Según la Organización Internacional del Trabajo, más de 20 millones de personas alrededor del mundo trabajan en el reciclaje. En el Ecuador son más de 20.000 recicladores que se dedican a esta tarea de limpiar el rostro de las calles. ¿Y qué pasa si a esto se le suma el hecho de hay millones de niños huérfanos que se dedican a esta labor en todo el mundo?

Ambas realidades son presentadas en Vidas de papel, un drama de la prolífica maquinaria turca cuyas producciones se ven en algunos países y Ecuador -con las telenovelas- no es la excepción. Ejemplos de otros filmes turcos que incluso han competido en festivales de cine y se han llevado premios son Sueño de invierno (2014) o Contra la pared (2004).

El cineasta Can Ulkay, responsable de Vidas de papel, no es ajeno al tema de la niñez. En 2017 presentó Ayla, la hija de la guerra, un drama que transcurre en 1950 en medio de los estragos de la guerra de Corea cuando un sargento se topa con una niña medio congelada, sin padres y sin ayuda.

Es con Vidas de papel que retoma las secuelas producidas por el abandono, pero esta vez en un niño (Alí) quien, para sobrevivir y sin marcha atrás, debe someterse a la ley de las calles hasta convertirse en adulto. Allí se hará líder de un grupo de recicladores callejeros que serán su familia, la que no tuvo y a la que extraña. Ellos viven en una cuadra que se llama La calle de la Lucha.

La historia va mostrando matices del trauma provocado por la ausencia de los padres, de una madre que decide que la calle es lo mejor para el pequeño para poder salvarlo de las garras del maltrato infantil propinado por su padrastro. Mehmet, el protagonista, también descubre que su salud no está bien y al mismo tiempo debe cargar con la tarea de llevar a cuestas a ese niño que empieza a seguirlo a todos lados. Todos se dan cuenta, menos él. El vínculo que logra fortalecer con el niño lo hace más susceptible a su pasado doloroso.

¿Un niño o un hombre marcado por el abandono? Vidas de papel va ahondando en las heridas infantiles que no han cerrado, pero Ulcay se vale de la comedia, pero sin dejar a un lado el sentimentalismo. Por ratos es conmovedora, tierna, dulce, inocente y a veces dura, porque lo que hasta ese momento ocurre... El final no es previsible.

Hay una escena que también usa Ulcay para mostrar lo que pasa con los “ningunos”, aquellos hijos de los ninguneados (tal como lo dijo el escritor uruguayo Eduardo Galeano), cuando celebran un cumpleaños. Allí Mehmet les dice a todos que pidan un deseo antes de soplar las velas y le pregunta a uno de los recicladores que bordea la adolescencia, ¿cuál fue tu deseo? Él le responde: “Yo deseo morir porque mi mamá murió cuando yo era pequeño y si muero después de haber crecido, ella no me reconocerá”.

Los fantasmas acechan la vida de Mehmet, cuyo único recuerdo familiar que tiene es una foto, una imagen que atesora más que a cualquier cosa. Se aferra a ella como único lazo que lo conecta con un pasado que no recuerda.

Vidas de papel es tercera en el top 10 de lo más visto en Ecuador por Netflix.