Los deportistas tricolores siguen compitiendo en el exterior y llenando de prestigio a nuestro deporte al amparo del Comité Olímpico Ecuatoriano; se preparan, así, para los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028.

Los marchistas se proclaman los mejores del mundo. Una delegación de cien deportistas cumplió una actuación histórica en los Juegos Suramericanos de la Juventud, celebrados en Panamá, al ganar catorce medallas de oro con la delegación más reducida desde que se crearon estas competencias.

Publicidad

Se prepararon, viajaron y compitieron sin recibir un centavo de aporte oficial, pero contando con apoyo privado por gestiones del COE.

Del fútbol no voy a escribir para no dañarme el fin de semana con las penurias de Emelec y Barcelona pese a la insistencia de Julio Arce —el arquero que vistió la divisa torera—, Teodoro Ruiz y Juan Morán, exfutbolistas; y Franklin García y Lucho Medina, aficionados de toda la vida, que comparten conmigo la esquina de 9 de Octubre y Chimborazo.

Publicidad

Prefiero contar historias desconocidas con la aspiración de que sirvan como sedantes ante la tristeza de no poder asistir como antes al fútbol federativo y al de las ligas de novatos, el béisbol, el básquet, el boxeo, el ciclismo, el atletismo o la natación.

El deporte guayaquileño ya no existe. La Federación Deportiva del Guayas recauda millones, pero no traduce en deporte lo que recibe. Hoy es una entidad financiera que promete invertir en la Bolsa de Valores, aunque se proclama como “una organización privada sin fines de lucro”.

De valores financieros, porque de valores deportivos —que es para lo que fue creada en 1922— no hay nada que presumir.

La historia de hoy, luego de esta tragicomedia que obra como introducción, tiene que ver con una figura que el periodismo ‘moderno’ no conoce porque considera que la historia es una ciencia inservible.

Esa es una excusa que esconde su dificultad para leer. Esa figura es Kid Lombardo, nombre de combate de Aurelio Mosquera. Sus contemporáneos lo consideraron el púgil más técnico de su tiempo.

Los que vivimos las décadas de los 60 y 70 podríamos añadir a Miguel Herrera, que peleó con varios campeones del mundo, y a Héctor Cortez y Kléber Viteri, de dilatada carrera en el extranjero.

Lombardo fue un espectáculo en nuestro país, Colombia, Perú, Chile, Argentina, Uruguay, Panamá y Estados Unidos. Se dio el lujo de combatir en el mítico Olympic Auditorium de Los Ángeles en marzo de 1933, cuando el promotor cubano Pepe Conte lo contrató para enfrentar al estadounidense Bobby Pacho, aspirante a la corona del mundo que ostentaba el archifamoso Henry Armstrong.

Dura pelea le dio Lombardo a Pacho, que no lo encontraba en el encordado, y hasta se dio el lujo de fajarse golpe a golpe con un fuerte pegador.

La fama de Lombardo abarcaba todo el continente. En páginas de diarios y revistas constaban sus victoriosas actuaciones ante el panameño Caballito Ramos, el peruano Melitón Aragón, el campeón español Martín López Oros, los panameños Harry Wills, Eddie Frisco e Hilario Martínez, el chileno Estanislao Tany Loayza, el argentino Gugliardo Purcaro y muchos otros grandes fistianeros.

El 9 de junio de 1934 Lombardo debía combatir contra un duro rival, el chileno Oswaldo Cabro Sánchez, un boxeador que se caracterizaba porque no paraba de tirar golpes, acorralar a sus rivales en las esquinas y golpear sin pausas.

Lombardo era todo lo contrario: un peleador fino, estilista, elegante, muy veloz con las manos, con unas piernas dignas de un balletista clásico, más para la ópera que para el boxeo. La diferencia entre ambos garantizaba un combate épico entre un científico del ring y un batallador implacable.

La pelea fue calificada de fraude. Sánchez atacaba y Lombardo no atinaba a defensa alguna: los pies no bordaban el baile acostumbrado, la cintura no servía para el esquive y el rostro era un punching ball.

Aurelio Mosquera, 'Kid' Lombardo (d), en 1924, con uno de sus primeros rivales, 'Kid' Meza (i). Atestiguan Carlos Zavala (de terno) y Cruz Ávila. Foto: Archivo

Aceptaba todo lo que le enviaban y los brazos, antes rayos que descargaban su furia en el rival, colgaban a los lados, inutilizados. No cayó porque, si bien era un estilista, la mandíbula tenía gran dureza, a tal punto de que en su récord nunca hubo un nocaut. Nadie se explicaba el desigual bout.

El 11 de junio el periódico limeño Crónica sorprendió con un titular que decía: ‘Kid Lombardo fue narcotizado por manos criminales’. Un subtítulo informaba: “A las 05:30 de ayer el bóxer había perdido el conocimiento. Según Aurelio Mosquera, se sintió en estado anormal al beber un trago de naranjada”.

El diario narraba que el mánager de Lombardo, Mario Naar, había visitado la sala de redacción para contar que él —en compañía de su ayudante Víctor Pontolillo— constató que al amanecer del día 10 Lombardo no estaba en estado normal.

El púgil esmeraldeño permanecía rígido en la cama, perdido el conocimiento y con una temperatura demasiado baja. Llamaron de inmediato a la Asistencia Pública, cuyos médicos, al llegar, dispusieron que le pusieran de emergencia dos inyecciones de esparteína y otra de aceite alcanforado, sin que se notara mejoría.

Optaron entonces por llevarlo al Hospital Italiano, donde un doctor de apellido Raffo ordenó una inyección de cafeína. Solo así empezó Lombardo a recobrar la lucidez, pero no el movimiento.

“Parecía ser un caso de parálisis”, comentó Naar. Entre intervalos lúcidos, el boxeador contó que en los primeros rounds había bebido una naranjada y empezado a sufrir de inmediato la falta completa de dominio de brazos y piernas. Los ayudantes de Lombardo guardaron un recipiente con el jugo, que fue enviado a un laboratorio.

Al día siguiente, el diario Crónica hizo saber en una nota que Lombardo se encontraba mejor, pero mostraba decaimiento general.

El doctor Raffo declaró que el boxeador no mostraba signos de que el caso se debiera a algún golpe. Ya más consciente, Lombardo relató que en los asaltos iniciales la pelea fue accidentada, pero que nunca le había pasado nada igual en su carrera.

“Recibía todos los golpes sin quitarme uno solo; todos hacían blanco en mi cara y cuerpo y yo estaba inerte, sin poder defenderme y sin saber dónde estaba”, fue su testimonio al periodista.

Y agregó: “Todo ha sido producto de una fuerte dosis de tóxico en una botella de naranjada. Yo tenía una botella, pero manos criminales la cambiaron por otra que tenía el veneno. Tomé la naranjada, más de las tres cuartas partes, lo que adormeció los músculos de mis piernas y brazos sin poder moverlos; mi rival, viéndome en ese estado, hizo lo que mejor pudo para vencerme, es decir, marcó más golpes sin dañarme el físico a pesar de mi inconsciencia, pero sin poder acostarme. Lo extraño estuvo en que a mitad del combate se apagaron las luces como diez minutos. Es de suponer que allí se produjo el cambio de la botella. En la madrugada sentí que me moría, pero no podía gritar. Había perdido el habla y mis extremidades estaban frías y sin vida. No podía pedir auxilio a nadie”.

Fue un cruel episodio que pudo haber influido en el declive posterior del gran Kid Lombardo, quien murió en Guayaquil muy joven. Tenía apenas 40 años. (O)