Nacido en Chicago, Bill Murray inició ahí su carrera, en el célebre grupo de comedia improvisada Second City. Estuvo una temporada en Saturday Night Live (1977-1980), y luego pasó a la pantalla grande con las comedias chispeantes y algo burdas de gran éxito popular como Meatballs (1979), Caddyshack (1980), Stripes (1981) y Ghostbusters (1984).

Sin embargo, a diferencia de muchos otros que se iniciaron como comediantes despreocupados, Murray ha trabajado firmemente para ampliar su gama, demostrando sus alcances en comedias más sutiles como Groundhog Day (1993) y en Rushomre (1998), de Anderson; pero también en dramas como Wild Things (1998), Hamlet (2000) y Lost in Translation (2003), de Sofia Coppola. Es uno de los pocos que puede aparecer en casi cualquier parte, desafiando las expectativas del público, generalmente con gran éxito.

En la nueva película de Wes Anderson Murray interpreta al paciente y brillante editor Arthur Howitzer Jr.

Pero también tiene sus idiosincrasias. La más notable es que es conocido por tomarse mucho tiempo para decidir si acepta o no un papel.

“Cuando George Clooney me contó la historia de Monuments Men me pareció que sería muy divertido”, recuerda. Para la mayoría de los actores, eso hubiera bastado para firmar. Pero para Murray fue el principio de un largo proceso de meditación que duró un año. Y entonces decidió que la historia era fascinante y que nadie la había contado.

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El núcleo del problema, explica Murray, es que él quiere estar seguro de estar tomando la mejor decisión. Cada película que ha hecho significa varias más que no ha hecho por estar ocupado con la primera. Sus normas son altas y él no quiere equivocarse en la medida en que pueda evitarlo.

“Yo quiero trabajar con grandes actores,” indica Murray. “Quiero trabajar con directores maravillosos que tengan todas las cosas resueltas. Me encanta un libreto en el que cada quien tiene su turno.

“Quiero acabar un trabajo pensando que lo volvería a hacer de nuevo al día siguiente”, dijo en una entrevista para The New York Times.

“Alguien alguna vez me reveló el secreto de la vida”, aseguró Murray. “Debemos recordar que podemos dar lo mejor que tenemos cuando estamos relajados. Yo creo que mientras más relajados estemos, somos mejores en la vida”.

Bill Murray se ganó un nuevo respeto tanto de críticos como de espectadores con su interpretación matizada como estrella de cine estadounidense en Japón en "Lost in Translation" de Sofia Coppola. Foto: Yoshio Sato/Focus Features

“Esa es más o menos la razón de que me haya metido a actuar”, continúa. “Yo sabía que sería divertido, y mientras más divertido fuera, tanto mejor. Sabía que, fuera cual fuera el humor que tuviera, yo podría ir a trabajar y relajarme haciendo diferentes papeles”.

“No soy el mejor en lo que hago, pero sí me gusta mucho mi trabajo”, agrega Murray. “No siempre me gustan las cosas que esto conlleva, pero yo soy mejor persona debido a mi trabajo. Mi día entero es mejor cuando estoy trabajando.”

Conocedor de los mejores directores de este tiempo, él ha trabajado con todos, desde Sydney Pollack y Tim Burton hasta Sofia Coppola y Jim Jarmusch, y ha hecho nueve películas con Wes Anderson, a la que se suma su reciente The French Dispatch, la cual se describe como una carta de amor al periodismo del siglo XX.

Anderson, de 52 años, ha confesado que creció viendo las primeras películas de Murray y lo considera una leyenda de la comedia. Pero Murray se siente mejor por el hecho de que lo busquen en términos más prosaicos. “No soy un tipo maduro, pero sí viejo”, dice. “Al trabajar con directores jóvenes yo les caigo como el tío o el padre viejo. Ellos me buscan para hacer esos papeles.”

“Es sensacional”, afirma. “Puedo trabajar con toda esta gente joven tan talentosa y hacer algo diferente cada vez”.