Era hora de que el fútbol inglés se amistara con la FIFA, con la Copa del Mundo y con el resto del planeta. Ya había tenido demasiados cortocircuitos. Y lo hizo de la mejor forma: organizando un Mundial brillante. Sin obras faraónicas, sí adecuando sus estadios, brindando los magníficos servicios de transporte y hotelería, ofreciendo su gran tradición futbolera y el encantador toque británico en cada detalle. Hacia 21 años que había terminado la Segunda Guerra, Inglaterra ya estaba repuesta y reflorecida. Quería celebrar con pompa los primeros cien años de haber inventado el juego preferido de la humanidad (cumplidos en 1963) y el Mundial era perfecto para ello.
Se remodeló el estadio de Wembley; se hizo una tribuna nueva en el Old Trafford del Manchester United y se acondicionó el resto. Ya eran buenos escenarios para la época. Fueron 8 recintos en siete ciudades. Wembley el más grande, con aforo para 98.600 personas. “No había asientos en las tribunas populares, se miraba de parado”, nos cuenta Jorge Arriola Müller, peruano que tiene el récord de haber asistido a 14 Mundiales. Inglaterra le agregó la pasión de su gente por el fútbol, su máxima creación: en 32 cotejos se vendieron 1.563.135 entradas, a una media de 48.848. Récord hasta ahí. Fue el primer Mundial en que empezaron a asistir aficionados de otros países, mezcla de turismo y deporte.

Otra plusmarca fue que se inscribieron 74 países para las Eliminatorias. El Mundial no paraba de crecer. La FIFA ya reunía a 126 asociaciones (hoy son 211). África, en bloque y como protesta, boicoteó el Mundial y se retiró pues no le habían asignado ni un cupo directo. El ganador de los 31 países africanos debía medirse con los ganadores de Asia y Oceanía. Dio frutos: en México ’70 ya hubo una plaza exclusiva para el Continente Negro. Los 16 participantes fueron 10 de Europa, 4 de Sudamérica, México y Corea del Norte.
Fue la primera edición en que hubo una mascota: Willie, un gracioso leoncito vestido con la bandera de Gran Bretaña. Y con él comenzó el mercadeo. Se vendieron camisetas, bufandas, tazas con la imagen de Willie. La reina Isabel, de flamantes 40 años, asistió a varios partidos y tras la final entregó la Copa. Todo bonito, barnizado de glamour, aunque hubo un episodio vergonzante antes de rodar la pelota: el trofeo Jues Rimet, que se exhibía en el Westminster Central Hall de Londres fue robado cuatro meses antes. Un escándalo nacional. Y ya no había tiempo para hacer otro. Por suerte, siete días después fue hallado por el perro Pickles en un barrio del sur de la ciudad. Olfateando debajo de unos diarios, Pikles lo descubrió y su dueño lo devolvió inmediatamente.
Fue el Mundial de Bobby Charlton, quien ya había destacado en Chile ’62; de Franz Beckenbauer, que con 20 años asombró al mundo; de Lev Yashin y de Eusebio, la Pantera Negra, al cabo goleador del certamen. Argentina llevó, por primera vez en 36 años, una buena selección, y con adecuado alistamiento. Cayó en cuartos de final ante Inglaterra. Se dijo que el árbitro había influido decisivamente, pero no fue tan así: el local ganó bien.
Inglaterra era un magnífico equipo y fue un merecido campeón. Con cinco victorias en sus seis cotejos. Sólo no pudo contra Uruguay en la jornada inaugural. Igualaron 0 a 0. Uruguay poseía un equipo física y mentalmente muy sólido. “Ellos nos hicieron la táctica, nosotros la contratáctica”, nos contó con su gracia distintiva Ondino Viera, el técnico uruguayo de esa selección.
Brasil fue la gran decepción. El mismo Pelé, en su libro ‘Mi legado’, reconoce que toda la preparación fue desastrosa y que el resultado no podía ser otro: fueron eliminados en primera fase. Se encontraron con un Portugal poderoso y una Hungría fuerte que lo derrotó 3 a 1. Se creó el mito de que tanto Brasil como Pelé fueron molidos a patadas, pero no es real. Tostão, el exquisito atacante de los Mundiales 1966 y ’70, lo desmiente en una de sus columnas: “En Inglaterra ‘66 -yo estuve allí- se dio por sentado que Pelé era el objetivo de Portugal, que se lesionó por ello, que Brasil jugó con uno menos durante la mayor parte del partido, ya que no se permitían cambios, y que esta fue la razón de la derrota y la eliminación. No es cierto. La marcación a Pelé fue cercana, pero leal, salvo por una violenta entrada al final del partido cuando tuvo que retirarse. Portugal ganó porque era mucho mejor colectivamente, tenía grandes jugadores, como Eusébio, en aquel momento el segundo mejor del mundo”.

Como en 1950 y 1954, hubo una sorpresa gigante: en la última jornada del Grupo 4, con sólo empatar, Italia clasificaba a octavos de final, pero perdió con la debutante Corea del Norte. Los diarios peninsulares estallaron: “¡Vergogna nazionale…!”. Luego de la resonante victoria, se dieron a conocer detalles insólitos del equipo norcoreano, que había debutado en una Eliminatoria y, obviamente, jugaba su primer Mundial. Resultó que eran 22 soldados. Debido a su régimen comunista, el combinado local era totalmente amateur y sin ningún roce internacional. El dictador supremo Kim Il-Sung (abuelo del autócrata actual) eligió a dedo a los 22 de la nómina mundialista. La gran mayoría eran militares de grado, a quienes el líder de la nación les exigió que volvieran sin hacer ningún papelón y que le regalaran una alegría al pueblo. En Italia jugaron Giacinto Facchetti, Gianni Rivera, Sandro Mazzola… Varios se habían consagrado bicampeones de Europa y del mundo el año anterior con el Inter. De allí que, cuando otro país sufre una derrota deshonrosa, los medios italianos dicen “todos tienen su Corea del Norte”.
Luego de vencer al cuco -Portugal- a Inglaterra arribó a la final con Alemania. No fue extraordinariamente técnica, pero sí atractiva. La hermosura pasaba por la sencillez y la falta de especulación. Inglaterra ganó 4 a 2 y se coronó por primera y única vez. Dominó la mayor parte del tiempo y fue muy justo ganador, tuvo mayores intenciones ofensivas.
La TV era en blanco y negro, con una sola cámara de costado, apenas se repetían los goles (una sola vez y sin cámara lenta). El narrador se limitaba a pronunciar los apellidos: “Charlton… Stiles… Moore…” Salvo algunas excepciones, no incurría en comentarios ni agregados. No se incluía en la pantalla la placa con el cronómetro y el resultado, apenas mostraban un reloj cada quince minutos que marcaba que había pasado un cuarto de hora. No había bancos de suplentes porque no existían los cambios, quien quedaba fuera del once titular lo miraba desde la tribuna. Nadie fue amonestado ni expulsado, aún no se habían implementado las tarjetas rojas y amarillas. Tampoco se señalaba tiempo añadido; exactamente al minuto 90 el árbitro dio por finalizado el duelo. Lo mismo con los dos suplementarios, ni un segundo de agregados. Hubo 96.924 espectadores en Wembley aquella tarde, pero apenas se escuchaban murmullos, Tampoco los goles se festejaban de manera tan alocada como ahora.
Hasta hoy continúa la polémica por el tercer gol inglés, anotado por Geoffrey Hurst, en el que la pelota pegó en el travesaño y picó sobre la raya o detrás de ella. Nunca se pudo saber. No había VAR ni cámaras a la altura de la línea de gol. Pero decir que Inglaterra robó aquel Mundial por ese gol es completamente exagerado. El juez suizo Dienst tuvo una magnífica labor, riguroso, no equivocó fallos y no permitió que nadie quemara tiempo o entrara en roces. (O)




