Hace ya casi 70 años. Guayaquil no llegaba aún al millón de habitantes y era una ciudad segura y tranquila. Había muchas formas de diversión, pero el deporte acaparaba el mayor favor popular, aunque competía con el boxeo, el béisbol y el basquetbol. Había de todo: fútbol de primera, pugilismo amateur y profesional, básquet de primerísima categoría, lucha libre y levantamiento de pesas.

No había velódromos, pero alrededor del parque Centenario se corrían grandes pruebas los domingos, en las que predominaban los duelos del Loco López y la Vieja Ascencio.

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La natación brillaba en la antigua Piscina Olímpica, igual que el béisbol en el pequeño Reed Park. En fin, nuestra ciudad vivía un intenso fervor deportivo, hasta que llegó el día en que todo desapareció y Guayaquil se convirtió en un cementerio deportivo, mientras los escenarios sirven para repletar las arcas federativas con conciertos de reguetón y anuncios del fin del mundo por embaucadores religiosos.

En el balompié no teníamos estadios ‘monumentales’, sino el pequeño George Capwell. No había futbolistas peliteñidos, rubios de gabinete con aritos y diademas que se niegan al contacto con el público y son resguardados por escoltas gorilescos. Los grandes futbolistas que yo disfruté eran seres sencillos, muy humanos, ligados por el corazón a la camiseta que vestían.

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En calidad tenían poco que envidiar a las súper promocionadas ‘estrellas’ de hoy, que antes de dejar los pañales ya tienen cuenta en el banco, un auto del año, un representante y un ejército de periodistas que se pelean por un saludito del crack, un estrechón de manos o una palmadita en la espalda.

En los años 50 nos visitaban los grandes equipos de América y algunos de Europa (Sevilla y el Espanyol, de España; IFK Norrköping y Degerfors IF de Suecia; Wacker, de Austria).

Vimos a astros auténticos del fútbol en encuentros que iban más allá del carácter de amistosos. Los cuadros extranjeros venían del sur y avanzaban hacia el norte buscando contratos. Por eso los amistosos a veces terminaban en batallas como el de Millonarios con Barcelona, en 1949; o el Independiente de Avellaneda con el ídolo del Astillero, en enero de 1957.

En diciembre de 1956 se jugaron dos partidos muy interesantes. El 15 de diciembre se midieron en el Capwell Emelec y Racing, el famoso elenco de Buenos Aires que había sido tercero en el torneo argentino.

Su plantel era de lujo: Rogelio Domínguez, Pedro Dellacha, Omar Corbatta, Humberto Maschio, Juan José Pizzutti, nombres que dirán muy poco a los enemigos de la historia, pero que trascienden en emoción a los lectores inteligentes.

Emelec acababa de ser campeón de Asoguayas con el primer Ballet Azul. Fíjense qué nombres: Cipriano Yulee, Jaime Ubilla, Raúl Argüello, Rómulo Gómez, Jorge Caruso, José Vicente Balseca, Júpiter Miranda, Jorge Larraz y muchos más. En un ardoroso cotejo los eléctricos vencieron a Racing por 2-1, goles del infalible artillero Carlos Alberto Raffo.

Una semana después llegó Peñarol de Montevideo, subcampeón uruguayo de 1956 luego de arduas batallas con su némesis: Nacional. Grandes páginas de la historia oriental estaban llenas de sus hazañas.

Había sido monarca de su país en 1951, 1953 y 1954 y en 1956 había ganado los Torneos Competencia y el de Honor. Peñarol era uno de los equipos más respetados del continente, tanto que tenía en sus filas a tres campeones mundiales en 1950: Víctor Rodríguez Andrade, marcador de punta izquierda; Omar Míguez, centrodelantero; y William Martínez, zaguero central.

El elegido para enfrentarlo fue Barcelona SC, subcampeón de Asoguayas, superado en la tabla con apenas un punto por su clásico adversario, Emelec. El ídolo mantenía su plantel que había conquistado el certamen provincial de 1955 por primera vez en la historia del profesionalismo. En el arco estaba Pablo Ansaldo, de 20 años, que luego se convertiría en una leyenda. Su defensa es también legendaria: Luis Niño Jurado, Carlos Pibe Sánchez y el jovencito Luciano Pollo Macías. Sus volantes eran Carlos Alume y César Veinte mil Solórzano. Y adelante formaban Gonzalo Chalo Salcedo, Enrique Pajarito Cantos, Sigifredo Cholo Chuchuca, Simón Cañarte y Clímaco Cañarte.

Peñarol deslumbraba con sus nombres célebres: Luis Maidana; Víctor Rodríguez Andrade, William Martínez y Mirto Davoine; el brasileño Salvador y Roberto Gonzalvo; Carlos Borges, Juan Eduardo Hohberg, Omar Míguez, Elio Montaño y Oscar Leitch. También estuvieron en cancha Juan Manuel Romay, Osvaldo Balseiro y Elías Barrios. El técnico mirasol era el famoso húngaro Emérico Hirschl.

Conforme fue la tónica de su conducta ante los grandes del continente, Barcelona no retrocedió ante el empuje de los uruguayos. Ese fue el ingrediente que cimentó la idolatría y que hoy es solo un recuerdo, reemplazado por la avidez de dinero sin compromiso con el club. Esa es la gran diferencia entre el fútbol que vemos hoy en nuestro medio y el que vivimos hace ya muchos años. No eran los nuestros “mundialistas”, no porque les faltara clase sino porque no había organización, ni preparación, ni cuidados médicos, ni partidos de preparación con giras por el universo. Todo se decidía en un grupo de tres rivales y la Copa del Mundo la disputaban 16 equipos.

Eran varones, eso sí. Mostraban hombría en la disputa de cada balón, nadie caía ni fingía lesiones y pedir cambio era una vergüenza. Todos morían de pie, como los árboles de la novela del español Alejandro Casona.

Carlos Borges era un puntero veloz y escurridizo, seleccionado de su país. Encontró en Luciano Macías una barrera impasable. Movía los botines, intentaba hacer firuletes. Pero enfrente, con gran suficiencia lo paraba Luciano Macías. El pinturero Borges maniobraba por la derecha buscando eludir a nuestro defensor, pero Macías ya había visto esa película pues enfrentaba en cada clásico al Loco Balseca que era más teatrero y hábil que el uruguayo.

Lo que empezó como algo episódico se convirtió en un duelo que levantaba al público de las graderías. El aplauso era gigantesco cada vez que el joven marcador de punta anconense salía airoso luego de haber despojado del balón a su rival. Luciano ganó de calle ese duelo contra Borges.

Por la punta zurda Clímaco Cañarte, 20 años, tenía un compromiso muy complicado: debía superar la marca de un campeón del mundo. Rodríguez Andrade había sido una figura descollante contra Brasil en el Maracanazo en julio de 1950. Las crónicas citan como su marca infatigable había anulado al alero zurdo brasileño Chico. Clímaco ya era una celebridad. Había debutado en el ídolo a los 16 años y pocos meses después se bautizó internacional ante Huracán de Buenos Aires. Tenía una habilidad suprema, una inteligencia insuperable y contaba con un cañón en cada una de sus piernas.

Aquella noche Clímaco cumplió una jornada memorable: le dio un baile al moreno charrúa campeón mundial. Peñarol ganó por 1-0 faltando pocos minutos para el final, pero eso no quedó en la memoria. Aquel 22 de diciembre de 1956 se recordará siempre como la noche en que Luciano Macías anuló a Carlos Borges y Cañarte zarandeó de lo lindo a un monarca mundial. (O)