En casi todos los países del mundo se celebra hoy el Día del Padre. El mío partió hacia otra dimensión hace 40 años y el regalo que le damos a diario, mis hermanos y yo, es recordarlo con inmenso afecto y honrar su memoria respetando los principios de dignidad personal y ética a toda prueba que supo inculcarnos hasta el último día de su vida.

Hay dos temas que me agitan el alma siempre que pronuncio su nombre: la literatura y el fútbol. Igual que el escritor argentino Jorge Luis Borges, mi padre siempre imaginó que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca. Cuando en mi mente reproduzco fotográficamente su figura, aparece sentado en la sala de nuestra casa vieja con un libro en la mano y una taza de café que él mismo tostaba, molía y colaba; y a veces pendiente de Ralph del Campo o Ecuador Martínez en algún encuentro futbolero. Esto último pasó pocas veces, porque lo usual era que marchara al estadio Capwell al mediodía del domingo, luego de una sesión de tangos, para ver los partidos del ascenso y los de primera serie, siempre detrás del arco.

Mi padre era un lector formado a sí mismo, puesto que mi abuelo murió cuando él tenía 8 años. Sus preferencias iban desde la literatura de la generación española del 98 hasta el realismo social del Grupo de Guayaquil. Así se mezclaban en su biblioteca Azorín, Benavente, Unamuno, Valle Inclán con Pareja Diezcanseco, De la Cuadra, Aguilera Malta, Gallegos Lara y Gil Gilbert. Debo haber tenido 10 años cuando me dio un librito titulado Adiós Mr. Chips, del británico James Hilton, para iniciarme en uno de los placeres más bellos: el de la lectura. Entre cambios de casa el libro se perdió. Lo busqué infructuosamente en Internet hasta que un día uno de mis hijos lo halló y me lo regaló en el Día del Padre. Lo releí con el mismo entusiasmo de la primera vez, y con el espíritu acongojado simulé una charla con mi padre para hablarle de la segunda lectura. Ya no estaba él para pasar su mano por mi cabeza y decirme como la primera vez: ‘Ahora debes leer más’. Y así fue. Gracias a él descubrí a autores como Jacob Wasserman o Knut Hansum, toda la obra de Vicente Blasco Ibáñez, a Enrique Jardiel Poncela y esa preciosa novela de Alejandro Pérez Lugín titulada La casa de la Troya, también recuperada por mis hijos.

En las acostumbradas sesiones de tangos en mi casa de la calle Pedro Moncayo escuché las tertulias de mi padre con sus íntimos amigos Eloy Carrillo, Pepe Macui, Lucho Roca, Arturo Roca, Leopoldo Luces y Gonzalo Cabrera sobre un tema recurrente: el Campeonato Sudamericano de Fútbol celebrado en el estadio Capwell, entre el 30 de noviembre y el 31 de diciembre de 1947. Todos coincidían en un elogio: Era el espectáculo más maravilloso que se haya visto y sería muy difícil igualar el arte y la emoción que brindaron sus principales protagonistas. Hoy que los Sudamericanos pasaron a ser la Copa América, mientras se juegan los encuentros con poca técnica, escasa emoción y unas cuantas estrellas temerosas del COVID-19 (¿Lionel Messi, Neymar y cuántos más?) resuena en mis oídos la sentencia de mi padre: Nunca volverá a jugarse como lo hicieron los actores de ese torneo de 1947.

Y no hubo ninguna exageración. No recuerdo si fue en Guayaquil en 1993 o en la sala de prensa en Chicago, el día inaugural de la Copa del Mundo de 1994 que el gran maestro del periodismo Diego Lucero reafirmó el criterio de mi padre y sus amigos: “Los dos torneos más bellos que me tocó ver en mi larga vida (tenía 94 años) fueron el Sudamericano de 1947 y el Mundial 1970. Fueron fiestas inigualadas”, me dijo mientras tomábamos un café.

Creo que hasta los peores odiadores de la historia (en nuestro país abundan) reconocerán que la Edad de Oro del fútbol sudamericano fue la década de los años 40. Argentina, Brasil y Uruguay producían astros en serie y podían juntar dos, o más, selecciones de igual calidad. La Segunda Guerra Mundial impidió la consagración universal de cualquiera de los tres países. El Sudamericano de 1945 podría acercarse en calidad al de 1947. Brasil tenía un equipo que apuntalaba en la zaga Domingos da Guía mientras adelante deslumbraban Tesourinha, Zizinho, Heleno de Freitas, Jair y Ademir. En Argentina la retaguardia la copaba José Salomón, apodado Puente Roto porque nadie lo podía pasar, mientras los goles los labraban Mario Atómico Boyé, Norberto Tucho Méndez, René Pontoni, Rinaldo Martino y Félix Loustau. Uruguay tenía a Roque Máspoli, Obdulio Varela, Atilio García, Roberto Porta y Bibiano Zapiraín. Argentina obtuvo el cetro con 22 goles a favor en seis partidos y 5 en contra.

Los tres grandes volvieron a encontrarse en 1946 en Buenos Aires. La capital argentina fue testigo de una cruenta batalla a golpes entre brasileños y argentinos cuando Jair chocó con Salomón y este resultó con una doble fractura de tibia y peroné. El partido recién se reanudó cuatro horas y media después y Argentina venció por 2-0, pero los brasileños debieron permanecer tres horas más en cancha antes de abandonar el estadio. La vanguardia albiceleste fue la misma de 1945 y condujo a su país al segundo título en serie con 17 goles a favor y 3 en contra.

El uruguayo Diego Lucero (izq.), de Clarín, el periodista que cubrió todos los mundiales de 1930 a 1994, junto a Miguel Roque Salcedo, de EL UNIVERSO, en el palco de prensa del Capwell en 1947. Foto: Archivo

En 1947 los boletos se agotaron cuando Argentina anunció su nómina: Julio Cozzi, Obdulio Diano, José Marante, Juan Carlos Colman, Nicolás Palma, Óscar Sastre, Norberto Yácono, Néstor Raúl Rossi, Natalio Leoncito Pescia, Ernesto Rey Petiso Gutiérrez, Camilo Cervino, Juan Carlos Sobrero, Ángel Perucca, llamado El Portón de América; Mario Atómico Boyé, Tucho Méndez, José Manuel Charro Moreno, René Pontoni, Alfredo Di Stéfano, Mario Fernández, Francisco Campana, Félix Loustau y Ezra Sued. Brasil se excusó de venir a Guayaquil, irritado aún por los incidentes de 1946.

Pero había otros nombres rutilantes. En Uruguay estaban Eusebio Tejera, Schubert Gambetta (luego campeones del mundo en el Maracanazo de 1950), y el ya famoso José García que era alentado por su barra con un grito que se hizo bandera: ‘¡Arriba, Loncha!’ (¿Te acuerdas, querido Egberto Ramos Edwards?). Chile mostraba a Sergio Livingstone, pero la gran sorpresa fue Paraguay, con Sinforiano García, José Ocampo, Castor Cantero, Enrique Ávalos y Alejandrino Genes, un 10 al que en El Dorado colombiano apodaron La Ciencia del Fútbol. Aún hay muchos veteranos que pueden repetir de memoria la alineación del ballet argentino: Cozzi; Marante y Sobrero; Yácono, Perucca y Pescia; Boyé, Méndez, Pontoni, Moreno y Loustau. Argentina fue el campeón invicto con 28 goles a favor y 4 en contra en 7 partidos, pero el torneo será recordado también porque en el Capwell nacieron estrellas del balompié mundial. Víctor Rodríguez Andrade (otro héroe del Maracanazo) debió suplantar a Gambetta.

Ante Bolivia, en cambio por Pontoni debutó Di Stéfano, para muchos el mejor jugador del mundo en todas las épocas. En el mismo duelo nació a la fama Néstor Rossi, reemplazante de Perucca. El certamen marcó el ocaso de una gran figura: el peruano Lolo Fernández. El mismo día aparecía otro gran centro forward, Valeriano López. Grandes figuras, grandes partidos, grandes goles, bellos recuerdos, todo eso y más fue el Sudamericano de 1947. (O)