Y no solo el fútbol, también el deporte en general. Si no, miren lo que ocurre en Guayas. Hasta hace pocos años teníamos que escoger a qué escenario debíamos ir cada día de la semana: fútbol en los estadios Capwell, Modelo, Unamuno y hasta en las ligas de novatos; béisbol en el Reed Park y más tarde en el Yeyo Úraga; básquet en el Huancavilca y después en el coliseo Voltaire Paladines; boxeo en el Huancavilca, LDE, River Oeste o en el Abel Jiménez.
Y más variedad: ciclismo en el Modelo o en un circuito alrededor del Centenario; atletismo en la pista Víctor Emilio Estrada; lucha libre o pesas en el Huancavilca, la LDE o la canchita de Puerto Liza con los torneos del club Sevilla; hockey en patines en el Parque Infantil; natación en la Piscina Olímpica, la de Emelec, la del Tenis Club y hasta en la demolida Piscina del Malecón.
Todo esto y mucho más murió un día. Lo único que queda es un libro de contabilidad que registra un presupuesto millonario para invertir en la nada.
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Lo del fútbol profesional es dramático. Hay que ir a las hemerotecas para revisar viejos diarios y revistas que publicaban los grandes triunfos de Guayaquil y sus equipos: Barcelona, Emelec, Everest, Norteamérica, Patria, 9 de Octubre, Panamá, Español, Chacarita Juniors, LDU de Guayaquil, Aduana.
Llegó el día aciago en que todo se derrumbó y quedaron únicamente escombros. Los equipos del Astillero sobrevivieron al tsunami, siguieron triunfando y cayendo, pero en esta hora pocos confían en las plantillas que los representan.
Jugadores de una mediocridad vergonzosa y técnicos que no atinan qué hacer con futbolistas para los que es un problema parar un balón. Eso sí, vaya usted a revisar los egresos y se dará cuenta de que esas medianías cuestan una fortuna, porque el derroche irresponsable es la regla en dirigentes que no responden a nadie.
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Dos auditorías en Barcelona revelaron indicios de administración fraudulenta. La primera se dio a conocer por la acuciosidad investigativa de Diario EL UNIVERSO y provocó un escándalo en 2020. Luego se realizó una auditoría forense que iba a revelar quiénes y cuánto derrocharon los recursos llevando al club a la quiebra, pero no pasó nada.
Emelec es una olla de presión. De estar en una década brillante con cuatro campeonatos (tres de ellos consecutivos) y seis subtítulos, reinaugurar su lujoso estadio y ser ejemplo de administración eficiente, al retirarse Nassib Neme el club cayó en un pozo del que aún no puede salir.
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Los clubes del Astillero han asumido una política errada: contratar futbolistas extranjeros y nacionales de oscura trayectoria, pero sus sueldos son de estrellas europeas.
Agarran a cualquiera que pase por el Capwell o el Monumental y le entregan la camiseta, que antes estuvo cargada de gloria. Lo que otros consiguieron en años idos lo han malogrado otros que no quieren jugar y no responden al honor de ser profesionales, lo que no excluye mantener un espíritu amateur.
¿En qué medida es responsable de esta debacle técnica y moral el periodismo?
En gran medida. Hoy se hace más relaciones públicas y propaganda antes que crítica independiente y orientadora. Una de sus prédicas más usuales para elevar la imagen y maquillar lo mediocre con luces de gala es desacreditar el pasado, denigrando a los que la afición ya colocó en un pedestal.
En mi adolescencia íbamos al estadio para disfrutar del fútbol. Nos agradaba ver la elegancia, la estética, los túneles y sombreros; las cabriolas demoníacas del Loco Balseca y Tiriza; la picardía de Enrique Cantos y Daniel Pinto; los golazos de Chuchuca, el Maestrito Raymondi y Raffo; los cañonazos del Chanfle Muñoz; las voladas de Alfredo Bonnard, Cipriano Yulee y Pablo Ansaldo; la creatividad e inteligencia de Jorge Bolaños, Pelusa Vargas, Gerardo Layedra, Humberto Barreno, Colón Merizalde o el Chamo Flores.
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Había tanto deleite en la cancha con actores que ganaban unos pocos sucres, pero dejaban todo en el campo de juego. Nunca importaron las órdenes tácticas, pese a que había maestros como el Marqués Paternoster o Gradim (Francisco de Souza Ferreira).
Hoy ocurre igual o, más bien, peor. Al público le interesa un comino la numerología táctica: la línea de tres, los carrileros, el doble cinco, el segunda punta, la zona de gestación.
Los aficionados van hoy con cornetas, vuvuzelas, matracas (de las varias), tambores, banderas gigantes, camaretas y bengalas. Poco se mira el partido porque más se brinca y se canta que lo que se observa en la cancha.
Es al siguiente día que escuchan a los ‘sabios tacticistas’ explicarles, mediante la geometría, las matemáticas, la trigonometría y la física cuántica lo que pasó en el campo, en una murga que mezcla la invención y la comedia.
Vivimos hoy un presente distinto. Los futbolistas han llegado a un nivel de engreimiento que los induce a considerarse vedettes intocables. Uno que quiere avanzar, se le enredan los cables y termina patas arriba, tiene una escuadra de tres custodios para evitar contacto con el público.
Le dan el uniforme lavado en máquinas especiales y con los botines lustrados. Llega en un coche último modelo y no lleva nada en sus manos más que el egoísmo y la soberbia.
No necesita maletín porque todo está en el vestuario. Los de antes llegaban a pie, en bus o en bicicleta; saludaban con el público y portaban el maletín con botines, camisa, pantaloneta y polines lavados por la mamá, las abuelas y hasta la novia.
Ya en la cancha eran monumentos de lucha, de entrega. Eso se perdió para siempre. Ayer eran futbolistas; hoy son millonarios precoces y severos hombres de negocios.
Una foto hallada en mi archivo retrata la diferencia. En el estadio Modelo, a pleno sol, en un banco de madera están los jugadores del Barcelona en 1965. El presidente, Sabino Hernández Martínez, aparece con ellos.
No está en un palco refrigerado degustando fino champán. Hoy se cobijan en una cabina techada y posan sus glúteos en asientos más sofisticados y elegantes que semejan los first class de una compañía de aviación árabe. Son las consecuencias de la modernidad, que no siempre significa avanzar.
Puse “sueños” en el título para significar lo que vi en el partido de ida entre PSG y Bayern Munich. Para mi sencillo gusto de viejo aficionado, es uno de los dos mejores partidos que he visto en mi vida. El otro ocurrió el 29 de noviembre de 2010 en el Camp Nou, cuando el FC Barcelona goleó por 5-0 al Real Madrid y la crítica lo consideró “el partido perfecto”.
Uno de esos cotejos que se convierten, como dijo Jorge Valdano en una ocasión, en un motivo “para que crezca el césped como Dios manda en el jardín comunitario de los domingos. El fútbol es un espacio verde para ser libres. Al balón hay que sacarle música. Un estadio lleno es un teatro de ópera que, cuando es de calidad, arranca ¡bravos! y demás explosiones de alegría”.
Vi el partido en el canal oficial de la Liga de Campeones, con Valdano de comentarista. Un gran escritor que fue campeón del mundo no usó ni una de las expresiones usuales de la jerga de la “generación idiota”. (O)



