Cuando la Selección se clasificó por primera vez para el Mundial de fútbol, el realizado en Corea Japón, en 2002, confluyeron varios factores para que aquello suceda. Era un elenco muy competitivo, cuya mayoría jugaba en el campeonato doméstico, con excepción de Ulises de la Cruz, Iván Kaviedes, Álex Aguinaga y Agustín Delgado. El aporte de los que jugaban en nuestro patio fue fundamental, como el de José Francisco Cevallos, Iván Hurtado, Alfonso Obregón, Marlon Ayoví, Carlos Tenorio, Edison Méndez, Edwin Tenorio, Walter Ayoví y otros que, dirigidos por Hernán Darío Gómez, lograron hacerse fuertes –con una impecable presentación– en casa: seis triunfos, dos empates y una derrota. Además, con tres victorias clave de visitante que permitieron a Ecuador acabar segundo en la tabla de posiciones, después de Argentina.

Al margen de esas dos premisas fundamentales, como son el nivel competitivo del conjunto y el saber aprovechar las comprobadas ventajas que ofrece la localía de Quito, hay que sumar otro factor que también jugó a nuestro favor y que se lo supo aprovechar: el discreto nivel futbolístico que tenían las otras selecciones. Colombia, Perú, Uruguay y, ni hablar, Chile, que quedó último en la clasificación.

He querido comentar aquellos detalles que fueron importantes para conseguir esa clasificación tan celebrada en Ecuador y compararla con las eliminatorias para el Mundial de Catar 2022. Se podrá apreciar que existen dos factores que se repiten, la sede de Quito –y su influencia– y el nivel de los rivales. La crónica visual, tanto en sus presentaciones en el premundial como en la reciente Copa América de Brasil, nos ha permitido tener una idea clara del potencial general, al margen de Brasil y Argentina, que siguen siendo fuertes a nivel sudamericano. El resto de las selecciones ha exhibido un fútbol irregular, mayormente mediocre, muy lejos de lo que exige una competencia mundial. Y si ese nivel de mediocridad que han mostrado los equipos que compiten en estas eliminatorias no lo sabemos aprovechar como en 2002, entonces no podemos esperar mucho.

La actual tabla de clasificación al Mundial nos sigue ubicando en la franja privilegiada de candidatos directos a la cita mundialista. Entonces, muchos se preguntarán: ¿por qué tantas críticas para el cuerpo técnico de nuestra selección? Existen algunas razones por las que un alto porcentaje de la ciudadanía ha venido demostrando su descontento con Gustavo Alfaro, a sabiendas de que, a estas alturas, es factible todavía clasificar. Y no es simplemente porque no ha podido convalidar como ejercicio primario el devolvernos el sueño, que él mismo alimentó en el inicio de esta eliminatoria, sino que no ha sido capaz de resolver los obstáculos que le han venido obstruyendo la vía. Entre estos, hemos encontrado la ausencia de autocrítica y el afán que tiene de explicar todo desde su locutorio, desde donde, con su verbosidad habitual, ha intentado reflexionar o filosofar sobre su responsabilidad al frente de la selección. Siempre a la defensiva, tanto en la cancha, de local o visitante, como en las ruedas de prensa, sin percatarse de que muchas de sus versiones han sido un acto subversivo. Como cuando explica que nuestros seleccionados no brillan en el exterior y que por ahí alguno alterna en España. O cuando nos refriega que nuestra selección solo se ha clasificado tres veces a un Mundial, que si hubiesen sido quince ocasiones sería más fácil. Todas estas afirmaciones, que no estimulan, son parte del exhibicionismo dialéctico de Alfaro, que, si sigue insistiendo, más temprano que tarde se convertirán en un simple expendio de recetas sin cura.

Alfaro debe estar convencido de que está jugando una eliminatoria sumida en una mediocridad fácilmente comprobable, donde selecciones aparentemente favoritas –como Colombia, Chile, Perú y hasta Uruguay– todavía, por una u otra razón, están lejos del nivel pronosticado, y que debe aprovecharlo. Para aquello, el entrenador debe, en primer lugar, tener una alineación base, modificada exclusivamente por lesiones o suspensiones. A veces no llegamos a entender el porqué de que haya tenido que convocar 57 jugadores y haya cambiado de alineaciones en el 90 % de partidos. Es cierto que tomó una selección desde cero, pero a estas alturas no nos puede alegar que el proceso para consolidarla es de cuatro años, pues eso significa que la meta no es Catar. Recordemos que el estratega tiene ya un año al frente de nuestra selección y siempre se habló, y entendimos, que su contratación era para conseguir el boleto al Mundial, diferente del proceso preconcebido con Jordi Cruyff, que apuntaba al Mundial del 2026. Al menos así fue explicado por la máxima dirigencia de la Ecuafútbol.

No ha pasado mucho tiempo desde que preguntaba si era factible que Alfaro pudiera enderezar el rumbo que él mismo extravió. He mencionado que sí, así lo creo, pero siempre y cuando el técnico argentino se haga eco de respuestas más lógicas para encontrar esa identidad ausente, porque, aunque los jugadores tengan tallada la camiseta de la selección, si su estrategia y planteamiento son equivocados poco servirá el resto. ¿De qué sirve que las demás selecciones se quiten puntos entre ellas si la nuestra no aprovecha esa oportunidad? Y para aquello, además, debe mostrar más valentía para jugar de local e inteligencia táctica para cuando lo haga de visitante.

En días recientes escuché atentamente al periodismo colombiano cuando afirmaba su sorpresa por la cantidad de críticas que ha recibido el seleccionador de Ecuador, considerando que lo tiene en el grupo clasificatorio, mientras que ellos siguen creyendo y apoyando a Reinaldo Rueda, porque lo consideran capaz de conseguir la clasificación.

Los ambiguos cuestionamientos de la prensa colombiana sobre el comportamiento exigente que se tiene sobre Alfaro se los puede comprender desde la superficialidad del análisis, sin adentrarse en las raíces de la crítica y porque fueron tomando cuerpo a través del año que está a cargo el actual cuerpo técnico de la selección ecuatoriana. Hay que recordar aquellas épocas en que los elogios por los primeros aciertos nos hicieron ilusionar. Apostábamos que era lo indicado para inducirnos a reencontrar esa pasión extraviada en los aficionados ecuatorianos, luego de los persistentes fracasos en los últimos ocho años.

Tal vez por aquellos antecedentes, la prensa ecuatoriana ha hecho elocuente su preocupación por las andanzas de Alfaro. Exigimos que sea coherente con las ofertas con que se comprometió al momento de firmar el contrato que lo ligaba con la Federación: “Ofrezco una selección confiable, que conozca a lo que juega, con potencialidad, que no se sienta menos que nadie, que tenga la mentalidad, la potestad y la postura que le permita en cualquier cancha y condición jugar de la misma manera”. Si lo dijo, bueno, entonces que se someta al inventario, así como lo decía el poeta José Martí: las palabras comprometen, porque tienen un poder que incluso prevalece a cualquier otra manifestación del ser humano; porque la energía de las palabras no es el caballo del pensamiento, sino su jinete.

¿Han sido injustas las críticas que ha recibido Alfaro? Por supuesto que no. Injusto sería no expresárselas y evitarlas para complacerlo o para hacerles la venia a terceros. Justo es hacerlas para que estas sirvan como escarmiento. Claro, si el personaje las acepta como tales. (O)