Inglaterra es la cuna del fútbol, Argentina la capital de la pasión y Brasil la patria del jogo bonito. Cinco títulos mundiales, Pelé, Garrincha, Tostão, Zico, Ronaldo, Romario, Ronaldinho, una centena más de supercracks del nivel de Falcão, Sócrates, Jairzinho, Gerson, Roberto Carlos, Rivaldo... Y el juego-arte, la estética suprema… Tanta excelencia le dio a Brasil el derecho de rotularse “o país de futebol”. Así fue, desde 1958, con la aparición de Pelé y su primer título mundial, hasta 2002, cuando conquistó la quinta estrella de la mano de Ronaldo Fenómeno. Cuarenta y cuatro años de bellísima supremacía.

Pero el mundo se pregunta hoy si aún sigue siendo el país del fútbol. Brasil cumplirá en Estados Unidos 2026 veinticuatro años sin un título mundial. En ese interín cayó de local 7 a 1 ante Alemania, en “su” copa, una humillación inimaginada. Y ganó una sola Copa América en los últimos quince años. En el plano individual, desde Kaká, ganador en 2007, lleva diecisiete sin tener un Balón de Oro. Peor que eso, el jogo bonito, esa joya que hasta le proporcionó simpatía y prestigio universal como nación, es un borroso y amarillento recuerdo. Hace tanto se volatilizó ese estilo encantador que las nuevas generaciones de futbolistas ni siquiera saben cómo era. Y nadie puede imitar lo que nunca vio.

Todo comenzó cuando los técnicos devenidos de la preparación física invadieron los puestos de entrenadores en clubes y selección. Claudio Coutinho, Carlos Parreira, Sebastião Lazaroni, Carlos Alberto Silva, Antonio Lopes, Paulo Autuori y tantos otros, sin haber sido futbolistas, se entronizaron con el discurso de la preparación atlética por encima de la creatividad. Incluso personajes exitosos, como Zagallo, Scolari o Dunga, priorizaron la fuerza o la táctica. La inspiración fue perdiendo terreno y se fue haciendo costumbre ver a la Seleção jugar feo y mal, algo insólito hablando de Brasil. Y al cabo de algunas décadas, el jugador brasileño se fue igualando con los terrenales. Antes eran decididamente superiores a los del resto del planeta. Ahora son buenos, pero normales.

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Tostão, el exquisito e inteligente atacante campeón de 1970, es desde hace décadas uno de los críticos más destacados en el país del carnaval. Ya decía en 2001, en una de sus columnas de la revista Placar: “El concepto, la mística y la leyenda de que Brasil es el país del fútbol y de que todo menino es un artista de la pelota está desapareciendo. Un fútbol donde se comete el mayor número de faltas del mundo, que ganó apenas un Mundial en los últimos 30 años y donde la mayoría de los volantes no sabe dar un pase de más de diez metros no puede ser llamado más el país del fútbol. Estamos entre los mejores, pero ya no somos el mejor”.

Según Transfermarkt, 12 de los 100 futbolistas más cotizados del momento son brasileños: Vinícius es el líder de esa docena, valuado en 150 millones de euros. En orden decreciente lo siguen Rodrygo, Bruno Guimarães, Gabriel Martinelli, Militão, Douglas Luiz, Gabriel Jesús, Lucas Paquetá, Gabriel Magalhães, Bremer, Endrick y Marquinhos. Con ellos bien podría ganar la próxima Copa América, incluso el próximo Mundial; después de todo, Brasil es Brasil. Pero no es seguro y, lo más relevante, no ilusionan. Neymar, ese colosal desperdicio futbolístico, está fuera de la convocatoria, todavía reponiéndose de una operación de ligamentos. Pero aún con todas sus polémicas y lesiones es un diferente, genera expectativa, su juego es todo clase; el gol que le hizo a Croacia en Qatar no lo hace ninguno de sus compatriotas. Pertenece a la vieja estirpe, aunque nos haya decepcionado muchas veces y nunca alcance ese Balón de Oro al que aspiraba. Suena irreal, pero Brasil adoraría tener dos chicos habilísimos y de juego desenfadado como los alemanes Musiala y Wirtz.

“Ya no hay nadie jugando en las calles. No se oyen historias de un pelotazo que rompió el vidrio de la casa de la vecina”, lamenta Lauro Nascimento en un despacho de la agencia France Presse. Lo dice en el intermedio de un cotejo de su club aficionado, el Aurora, en el norte de San Pablo. La falta de espacios y campitos en las ciudades creó estos pollos de incubadora: los chicos formados en las escuelitas de fútbol. Eficientes, pero sin esa cuota genial que daba el libre albedrío de los potreros, sin profesores que estuvieran mecanizando el ingenio. Esto pasó en todas las latitudes, pero Brasil lo sufrió más porque era la tierra de los grandes talentos. Garrincha nunca fue a una de estas escuelitas, ni siquiera hizo inferiores: pasó de la canchita de Pau Grande a la Primera de Botafogo. Pero vivía jugando a la pelota de manera silvestre y fue desarrollando lo que su impronta genial le dictaba.

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“No sabemos lo que somos ni para dónde vamos”, escribió con crudeza Tostão en 2015 en su leída columna de Folha de São Paulo. “Hace casi veinte años —dice el viejo genio—, fui entrevistado por un investigador alemán que, en colaboración con la Universidad Federal de Minas Gerais, hacía un trabajo sobre las razones de la gran habilidad y creatividad de los jugadores brasileños. Ni él ni nadie imaginaría el 7 a 1 del último Mundial, ni que Alemania tendría hoy 7 jugadores entre los 23 nominados al Balón de Oro, en tanto Brasil solo tiene uno (Neymar). Una de las conclusiones de aquel trabajo era que la fantasía brasileña surgía en la infancia, en los campos de tierra, en el juego despreocupado con la pelota, sin reglas ni profesores. Los grandes talentos, en todas las áreas, son los que siguen jugando con seriedad”.

“La pasión por el fútbol todavía existe, pero es una actividad que hoy no es tan fácil de practicar”, opina Edson Nascimento, de 57 años, presidente del Aurora. “La caída de la práctica tiene un impacto muy fuerte en nuestro fútbol”, sostiene a su vez el investigador Euler Victor. “Tenemos una generación gigantesca de brasileños jugando en Europa, pero poquísimos protagonistas”, añade.

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Hay un problema adicional. En Brasil hay más celulares que los 203 millones de habitantes, dice el mismo cable de AFP. Y el 34 % de la población de entre 5 y 19 años tiene sobrepeso u obesidad, según el Atlas Mundial de la Obesidad de 2024.

Celso Unzelte, autor de diversos libros de fútbol, ve lo mismo que nosotros: “Faltan los monstruos que siempre tuvimos, que fueron muchos y estaban juntos. Neymar juega solo. Hasta Pelé estuvo rodeado de fenómenos en toda su carrera, de Rivelino, Gerson, Tostão, Jairzinho, Garrincha, Didí, Nilton Santos, Djalma Santos… Hoy Brasil es futbolísticamente como los demás, con jugadores solamente buenos, con un agregado: como siempre teníamos a los monstruos, hasta en los peores momentos salíamos adelante; bastaba buscar a alguno de ellos y resolvían. Fue así siempre. Hasta en la Copa de 2002 estaban Rivaldo, Ronaldo, Ronaldinho, Kaká… Ya no tenemos esas individualidades y nos vemos en problemas”.

Así como Argentina halló ese inesperado filón llamado Lionel Scaloni, que le devolvió la esencia histórica del fútbol argentino —el toque, la circulación precisa, el carácter y el sentido ofensivo— es posible que Brasil encuentre en algún momento otro Telé Santana. Entonces volverá a reclamar el título de país do futebol. (O)