Podría referirme a la final de la Copa América de Brasil 2021 y el deseo casi universal (incluido el de varios brasileños) de que Argentina ganara para saldar la deuda que el buen fútbol tiene con Lionel Messi, un ejemplo en todos los órdenes de la vida. La foto del argentino alzando el trofeo es la que más likes ha conseguido en la historia de las redes sociales. Fue también conmovedor el llanto de Neymar y su abrazo con su amigo Messi después de la coronación. Al día siguiente fue la final de la Eurocopa, un certamen de grandes equipos y bellos encuentros. Italia, un país al que la historia reconoce por su culto a la belleza, venció a Inglaterra y se coronó campeón.

Los peninsulares resolvieron enterrar para siempre ese funesto pasado de veneración a los candados defensivos y empezar la adopción de un juego elegante y efectivo. En nuestro medio el fútbol más parece ese invento execrable en que los rivales luchan en un lodazal. No sé a quién se le ocurrió un torneo al que llamaron Supercopa Ecuador que no interesaba a nadie más que a los beneficiarios de los patrocinios. Liga de Quito y Barcelona llegaron a la final. Los capitalinos ganaron el partido, pero los dirigentes toreros decidieron que los jugadores no salgan a recibir las medallas, desairando a sus rivales y a los organizadores. Una falta de hidalguía que trasluce la forma como cierta gente que llega a la dirigencia mira el deporte.

Lo peor no fue solo esa falta de señorío, sino las declaraciones del presidente Carlos Alfaro Moreno: “Si hubiésemos ganado la Supercopa, solo iba a salir el capitán a recibir el trofeo. No salimos a recibir las medallas porque queríamos enviar un mensaje a nuestros jugadores e hinchas: que el objetivo principal es la etapa, se viene el clásico de nuestras vidas. La sanción de la FEF la voy a pagar yo, porque soy yo el que quiso enviar ese mensaje a los jugadores”. De lo que recuerdo de mi feliz niñez nada era más honroso e importante que defender el honor del barrio.

El que no sintió eso alguna vez no tuvo infancia dichosa. De allí nacía la pasión por la divisa y para muestra basta citar a los cracks que forjaron la idolatría del club que, por un golpe de fortuna, preside hoy Alfaro Moreno. Ellos representaban al barrio del Astillero y labraron su grandeza luchando hasta dejar jirones de su alma en la cancha. ¿Podrá entender esto alguien que no da a conocer el resultado de la auditoría forense de las cuentas de Barcelona, de cuya directiva fue parte por tres años y de la que se abrió para ser candidato? Y no son cuentas de un interbarrial. Hablamos de decenas de millones de dólares.

Los dirigentes que reprochan que Barcelona no saliera a recibir las preseas de plata son los mismos que apagaron las luces del estadio de Casa Blanca mientras Barcelona empezaba a dar la vuelta olímpica como campeón del 2020. ¿Recuerdan eso? Por eso digo que el balompié en nuestro país parece una lucha en lodazal.

Salgamos mejor del basural y pasemos a un recuerdo grato. Hallé en mi archivo una foto que me trajo a la memoria los inolvidables instantes del fútbol de antaño; el que vi desde los tablones del viejo estadio Capwell y el que admiré también en el Modelo, hoy Alberto Spencer. Desde las 14:00 estaba sentado en las graderías para ver los partidos de la serie de Ascenso. Recuerdo muy bien los equipos: Rosarinos, Audax Argentino, Español, LDU de Guayaquil, Chacarita, Huancavilca, Asociación de Empleados, Ferroviarios, Aduana y el elegante Estudiantes del Guayas con su uniforme blanco y negro a rayas verticales, practicaba un fútbol exquisito. Alguna vez mi gran amigo Felipe Carbo me contó la razón de ese estilo pulcro e impecable: “Nosotros éramos el sparring oficial de Emelec en la época en que ahí jugaban Eladio Leiss, Atilio Tettamanti, Héctor Pedemonte, Orlando y Mariano Larraz y tantos cracks argentinos. Así fue que asimilamos esa escuela”.

Estudiantes del Guayas fue fundado en 1947 y en 1950 se unió al profesionalismo, en la serie de Ascenso. Pedrito Mata Piña había sido puntero derecho de Reed Club y debía pasar en 1952 a Barcelona, recomendado por Jorge Muñoz Medina. Este decidió ese año desligarse de Barcelona. El pase de Mata se cayó casi al iniciarse el torneo y debió registrarse por Estudiantes. Su gran capacidad futbolera y sus dotes de organizador fueron muy importantes para los años siguientes. Una sombra siniestra volaba sobre Estudiantes. Gracias a su fútbol se despegaba de sus rivales, pero caía en los últimos tramos. Fue siete veces subcampeón y sus tropiezos son parte de las anécdotas del fútbol criollo. En 1959 y 1961 perdió el ascenso después de puntear toda la temporada.

En 1959 contó con uno de los mejores planteles en el que brillaban El Che Villavicencio, el volante Ladd y una delantera que era un torbellino: Ulbio Camba, Pedro Intriago, Felipe Carbo, Alberto Mexicano Mera y Barreto. Carbo había jugado en Sporting Tabaco, de Lima, y al volver lo apodaron Gallina. Fue varias veces refuerzo de Emelec y Everest en duelos internacionales. Lo de Mexicano le vino a Mera por los bigotes de charro. En 1961 pasó a Emelec. Aquel año también tuvo un gran equipo con Naranjo; Cino, Villavicencio y Segovia; Pérez y Orrala; Pulido, Intriago, Carbo, Mera y Reinoso, pero no pudo vencer en la definición a Aduana que contaba con Soriano, Felipe Landázuri, Antonio Zambrano, Tota Morán y Zambo Pillo Valencia.

El capítulo más anecdótico de la vida de Estudiantes del Guayas, un equipo que hubiera honrado el fútbol de primera, ocurrió en 1965. Estudiantes lideraba la serie Superior con 14 puntos en 8 partidos y le faltaba jugar con Norteamérica, que tenía 11 unidades con dos partidos menos. Los nortinos ganaron a Rosarinos y se pusieron a una unidad del puntero. El 13 de noviembre se enfrentaron por el cupo que dejaba Everest en la serie de honor. Estudiantes formó con Vásquez; Freddy Gando, Villavicencio, Saavedra; Pérez, Pulido; Hernández (Mera), Weisson, Sánchez, Ortega y Quinde. Norte alineó a Aguirre; Rosero, Cobos, Filian; Guzmán, Torres; Cedeño (Paco Rangel), Olmedo, Rivera, Nicanor Fernández, Víctor Quevedo.

El juego fue brusco y el árbitro no pudo controlarlo. A los 84 minutos un jugador de Norte agredió a Villavicencio. El arquero Vásquez golpeó a su atacante y todo degeneró en una fenomenal bronca. El árbitro corrió a los camerinos y declaró que el partido estaba terminado con victoria de Estudiantes. Sin embargo, el 15 de noviembre la Asoguayas resolvió que se debían jugar el 28 de noviembre los 5 minutos que faltaban. Aquel día, en el George Capwell, a las 12 del día, el juez Germán León dio un bote en el centro y el partido se reanudó. Cuando se jugaban 4 minutos y medio y el árbitro miraba ya el cronómetro, hubo una falta de la zaga de Estudiantes. Cuando vino el cobro, los defensas y el arquero se confundieron y el nortino Daniel Olmedo los madrugó. Norte había vencido.

En 30 segundos Estudiantes del Guayas vio malogrado el esfuerzo de todo un año. (O)