Era hora de que el fútbol inglés se amistara con la FIFA, con la Copa del Mundo y con el resto del planeta. Ya había tenido demasiados cortocircuitos. Y lo hizo de la mejor forma: organizando un Mundial brillante. Sin obras faraónicas, sí adecuando sus estadios, brindando los magníficos servicios de transporte y hotelería, ofreciendo su gran tradición futbolera y el encantador toque británico en cada detalle. Hacia 21 años que había terminado la Segunda Guerra, Inglaterra ya estaba repuesta y reflorecida. Quería celebrar con pompa los primeros cien años de haber inventado el juego preferido de la humanidad (cumplidos en 1963) y el Mundial era perfecto para ello.


