Mi columna/cuento del domingo anterior, sobre la muerte en 1926 de Tito Simon, provocó una lluvia de correos sobre la novedad de un tema cuyo argumento está basado en un caso real. Ningún detalle es de ficción, pues esta fue sobrepasada por la realidad. Y tan novelesco es este capítulo como su secuela: seis años después, en el mismo ring y el mismo escenario, el hombre cuyos puños acabaron con la vida del boxeador guayaquileño cayó fulminado por su rival.


