Escritor, poeta, periodista y aficionado a la música. Así registran varias biografías al guayaquileño Medardo Ángel Silva, un autor que a pesar de su prematura muerte (tenía 21 años) es considerado como el mayor representante del modernismo en la poesía ecuatoriana.

La crítica literaria Cecilia Ansaldo cree que Silva “ha dejado un molde de lo que significa ser poeta: una especie de aristocratismo espiritual, una rareza en su comportamiento, una entrega a los sentimientos por encima de la razón”. 

Apunta además que “hoy hay otras formas de poetizar y encarar la literatura, pero Medardo está en el imaginario colectivo”. “Se trata de un poeta emblemático, que representa el sumun de una vida y voz poética. Hay concordancia entre lo que escribió y lo que vivió: se sintió ‘tocado’ por una voluntad superior (La investidura), perseguido por el Hado, enamorado de la muerte, y todo eso quedó en sus versos. Si bien representa una época, un tipo de poesía, la memoria colectiva lo impone sobre otros muchos poetas. 

Por su parte, el escritor Fernando Balseca dice: “Es uno de los escritores que muestra una gran voluntad de estilo. “Aunque sigue modelos de la poesía modernista, Silva exploró variantes en la musicalidad del verso. También es un cronista que, al retratar escenas clave de la vida portuaria, permitió una reflexión de la vida moderna desde la prensa, tratando de acercar la literatura a grandes públicos. Silva es una suerte de artista total”.

‘Mi Medardo’

A 100 años de su partida, que se cumplen el próximo 10 de junio, las letras de Medardo Ángel Silva aún calan en la narrativa de sus homólogos, que aunque no a todos ha tocado de la misma manera, algún efecto tuvo en ellos y en sus creaciones. “Soy narrador y no poeta, pero raro es el narrador que no haya querido, en algún instante de su vida, ser poeta. Una narrativa sin algún aliento poético es triste, desierta y fría. Cuando he tratado de poetisar mi prosa, intencionadamente he rehuido todo vestigio de modernismo”, cuenta Alfonso Reece.

Y añade que aunque evita “el estilo de Silva, en cambio, intenta lograr su intensidad, su fuego, su verdad. Esa intensidad que lo llevó al suicidio… me parecen tristes los intentos de hacer aparecer este hecho capitular como un torpe accidente. Los amados de los dioses mueren jóvenes y Silva lo era”, reflexiona sobre el autor de El árbol del bien y del mal (1918).

Clara Medina, por su parte, señala que su primer trabajo como periodista fue en diario El Telégrafo y le ilusionaba saber que era en el mismo periódico en que Medardo Ángel Silva había trabajado. “Una de mis aficiones era ir a la hemeroteca del diario y buscar en los archivos. Así leí, por ejemplo, cómo reseñó El Telégrafo la muerte de Medardo Ángel Silva o buscaba los trabajos que él publicó en vida”. Asegura que de esta manera dimensionó su figura desde las fuentes mismas y pudo tener conocimiento de Silva más allá de lo que le habían enseñado en el colegio. (I)

Como me inicié con posturas irreverentes en literatura, Silva no fue en mi juventud un poeta que leí con atención. La vida adulta me llevó a él, y me parece un escritor del que debemos aprender”. Fernando Balseca, escritor y crítico.