Ecuador cayó 1-0 el pasado jueves ante Uruguay jugando mal, con rendimientos individuales bajos, nula gestión colectiva y un planteo temeroso, sin pizca de atrevimiento como corresponde a la idea futbolística que ha manejado durante toda su carrera el técnico argentino Gustavo Alfaro. Y no fue frente a una selección charrúa sólida, dominante, agresiva.

Hace una década que la antes poderosa Celeste no infunde miedo en ninguna cancha. Desde aquellas épicas jornadas del Mundial 2010, cuando contaba con Diego Forlán, Sebastián Abreu, Diego Lugano, Egidio Arévalo Ríos y Luis Suárez, la selección uruguaya cayó en un cono de sombras y no logra despegar nuevamente.

Ante esa formación mediana, pero que vive del recuerdo de días mejores, Alfaro decidió equivocarse en la convocatoria, en la alineación y en el planteo. Nadie duda ya de que operan en la Selección “cuestiones extrafutbolísticas” de las que habló el propio Alfaro, pero que nunca tuvo agallas para revelar en qué consistían. Tampoco la Federación Ecuatoriana de Fútbol le exigió una aclaración ante una expresión tan delicada. Una muestra de esas “cuestiones” pudo ser la no alineación de Byron Castillo (el mejor lateral derecho del país) ante Chile, alegando el técnico que este jugador estaba cansado luego de su espléndida faena en el encuentro con Paraguay. Y en el duelo en Montevideo Alfaro insistió en Pervis Estupiñán, quien definitivamente defiende mal, aunque a ratos se proyecta bien como atacante, mostrando cualidades de puntero antiguo, de esos que avanzaban a gran velocidad y desbordaban para centrar con precisión.

Hoy ese tipo de jugador desapareció víctima de las tácticas castradoras y los que intentan revivirlo prefieren detenerse al llegar a las cercanías de área y retrasar el balón. Aquello de regatear y poner el esférico al centrodelantero para que fusile al arquero es una pieza de arqueología. Mejor que Estupiñán es, por largo, Mario Pineida, pero, como en el caso de Castillo, pierde por ser costeño y de Barcelona. Estupiñán fue, a lo largo de todo el partido, un boquete por el que penetraba casi sin oposición Nahitan Nández. Desde los 70 minutos ya no daba un paso, pero Alfaro lo sostuvo y de esa deficiencia vino la jugada del gol. Nández desbordó fácilmente y el centro sorprendió desubicados a los tres zagueros, colocados en línea, sin una idea de marca y llegó cabezazo certero que venció a Ortiz.

Hay hechos que a los periodistas críticos e independientes nos llenan de vergüenza. En el intermedio recibimos múltiples llamadas de colegas y amigos que coincidían en que el primer tiempo había sido horrible, sin una sola jugada rescatable por parte de ambos equipos. La crítica venía porque los ‘analistas’ sesudos y sabios habían hablado del “magnífico planteo táctico” impuesto por Alfaro y las “brillantes acciones” de Fernando Gaibor, Estupiñán y Plata, los tres, como el resto del equipo, mezclados en una irritante mediocridad. Las opiniones vertidas revelaron un sospechoso compromiso de relacionistas públicos más que de comentaristas con credibilidad.

Debemos recordar que nuestra Selección debutó perdiendo 1-0 ante Argentina y tuvo luego un repunte auspicioso en sus tres compromisos siguientes, cuando aún Alfaro no conocía a los futbolistas y tuvo la asesoría de Jorge Célico, autor de las convocatorias y el manejo del equipo. Ecuador acumuló 9 puntos entre octubre y noviembre de 2019, con 13 goles a favor y 5 en contra y apabullantes victorias de local ante Uruguay (4-2) y Colombia (6-1) y un triunfo de visita sobre Bolivia (3-2). Al tomar Alfaro el mando total de la Tri empezamos a desmoronarnos. Alfaro impuso su escuela en la que prevalece el orden defensivo sintetizado en la fórmula primero destruir, acumular gente en el medio campo. La idea es obstrucción y trancazo. Si en algún momento del partido surge la posibilidad de un contragolpe, en buena hora. Ningún interés en los tres puntos; si se puede lograr, uno hay que sonreír satisfechos.

¿Quieren una prueba? Ante un desgastado Chile, el entrenador se mostró eufórico por haber empatado en Quito. Cuando empezamos a jugar tres últimos partidos de este mes, dos de ellos en la capital, declaró que su objetivo era lograr 4 de los 6 puntos, lo cual equivale a renunciar al beneficio de la localía, tan publicitado. Hoy jugar en la altura ya no asusta a nadie porque en Sudamérica se conoce que el 99 % de los futbolistas nacionales actúan en el llano y sufren a veces más que los visitantes. En el seno de la FEF la idea de programar los partidos en la alta temperatura de Guayaquil equivale a incurrir en el delito de traición a la patria.

Hoy aquella posición de terceros en la tabla, que motivaba una sonrisa de orgullo y de tarea bien cumplida, se ha transformado en una mueca de desencanto y de preocupación. Ya se cumplió la primera mitad de la eliminatoria y solo hemos logrado el 48 % de los puntos. Si consideramos que para obtener un cupo nuestra Selección debe sumar entre 28 y 30 unidades, en el futuro debemos conseguir de 15 a 17 puntos.

Parece fácil, pero el problema radica en que Uruguay ya nos rebasó, Colombia nos igualó y Paraguay está al acecho y son equipos que vienen elevando su rendimiento. Nosotros, en cambio, no encontramos aún la formación estable que nos permita ser optimistas. Alfaro ensaya una alineación diferente en cada partido, a veces con jugadores inactivos o de esos que nadie sabe la razón de su llamado. Tampoco hay una línea definida de juego; cada cual hace lo que puede. Ofensivamente somos –vaya contradicción– inofensivos. Solo lastimamos cuando surge una divina casualidad, como nos ocurrió con Paraguay, cuya portería vulneramos en los últimos minutos gracias a dos acciones individuales.

Para sembrar peligro necesitamos gente con hambre de gol, con habilidad y técnica. Si los tuviéramos (Enner Valencia no aporta más que voluntad y Estrada labora muy solo) necesitaríamos uno o más creadores, futbolistas ingeniosos para romper las marcas y colocar esos balones venenosos que son la delicia de los goleadores. ¿Tenemos alguno de esos raros ejemplares? Hoy, ninguno. Los últimos que vi fueron Hamilton Cuvi y José Gavica. Los manejadores de los equipos, al menos en el Ecuador, son una especie extinguida. Y si existiera alguno, podría apostar que no sería convocado, peor alineado. Para el ‘sistema Alfaro’ (puntapié, traba, pelotazo a la tribuna) sería un lastre. Ante Uruguay, Ecuador llegó solo dos veces al área de su rival. La primera por Plata, que eludió las marcas, pero definió mal. Y la otra por Estrada, víctima de una falta alevosa que el árbitro dejó pasar. Sin embargo, echarle la culpa al arbitraje de la derrota es buscar excusas vergonzosas.

Ecuador jugó un mal partido. Ningún jugador pasó de 4 puntos de calificación. Y eso es grave. Esperanzas hay, pero lo que falta es un equipo y un director técnico con coraje y valentía. Por hoy no hay ninguna de las dos cosas. (O)