Llegó con expectativa pero no elevó la adrenalina como en el pasado. Prometió ser una montaña rusa, pero terminó siendo un tranquilo viaje, a veces lento como en un tren a vapor o en una góndola.

Pero su prestigio, y el que sus principales personajes cosecharon en los últimos años, se mantiene. Tal vez ese cariño que se les tomó pese a lo crueles, despiadados, corruptos y sin escrúpulos que pudieron ser.

"Frank ya no está y Claire Underwood pisa fuerte como la primera mujer presidenta de Estados Unidos", fue el resumen que ofreció Netflix de la sexta y última temporada de House of Cards, que se estrenó en las primeras horas del 2 de noviembre.

Cinco años, nueve meses y un día después de llegar a los espectadores por primera vez, ahora le tocó su final. Aunque la historia deja un sinsabor.

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Lo que ofreció la producción sobre Frank es verdad, en parte. El expresidente ya no está y habrá que esperar al final para conocer quién lo asesinó, pero su ausencia es solo física, porque los ocho capítulos de esta última parte lo tienen omnipresente.

Falta su sagacidad, su energía, sus golpes con el anillo en la mesa, su maldad. Él unía y rompía en pedazos los hilos de la serie a cada momento, pero desde el final de la quinta temporada fue desplazado. Y hay que asimilarlo.

Todo el peso está entonces en manos de Claire. La ahora presidenta ofreció desde la temporada anterior que ahora sería su turno pero en ocasiones no luce a la altura del cargo.

En ocasiones parece caminar sin sentido por la Casa Blanca, no se la ve tomar decisiones trascendentales (más allá de una tensión por el supuesto uso de armas nucleares) y a esto se suma su estrategia de simular tres semanas de depresión para que todos piensen que había sido vencida y estaba lista para ser sacada del poder. Su personaje, pese a ser el principal, a veces luce marginado.

Tal vez en ese punto se lucen más sus nuevos enemigos: la pareja de los hermanos Shepherd, incluyendo a su -casi- sobrino. Los rivales ya no los hacen como antes. Y entonces estos nuevos personajes no van más allá de escenas de coraje, discusiones e insistentes pedidos a sus colaboradores para terminar con la presidenta. Diría que uno de ellos, el vicepresidente Mark Usher, es más tenebroso que ellos, debido a su misteriosa personalidad.

¿Quién puede ayudar a sacar a flote esta temporada? Tal como hizo en varias ocasiones con Frank cuando se metía en líos que parecían insuperables, pone su grano de arena Douglas Stamper.

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Un grano que pesa igual o más que un camión cargado de arena, porque su macabra personalidad, siempre tan calculadora y fría, permite que ese paseo tranquilo que ofrece esta temporada, tome impulso.

Claire y Doug son los motores de ese viaje. Ellos, los 'herederos' de Frank, son quienes cierran la serie, que termina como empezó.

Actuaciones valiosas, producción impecable pero un libreto que terminó estirándose tal vez más allá de lo saludable, es lo que nos deja este final de una serie que no en vano obtuvo, entre otros, seis premios Emmy y dos Globos de Oro.

Y en medio de todo esto la coyuntura que en Estados Unidos significó el cambio de gobierno, de Barack Obama, el primer presidente afroamericano, a Donald Trump, cuestionado por sus políticas racistas, homofóbicas, discriminatorias a migrantes, etcétera. En la administración de éste también tomó fuerza el movimiento Me too (Yo también), que busca denunciar y sancionar los casos de abusos sexuales en varios ámbitos de ese país: política, cine, teatro, entre otros.

Además, a inicios de noviembre, en las elecciones de medio período en ese país, hubo la mayor cantidad de candidatas (277 mujeres), de las que 116 consiguieron escaños. Esa corriente feminista se refleja también en la serie, con alusiones a la lucha por puestos claves en el Gobierno y la capacidad para desempeñar funciones en iguales condiciones que los hombres.

La pareja presidencial Underwood, Doug, los periodistas Zoe Barnes y Tom Hammerschmidt, todos estos personajes que llegaron a nuestras vidas hace cinco años, permanecen ahora en esta serie que siempre será un privilegio volver a ver. (E)