Los lunares, o polka dots, son el patrón más sencillo del diseño. Para Yayoi Kusama son sus aliados en la lucha contra la enfermedad mental. La pintora y escultora japonesa, reconocida por sus instalaciones psicodélicas y esculturas a gran escala, acaba de cumplir 97 años como la artista viva más famosa del mundo.
Y como una artista que no deja de producir ni sorprender. El Museo Ludwig de Colonia (Alemania) inauguró una gran retrospectiva dedicada a la creativa nipona, que estará abierta hasta agosto.
Detrás de estos títulos y su universo de colores y repeticiones, hay enormes retos de salud. A los 10 años percibió alucinaciones por primera vez: patrones de puntos y redes que se superponían a las imágenes en su mente. El diagnóstico: estrés psicológico causado por su madre, quien la desanimaba a pintar.
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Las alucinaciones la acompañan hasta hoy, pero aprendió a convivir con ellas, transformándolas en el arte que la catapultó. “Mis obras son una expresión de mi vida, especialmente de mi enfermedad mental”, declaró a la revista Bomb Magazine.
“Fue extraordinario que abordara la enfermedad mental tan abiertamente”, explicó Stephan Diederich, curador de la exposición, en una entrevista con DW. “Para ella, el arte es una estrategia de supervivencia y una forma de ‘autoterapia’, y siempre lo comunicaba sin convertirlo en el centro de atención”.
La liberación de Yayoi Kusama en Nueva York
La joven nacida en 1929 tuvo una vida demasiado restrictiva en Tokio. “Mis padres constantemente intentaban obligarme a aceptar matrimonios concertados con hombres que no conocía”, confesó al escritor Andrew Solomon. Por este motivo llama a sus 20 años “la época de la crisis nerviosa”.
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En 1958 migró a Nueva York para liberarse de las convenciones. “Era excepcionalmente segura de sí misma y estaba decidida a forjar su propio camino y labrarse una carrera”, agregó Diederich.
En el nuevo continente recibió el respaldo de su colega y artista Georgia O’Keeffe. Pronto formó parte del exclusivo círculo de la vanguardia neoyorquina: sus patrones de red monocromáticos, bautizadas como las infinity nets, conquistaron a la crítica y al público en general, que llegó a compararla con Andy Warhol.
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Sin embargo, no tuvo el mismo éxito comercial que sus contemporáneos masculinos y eso fue el detonante para un intento de suicidio. Luego Kusama protestó contra la brecha salarial de género con la escultura Traveling Life (1964): una escalera repleta de formas fálicas, en cuyos peldaños se levantan zapatos de mujer.
La demorada fama de Yayoi Kusama
“El mejor momento” de su vida finalmente llegó en 1993 cuando fue invitada a la Bienal de Venecia, donde su fama se multiplicó exponencialmente. Ahora sus muestras agotan entradas en tiempo récord, como si se tratara de un concierto de Taylor Swift o Shakira. En 2018 el Museo Broad de Los Ángeles vendió 90.000 boletos en una sola tarde; similar suerte corrió la Tate Modern de Londres en 2022. Y sus obras alcanzan millones en subastas.
Yayoi Kusama regresó en 1973 a Japón y allí vive, internada voluntariamente en un hospital psiquiátrico, donde recibe tratamiento contra la depresión y sigue siendo productiva. “Seguiré creando obras de arte mientras mi pasión me impulse”, aseguró. “Creo arte para sanar a toda la humanidad”. (E)
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