La imagen será eterna y la conocemos todos los futboleros: Pelé, con el torso desnudo, llevado en andas en el imponente estadio Azteca. Brasil y O Rei quedándose la Jules Rimet por tercera vez, ahora en propiedad, de acuerdo al reglamento.
Fue la bisagra de los mundiales, el antes y después, el único unánime: México 70 encantó a todos los públicos. Por el fútbol, por las decenas de estrellas y porque todos pudimos verlo.
El primer torneo realmente universal dado que llegó a todo el planeta por televisión, en directo gracias al satélite. Y a color. Claro, no en todos los países estaba instalado el sistema de TV a color (en Argentina recién se contó con ese adelanto a partir del Mundial 78), y aun en donde lo hubiera, no todas las personas poseían un aparato a color. Pero se emitió así.

Esto permitió ver el torneo a millones que antes no podían. Tal facilidad y el magnífico espectáculo desplegado -para esa época- le dieron al fútbol un empujón notable de popularidad.
Se estima que entre 600 y 700 millones de personas vieron al menos un partido, lo cual, al iniciarse la década del 70, era casi ciencia ficción. Nunca un evento deportivo había llegado a tanta gente al mismo tiempo. Pese al calor, se fijaron horarios a mediodía para captar la audiencia europea.
El satélite comercial de comunicaciones Intelsat I (Early Bird) fue la joya tecnológica que posibilitó la unión global de los telespectadores.
México obtuvo la sede de la Copa del Mundo, que en realidad no era una copa sino un trofeo, el Jules Rimet, en el Congreso de la FIFA de Tokio, en 1964, imponiéndose a Argentina, que venía bregando por hospedarla desde 1936. Por alguna razón, parecía una obstinación de la entidad matriz negarle al país del tango, pionero del fútbol en América y el mayor productor de futbolistas, la chance de organizar un Mundial.

Es que México contó con un hombre providencial: Guillermo Cañedo, un genio en los despachos como Messi, Pelé o Maradona en el campo. Un individuo agradable, refinado, creíble, de grandes ideas y fabulosa capacidad de negociación. Fue inicialmente un exitosísimo presidente del Zacatepec y luego del Club América, ya en binomio con Emilio Azcárraga, propietario del América y de la poderosa Televisa.
Cañedo asumió la presidencia de la Federación Mexicana, hizo fundar la Concacaf, impulsó la edificación del estadio Azteca, instó la construcción y remodelación de los demás escenarios del fútbol del país, siempre con la idea de conseguir un Mundial, lo que finalmente logró en ese 1964 prometiendo un coliseo para 110.000 personas (el Azteca) y la televisación en directo y a color a todo el mundo. Cumplió.
Luego sería vicepresidente de la FIFA y obtendría otro Mundial para su país, el de 1986.

Este cronista, con quince años y ya apasionado por este juego-deporte-entretenimiento-pasión-industria, volvía del colegio y se devoraba todos los partidos. Recuerdo ver los de Brasil, los de Perú (¡Qué hermoso jugaba esa maquinita de Didí…!), varios de Uruguay y otros de Italia, Inglaterra, Alemania…
Todos los hinchas del mundo aprendimos a recitar de corrido: Jairzinho, Gerson, Tostão, Pelé y Rivelino. Los cinco fantásticos delanteros brasileños tenían un denominador común: en sus equipos jugaban con el 10 en la espalda, lo cual dice algo. Jairzinho en Botafogo, Gerson en São Paulo, Tostão en Cruzeiro, Pelé en Santos y Rivelino en Corinthians.
Entre los cinco marcaron 248 goles oficiales para la selección brasileña: 97 Pelé, 44 Jairzinho, 43 Rivelino, 36 Tostão, 28 Gerson. De fábula. Gerson era el comandante en jefe, líder por clase y personalidad, dueño de una zurda prodigiosa.
Armaba juego desde atrás y ponía el balón en el pecho de un compañero desde 40 metros. Rivelino tenía un cañón en el pie izquierdo, sus tiros libres causaban pánico al rival. De técnica excelsa; fuerte física y mentalmente. El toque de pimienta. Jairzinho era atacante por el centro, pero aceptó jugar sobre la derecha, como wing.
Espectacular, explosivo, de pique fulminante y remate certero. Tostão, un talento. Armaba y definía. Podía ser diez o nueve retrasado. Su zurda y la pelota eran amantes. Poseía un amague desconcertante. Decisivo en la jugada del gol a Inglaterra, el partido más difícil del campeón, pues los ingleses le cascotearon el rancho. Y Pelé era Pelé.
La historia dice que João Saldanha armó esa maquinaria y lo cesaron el 21 marzo de 1970, a dos meses y medio de iniciarse el torneo, por un enfrentamiento total con el gobierno militar de Garrastazu Médici (Saldanha era comunista confeso). Brasil había perdido feo ante Argentina por 2-0 en Porto Alegre, una Argentina eliminada del Mundial. Fue un aviso.
Luego empató a 1 con el modesto Bangú en un partido-entrenamiento y ese día Saldanha anunció que Pelé sería suplente por un tema de miopía. “No ve bien”, dijo, lo que molestó sobremanera al crack.
Esa misma noche João Havelange lo destituyó. Saldanha sabía y era audaz, pero iba demasiado lejos en su disloque verbal. Lo cierto es que en menos de 24 horas Brasil enfrentaba a Chile. Llamaron a Mario Zagallo y asumió.
Y aunque se diga lo contrario, Zagallo metió mano: hizo varios cambios tácticos, de nombres y generó un buen clima en el vestuario. Y Brasil fue un campeonísimo: ganó sus seis partidos y marcó 19 goles.
Pocas veces ha habido un campeón tan rotundo y agraciado, de juego tan vistoso y contundente como Brasil del 70, que así quedó eternizado. Durante décadas sostuvimos que la final Brasil 4 - Italia 1 fue, quizás, el mejor espectáculo futbolístico de la historia.
Luego, el fútbol fue evolucionando y aquello quedó superado, hasta nos preguntamos ¿cómo nos pudo haber gustado tanto eso…?
Sin embargo, en su momento deslumbró. Coincidimos con Juan Vasle, amigo y colega autor del libro Mundiales en blanco y negro (1930-1970): “Resultó uno de los mundiales más lindos de la historia, una fiesta del buen juego. Si bien ese fútbol parece hoy perimido, lento, sin marcas cuerpo a cuerpo, sin luchas por cada centímetro de terreno, en esa época se jugaba así y así lo disfrutaban los hinchas”, afirma.
La belleza pasaba por la propuesta: no había especulación, todos atacaban. Y eso genera emoción, que es lo que va a buscar el público a un estadio. Nadie paga para aburrirse, aunque su equipo gane.
Y había un desfile de luminarias: Beckenbauer, Gerd Müller, Uwe Seeler, Overath, Gigi Riva, Gianni Rivera, Sandro Mazzola, Bobby Charlton, Bobby Moore, Teófilo Cubillas, el Cholo Sotil. ¡Y los arqueros…! Los extraordinarios Ladislao Mazurkiewicz, Gordon Banks, Sepp Maier, Ricky Albertosi…
Hubo, además, varios cruces sensacionales: el ardorosísimo Brasil 1 - Inglaterra 0; Alemania 3 - Inglaterra 2, Brasil 4 - Perú 2, Italia 4 - Alemania 3, considerado el partido del siglo, Perú 3 - Bulgaria 2; Brasil 3 - Uruguay 1, la tarde del histórico “no gol” de Pelé a Mazurkiewicz, cuando lo gambeteó sin tocar la pelota, pero luego, cayéndose, el remate final se le fue desviado.
El gol parecía brotar del césped. Salvo en el grupo 2 que integraban Italia y Uruguay, siempre conservadores. Allí se marcaron apenas seis goles en seis partidos. No obstante, la Azzurra fue finalista y la Celeste semifinalista. Uruguay, en este juego, es el dentista, nadie quiere visitarlo.
Uruguay alcanzó la semifinal, aunque anotó apenas cuatro goles en seis partidos. Posiblemente irrepetible. Pero el campeón tapó todo. Fue un Brasil en tecnicolor. (O)