipiélago de Jambelí, un pequeño grupo de personas trata de contrarrestar esto sembrando manglar. Una batalla enorme e interminable. Cuando baja la marea, estos hombres se meten al lodo y plantan los aparentemente débiles mangles, que luego son los guerreros que protegen a los entornos de las inundaciones.

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En esta misma provincia, en Arenillas, su paladar experto descubrió el mejor cacao y empezó a cocinarse una idea en su cabeza: crear su propia barra de chocolate. Lo hizo: el Xocolate del Guerrero, junto con la finca Happy Fruit. “I’m a doctor”, lo recuerda, y decidió mezclar cacao al 85 % con ají y maracuyá, que son energizantes y antidepresivos naturales, para llevar el producto a Europa, especialmente durante los meses de invierno, cuando la depresión se incrementa.

Mientras su receta de chocolate se preparaba por cientos, se fue a Galápagos. Como lo hizo con Ámsterdam para su primer libro, enfocó sus ojos grandes y su mirada profunda en sitios poco antes explorados, aunque pareciera que de las Encantadas ya todo está contado, para mostrar nuevas realidades.

Molesto por agencias turísticas que tienen a los visitantes mareados en los barcos, corriendo de un lugar a otro sin crear realmente una comprensión de la magia natural y de la historia evolutiva que el archipiélago encierra, Cris se enfocó en las islas San Cristóbal y Floreana, descubriendo de la mano de locales espacios a donde casi ningún turista accede.

Tras veinte días en Galápagos, regresó al continente para recorrer sitios de Azuay, Chimborazo, Cotopaxi, Pastaza y Tena. En Cotopaxi, por ejemplo, llegó a descubrir que hay un lugar más cálido en esa provincia andina, Moraspungo, donde se siembra caña de azúcar y se fabrica el licor artesanal pájaro azul de forma tradicional, con el mismo bagazo de la caña como combustible.

Descubrió la Ruta de la Máchica, la iniciativa de unos jóvenes que han logrado revivir las máquinas de sus abuelos y atraer a los jóvenes con nuevos productos a base de este alimento ecuatoriano. Admiró los tejidos en Riobamba y volvió a saludar a su gran amiga Warmi Montaña en el Quilotoa.

Aunque nació en la Costa, Cris expresa un profundo amor por la Sierra. Recuerda que fue cuidado por una mujer indígena cuando era niño y aprecia todo el apoyo que ha recibido en esta región. Además, fue en Baños, en lo que ahora conocemos como La Casa del Árbol, donde surgió la pregunta: ¿cómo conviven las personas con un volcán en erupción?, y eso lo llevó a trabajar por ocho años en su segundo libro. Ahí, mientras erupcionaba el volcán Tungurahua, Cris logró la ahora famosísima foto del llamado “columpio del fin del mundo”. Aquella imagen, como él, ha dado la vuelta al mundo y puso a Baños en el ojo del turismo mundial.

Después de la Sierra, venía la región menos explorada y más temida por el viajero que huye de las serpientes. La Amazonía lo esperaba.

Conoció a Javier Toquetón, un nativo de padres quichua y shuar que mantiene la agencia Tuparyk Adventure, y tiene como propósito ofrecer recorridos que respeten las diversas culturas amazónicas, los saberes ancestrales, el entorno y las energías de la naturaleza. Clic. Logró sentir tanta confianza que llegó a meterse al río por la noche y a caminar descalzo por la selva.

En la Amazonía, Cris bebió litros de chicha y de guayusa, se despertó a la madrugada para compartir los sueños con los nativos, participó de limpias y rituales, inhaló agua de hojas de tabaco para destapar sus vías respiratorias, comió en hojas y con las manos… Recibió como regalo el collar de un yachak (sabio, sanador), como símbolo de protección y amistad.

Mostró respeto por la selva y la selva se abrió para él. Conoció a Nancy y a Moi, hija y nieto de Dayuma, la primera huaorani contactada. Conoció la historia de Napo a través de un descendiente de los primeros colonos; y, en el cantón El Chaco, una cascada mágica en disputa. Otra vez, la belleza natural y la desgracia de los conflictos creados por el hombre.

La cascada es majestuosa y se considera el hogar de dioses que representan a los cuatro elementos: agua, tierra, fuego y viento. Según se cuenta, el acceso está tomado por una señora que dice ser la propietaria, pero al mismo tiempo el terrero está en disputa legal con un exalcalde.

Como esas, muchas historias en Ecuador. Corrupción, narcotráfico, peligro, violencia, machismo… A Cris se le llenan los ojos de lágrimas al ver la pobreza que envuelve a diferentes zonas; le indigna la ignorancia de no valorar los recursos naturales y todo el potencial turístico; sin embargo, él insiste en que está buscando el 10 %, las excepciones, los lugares y personas que sigan creyendo en la magia, en la belleza, en proteger la naturaleza para vivir en paz.

Hallar un centro

Un niño de la calle que logró el sueño europeo, así describe Cris su vida. Cuando tenía doce años, su padre murió y, para entonces, su madre, chilena, ya había migrado de Manta a Holanda en búsqueda de trabajo.

Aunque tenía familiares paternos en Manabí, ellos no lo acogieron. Se quedó solo y sin hogar. Encontró refugio en sus vecinos: don Colón, su esposa y su hija.

Cuando se fue a Holanda, cuidó a adultos mayores mientras estudiaba Medicina. Quería salvar vidas, dice, pero al tercer año de universidad se sentía frustrado por el sistema educativo. Una profesora le recomendó aplicar como voluntario en la organización Médicos Sin Fronteras; lo hizo y se fue a servir en Franja de Gaza. En medio de una guerra, Cris salvó vidas y encontró la suya: la fotografía.

Con una foto logró salvar la vida de un niño y no volvió a las aulas de Medicina. Por tres años recorrió países en guerra; una bala impactó contra su casco; muchas otras rozaron sus camisas o pantalones; fue perseguido, golpeado, amenazado… Sus imágenes no conocían fronteras; su nombre se volvió una marca, pero el horror de la violencia deja heridas que Cris solo logró cicatrizar buscando imágenes completamente opuestas: naturaleza, personas, belleza, ¡vida!

¿Y qué está más vivo que un volcán en erupción? Cris busca esa sensación de ebullición, de conexión y no puede, no quiere quedarse quieto. Tras publicar en Europa su libro de volcanes, recorrió Ecuador de una forma en la que jamás lo había hecho antes. El pasado 3 de octubre volvió a Holanda sintiéndose fuerte y renovado, llevando chocolate, uvillas y varios otros productos locales que quiere compartir con el mundo. De esta travesía, anuncia, saldrá un libro que hará que el mundo mire a Ecuador con otros ojos, que admire la magia que habita en este, el centro del mundo. (I)