Cuando el 2 de diciembre de 2010 Joseph Blatter extrajo de un sobre una tarjeta blanca, la miró y dijo: “Para organizar el Mundial 2022 el elegido es… Catar”, una ola de asombro y estupor recorrió los caminos del fútbol. El minúsculo emirato sin tradición futbolera, lejano a los centros del poder y de 2,6 millones de habitantes se comprometía a acometer la gigantesca empresa que significa el mayor evento contemporáneo. ¿Podría…? La perplejidad aumentaba porque había vencido en la puja a Estados Uidos. Por territorio, Catar entra 174 veces en el país de Washington, y por población, 170. ¿Qué había pasado…? “Compra de votos”, se dijo. Su única ventaja era que tenía doce años por delante para montar el torneo con todos sus resortes colaterales. En todo ese tiempo intentaron quitarle la designación por diversas causas, pero los supuestos arreglos en la elección no pudieron comprobarse (tampoco los de Alemania 2006), el tiempo fue pasando, las obras cataríes avanzando a buen ritmo y, con el mundial a la vista, ya no hubo cómo voltearlo: Catar 2022 se hizo realidad.
¡Y vaya realidad…! País, organización, público y fútbol. En los cuatro ítems que componen una Copa del Mundo, Catar sacó diez sobre diez. Será muy complicado superar eso, y muy improbable que pueda igualarlo un torneo monstruoso y extendido como el de Estados Unidos, Canadá y México, con 48 equipos y 16 ciudades distantes miles de kilómetros unas de otras. Contra todo, Catar 2022 fue grandioso, hubo más amores que odios y más aplausos que silbidos. Fue el primer mundial que no se disputó a mitad de año, sino entre noviembre y diciembre. Se corrió para jugarlo en la época de menos calor. Igual, los estadios estaban refrigerados.

El montaje fue óptimo: un mundial de excelencia, como si hubiese hecho varios anteriormente, nada falló, cero improvisación. Un año antes contrataron expertos internacionales en todas las áreas que componen una organización de este porte: estadios, hotelería, transporte, seguridad, boletería, turismo, protocolo, prensa, centros de entrenamiento, campos de juego. Lo había anticipado Batistuta, quien jugó allí: “Dos cosas son seguras: todo estará perfecto y será muy cómodo; en media hora se va de un estadio a otro”. Tal cual. Y todo estuvo pronto desde el primer día. “No queremos seguir dando capas de pintura mientras las personas llegan al país”, había señalado Ali Shareef Al-Emadi, ministro de Finanzas. Así fue.
Cuando Blatter extrajo aquella tarjeta en 2010, Lusail era solo arena, a la que concurrían pescadores locales. El 18 de diciembre de 2022 ya era una impactante ciudad, en cuyo fantástico estadio se disputó la final, la mejor de la historia, por cierto: 3-3. Una exhibición lujosa y aplastante de Argentina durante 80 minutos. Pero cuando despertó Mbappé se desató la tormenta perfecta. Las finales salen siempre calculadas, sin asumir riesgos; sin embargo, Scaloni fue a ganar de entrada y se dio un volcán de emociones. Para el hincha neutral resultó formidable. Seis goles, tiempo extra, penales y una docena de situaciones dramáticas frente a los arcos. Mensaje de WhatsApp de un amigo boliviano: “Hemos visto el partido en familia bordeando el infarto”.
La novedad fue el concepto de “mundial compacto” —todos los estadios en una misma urbe—. Fue algo nunca visto para los aficionados, que pudieron asistir hasta a dos partidos durante las primeras fases del campeonato, con trayectos cortos entre las sedes. Desde luego, por autopistas impecables, tren, metro y bus. Y todo gratis. Algunos inquietos lograron la “hazaña” de ir a tres juegos en un día, aunque solo para sacarse el gusto y contarlo luego.

El público asiático fue multitudinario, festivo, pacífico. La FIFA ganó un mercado gigante: Asia tiene 4.000 millones de habitantes y se apasionó por el fútbol (en ello, Messi tiene mucho que ver: lo adoran). Europa le dio la espalda al torneo, pero no fue óbice para que se llenaran los estadios. El África árabe también aportó: Marruecos y Túnez llevaron decenas de miles de seguidores. El eurocentrismo ciego predica que todo lo que no se hace en Europa está mal, no sirve y no hay que tomarlo en cuenta. Y, de ser posible, boicotearlo. Rusia 2018 fue también un mundial fantástico en lo organizativo, pero Rusia es mala palabra para los países cercanos al meridiano de Greenwich y los periodistas de Occidente se cuidaron de dedicarle cualquier elogio. El boicot a Catar fue brutal. El diario inglés The Guardian aseguró que hubo la impresionante cifra de 6.500 trabajadores muertos en la construcción de los estadios. Pero no ofreció documentación probatoria alguna. Nadie confirmó las muertes ni se dieron listas de nombres. El Gobierno catarí contrarrestó: “Solo se registraron tres fallecimientos por distintos accidentes en las obras”. Hay 6.497 muertos de diferencia.
Una extraordinaria Argentina conquistó su tercera corona. Jugó con seguridad de asombro. Borró a Francia de la cancha durante 80 minutos, mostró alta técnica, inteligencia táctica y, sobre todo, carácter. Aplastó a Croacia, superó a Holanda en los primeros 70 minutos y en todo el suplementario, ganó con amplitud a Polonia y a México. Y las dos veces que fue a penales, se impuso psicológicamente a sus rivales. Sin dudarlo, el mejor del torneo. Y se llevó todos los premios individuales. Pero, como España en 2010, arrancó perdiendo. ¿La revelación …? Su DT, Lionel Scaloni. Técnico joven, audaz, armó desde cero un equipo que tocó como una orquesta de cámara.
La estrella del torneo, Lionel Messi. Brilló alto. Un hombre de 35 años y medio (a esa edad, medio año cuenta) que en lugar de elegir el retiro se preparó física y mentalmente como nunca para llegar y ganar el título. Y lo logró. Dejó todo en pos del objetivo. Siete goles en siete partidos, tres asistencias, jugó los 690 minutos que estuvo Argentina en campo, más otros 90 de tiempo adicionado. Y fue la mente, el cuerpo y el alma del campeón. Pasarán décadas y se seguirá recordando como “el mundial de Messi”. Argentina cayó en el debut ante Arabia Saudita y en el siguiente juego empataba 0-0 con México jugando mal. Pero a los 63 minutos Messi marcó un gol colosal, ganaron 1 a 0 y la Albiceleste se encaminó al título. Ahora sí Leo se había situado junto a Pelé y Maradona como los tres mejores de la historia.

El once ideal para este cronista: Dibu Martínez (Argentina); Hakimi (Marruecos), Cuti Romero (Argentina), Otamendi (Argentina), Alphonso Davies (Canadá); Ounahi (Marruecos), Modric (Croacia), Mac Allister (Argentina), Bellingham (Inglaterra); Messi (Argentina), Mbappé (Francia).
Catar marcó el adiós de las selecciones pequeñas al miedo, al respeto casi reverencial por las más grandes. Arabia Saudita derrotó a Argentina, Japón a España y Alemania, Túnez a Francia, Australia a Dinamarca, Marruecos a Bélgica y eliminó a España… Más allá del resultado, impactó la forma desenvuelta y decidida como salieron a enfrentar a rivales en apariencia superiores. Pueden ganar o perder, pero ya les juegan sin complejos.
Se marcaron 172 goles, la máxima cifra en los 22 mundiales. Se mejoró el promedio de las seis ediciones anteriores: 2,68 por juego. Se vieron partidos espectaculares, juego veloz, de notable intensidad y con una prestación física fabulosa. Nadie paró de correr. Y ahora los partidos no duran 90 minutos. En la final, entre regular y extra, hubo 21 minutos de tiempo adicional. O sea, 141 minutos más los penales. Y podían seguir. (O)