La primera vez que atendí un evento organizado por PalabraLab fue en el 2012, en el debut de Ciudad Mínima, un festival de micronarrativa con la meta de impulsar la lectura no tradicional. De esa actividad me quedó de joya una selección de microrrelatos que se publicó físicamente por medio de una editorial artesanal, un libro con tapas de cartón reciclado y decorado con brochazos de témpera.
Luego acudí en el 2014 al encuentro Binomio: Charlie Parker y Julio Cortázar, en Diva Nicotina, donde se alternaba en el escenario el jazz de Parker y las letras de Cortázar con su realidad alterada.
La fundadora Adelaida Jaramillo siempre tuvo claro el corazón de su proyecto cultural: aterrizar la lectura como una actividad cotidiana y placentera. Aunque las actividades masivas, como las mencionadas, se fueron reduciendo paulatinamente, no así el propósito de su gestión, que acaba de cruzar una línea de meta que no se esperaba al inicio de esta carrera de largo aliento.
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En septiembre del año pasado Adelaida festejó los 15 años de esta iniciativa, una suerte de espacio cultural, club de lectura y pequeña empresa. Una celebración que le dejó una lección necesaria: sostener un espacio cultural independiente en Ecuador no es solo un acto de gestión; es, en palabras de la gestora, un ejercicio de persistencia radical.
En esa línea, la gestora reflexiona sobre una trayectoria marcada por la autogestión, la capacidad de escucha a su comunidad y, recientemente, la necesidad de replegarse para proteger la actividad, ante el avance de la delincuencia y la inseguridad en el espacio público.
La resistencia
Uno de los pilares del éxito de Palabra Lab es su carácter autónomo, asegura Adelaida, destacando la importancia de que los espacios dedicados al diálogo, la diversidad de opinión y el pensamiento se mantengan sin depender de organismos gubernamentales. Esta independencia ha permitido que el proyecto sobreviva a ciclos políticos y crisis económicas que han forzado el cierre de otros centros culturales, por ejemplo.
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Sin embargo, esta libertad conlleva la responsabilidad de la sostenibilidad financiera. Con una formación en marketing, Jaramillo ha transformado Palabra Lab en una “empresa cultural” donde se profesionaliza el trabajo. “A mí no me gusta que me propongan actividades gratuitas, porque tengo como regla pagarle a toda la gente que trabaja conmigo”, afirma.
Este modelo de negocio, basado en clubes de lectura remunerados que ofrecen una formación literaria, ha sido la clave para financiar las actividades y asegurar que la cultura sea vista como un trabajo digno y no como un pasatiempo.
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La limitación de la inseguridad
El punto más crítico al revisar los 15 años de vida de PalabraLab es cómo la violencia urbana ha alterado la naturaleza de la gestión cultural. Adelaida reconoce que, aunque su deseo es la apertura, la realidad de Guayaquil le ha obligado a reducir sus espacios y ser extremadamente cautelosa con quienes cruzan su puerta.
Actividades emblemáticas, como las rutas de cultura en el centro de la ciudad, han tenido que ser canceladas o reducidas al mínimo. El riesgo de llevar a ciudadanos a pie por zonas icónicas, con peligros potenciales, se ha vuelto una responsabilidad inasumible.
Otra realidad es la “filtro-dependencia”. Para asistir a eventos con escritoras de renombre (como Mónica Ojeda o Juliana Ortiz), los asistentes deben llenar formularios exhaustivos y proporcionar datos personales. No es “psicosis”, advierte Adelaida, sino un protocolo de cuidado para una comunidad que se siente vulnerable.
Sin duda lo más lamentable es la reducción del aforo. De eventos masivos en auditorios para cientos de personas antes de la pandemia, PalabraLab ha pasado a encuentros más íntimos y controlados, priorizando a una comunidad de “referidos” para garantizar un entorno seguro.
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“Es muy difícil hacer gestión cultural en una ciudad en donde hay tanta violencia y tanta inseguridad. Es un tema de preocupación por todos, porque trato de cuidar a mi comunidad al máximo”, defiende.
Lealtad y comunidad
A pesar de las barreras físicas impuestas por la inseguridad, la vigencia de Palabra Lab se debe a la lealtad de su comunidad de lectores. Hay miembros que llevan hasta nueve años asistiendo ininterrumpidamente a los clubes de lectura.
Adelaida atribuye esto a su capacidad de escuchar: realiza encuestas de satisfacción permanentes y entrega planificaciones anuales para que sus socios puedan conseguir libros que a veces no circulan en el país.
La iniciativa no rehúye de la incomodidad. Se leen textos exigentes sobre feminismo, migración y género. Esta “incómoda” interpelación al lector es, paradójicamente, lo que mantiene vivo su interés.
En un país donde las estadísticas de lectura son desalentadoras (un libro al año por persona, según la primera Encuesta de hábitos lectores, prácticas y consumos culturales en el 2021), Palabra Lab combate esta cifra ofreciendo un componente social. Para el adulto, leer es a menudo una actividad solitaria; el club de lectura transforma ese acto en un encuentro con “personas raras” que comparten la misma pasión, creando un tejido social que la inseguridad no puede deshilachar.
“Cuando empecé hace 15 años, o un poco más, hacer gestión cultural antes de Palabra Lab, trabajaba la animación a la lectura en los niños, los jóvenes. No se me ocurrió jamás pensar que a los adultos podría interesarles un espacio cultural como el mío”, recuerda.
Virtualidad y futuro
“Hoy hago gestión cultural un poco más reducida, pero siempre dirigida a que la lectura, a que la literatura, sea percibida dentro de la categoría de placer y de entretenimiento que necesita el ser humano”, resalta la gestora.
Por ahora Adelaida ve en la virtualidad una fortaleza necesaria, aunque reconoce un creciente deseo del público por “desconectarse” y volver a lo analógico. En ese sentido, sostiene los clubes de lectura de forma presencial y virtual. El reto futuro es equilibrar esa necesidad de encuentro físico con la seguridad que ofrece lo digital.
La gestora enfatiza que la lucha contra la falta de lectura en Ecuador también requiere cambios estructurales, como el fomento de una industria editorial nacional. “En un país donde hay más industria editorial, hay más acceso a la lectura. Porque los libros abaratan sus costos, porque hay una búsqueda genuina de quienes están escribiendo dentro del territorio, para poder leer a nuestros propios escritores”, indica.
La diversificación de las voces igualmente es necesaria. “Me tocó ser jurado del concurso de publicaciones del Ministerio de Cultura del año pasado. Para nosotros fue muy importante que los premios no se quedaran en el centro, es decir, Pichincha y Guayas, sino querer leer a gente de Galápagos, de Manabí, de Los Ríos... Hay que sostener también esos procesos”. (E)







