Inspirada en la novela clásica de Mary Shelley, publicada en 1818, la película ofrece una visión personal del mito de Frankenstein. Su director Guillermo del Toro explicó que no se trata únicamente de una historia de terror, sino de una reflexión sobre la dinámica familiar y la relación entre padres e hijos, en la que la criatura “solo provoca horror en quienes no la conocen”.
La cinta, producida por Netflix y protagonizada por Oscar Isaac y Jacob Elordi, ha recibido nueve nominaciones en la reciente edición de los premios Óscar.
En su exitoso camino previo a la estatuilla dorada ha obtenido tres premios Bafta y cuatro Critics Choices Awards. Po eso, la periodista, crítica de cine y productora Daniela Creamer destaca las características que podrían asegurarle la victoria a esta producción.
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¿Por qué debería ganar ‘Frankenstein’ como mejor película?
La propuesta de Frankenstein dirigida por el oscarizado cineasta mexicano Guillermo del Toro no se limita a trasladar al cine una novela célebre, sino que plantea una lectura íntima del universo concebido por Mary Shelley.
Más que insistir en el terror clásico o en la grandilocuencia visual, la película se construye como una reflexión sobre la paternidad fallida, el abandono emocional y el anhelo profundo de aceptación.
Desde las primeras escenas se advierte una identidad estética marcada. La ambientación combina oscuridad y lirismo, creando espacios que transmiten belleza y desolación al mismo tiempo. Las sombras densas, la niebla persistente y las superficies orgánicas no funcionan solo como decorado, sino como extensión de la psicología de los personajes. El laboratorio y los paisajes nocturnos no buscan provocar sobresaltos inmediatos, sino generar una inquietud que nace del dolor humano y de la soledad que atraviesa a cada figura.
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El guion introduce variaciones respecto al texto original, pero lo hace sin desvirtuar su esencia. En lugar de traicionar el espíritu de la obra, lo reinterpreta desde una sensibilidad contemporánea. La criatura deja de ser un emblema plano del horror para convertirse en un ser profundamente trágico. Su violencia no surge de una maldad innata, sino del rechazo constante y de la imposibilidad de ser reconocido como digno de afecto. Al mismo tiempo, la película cuestiona la arrogancia del científico que, impulsado por su ambición, ignora la responsabilidad moral que implica crear vida. Esa dimensión ética otorga mayor densidad al relato y lo aleja de una simple historia fantástica.
Las actuaciones constituyen uno de los pilares del filme. El intérprete que da vida a la criatura logra transmitir vulnerabilidad y furia contenida mediante gestos torpes y miradas cargadas de angustia.
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Gracias a ese trabajo, el personaje adquiere una humanidad conmovedora. Por su parte, el doctor no es presentado como un villano caricaturesco, sino como un hombre consumido por su obsesión, incapaz de asumir las consecuencias afectivas de sus actos. Esta complejidad psicológica enriquece el conflicto central y evita simplificaciones.
En el plano visual, la película destaca por su cuidado artesanal. El uso de efectos prácticos y un diseño de producción minucioso refuerzan la sensación de un mundo tangible. La iluminación enfatiza los contrastes entre vida y muerte, creación y destrucción, mientras la música acompaña con discreción, subrayando los momentos clave sin caer en excesos melodramáticos.
El ritmo puede resultar pausado para quienes esperen una narración más dinámica. Sin embargo, esa cadencia responde a la intención de profundizar en los silencios y en la construcción emocional. En conjunto, esta versión se percibe como una obra madura que transforma el mito en una tragedia sobre la soledad, recordándonos que el verdadero horror puede nacer de la indiferencia humana. (O)





