Debió ser Sudáfrica 2006, fue Alemania 2006 gracias a un oscuro episodio dirigencial. El 6 de julio de 2000 el comité ejecutivo de la FIFA elegía la sede de ese Mundial, los candidatos eran dos, Sudáfrica y Alemania.
Todo estaba dado para que la sufrida África organizara, por fin, su primer megaevento. La votación era pareja, luchada voto a voto.
Extraoficialmente se sabía que estaban igualados 12 a 12, en cuyo caso debía desempatar el presidente de la FIFA, Joseph, Blatter, y éste había anunciado que se inclinaría por Sudáfrica. Pero, inesperada y sospechosamente, el representante de Oceanía, Charles Dempsey, quien tenía el mandato de su confederación de sufragar por Sudáfrica, se abstuvo y se retiró del recinto. Y ganó Alemania 12 a 11.
Se desató un escándalo planetario, hubo indignación. Se habló de un arreglo para favorecer a Alemania. Dempsey adujo que recibió presiones muy fuertes. Semanas después renunció a su cargo.
En octubre de 2015, la revista alemana Der Spiegel publicó documentos que demostraban que el comité de candidatura alemán había manejado un fondo secreto de 6,7 millones de euros antes de la votación de 2000.
La federación germana nunca pudo explicar el destino del dinero, se tapó todo y quedó en nada. Franz Beckenbauer, presidente de la candidatura, quedó muy manchado, mismo en su país y, tras las denuncias, lo “guardaron”.

Pero Alemania montó el Mundial. Que fue muy bonito, con eficiente organización, como era esperable de una nación de gente trabajadora, con servicios públicos magníficos, buena distribución de la riqueza, educación, calidad de vida... Y Beckenbauer fue omnipresente.
Su imagen ganó la candidatura, dio confiabilidad al mundo de que las cosas marcharían. Fue un anfitrión perfecto, ofició de comentarista, hasta se casó en medio del Mundial. Siempre con su media sonrisa y su compostura. Genial jugando, campeón entrenando, líder dirigiendo.
Sólo le faltaba coronar a Alemania. Sin embargo, no le daba el potencial. No se puede ser campeón sólo por la camiseta o por la historia.
La dirigida por Jürgen Klinsmann estuvo lejos de aquellas Alemanias pródigas en figuras y en carácter. A su vez, Brasil fue el Titanic, se hundió con la mejor embarcación. O tal vez no lo era… Quizás Cafú y Roberto Carlos estaban para el Mundial de veteranos… Los periodistas brasileños hablaron de mala preparación, de que a Carlos Parreira el grupo se le fue de las manos.
Se comentó que faltando quince días para el debut Ronaldo estaba con 96 kilos, Adriano quizás más, Kaká remaba solo. Ecuador pasó por primera vez a octavos de final y allí cayó ajustadamente ante Inglaterra.

A Argentina le sobraban fútbol e individualidades para aspirar a todo, pero una decisión del DT José Pekerman derrumbó el castillo de ilusión.
En cuartos de final, estando 1-0 arriba de Alemania, hizo un cambio que público y periodismo argentino no le perdonaron nunca: sacó a Hernán Crespo y, en lugar de incluir a Lionel Messi, que ya era la bomba atómica, mandó al campo a Julio Cruz, un buen elemento y punto.
Al minuto empató la selección local y Argentina, que había jugado un precioso primer tiempo, quedó como bloqueada. Luego cayó en definición por penales. Con dos centrales grandotes y de enormes limitaciones técnicas -Mertesaker y Metzelder- Messi podría haber hecho un estropicio. Pekerman no lo entendió así y, para muchos, regaló el título.
En tal escenario, con las potencias en dificultades o equivocadas, apareció desde atrás Italia. Que tuvo un camino alfombrado hacia la final. Y lo usufructuó centímetro a centímetro. Al segundo encuentro, La Gazzetta dello Sport escribió: “Tenemos una llave muy afortunada, si sabemos aprovecharla estaremos en la final”. Se dio tal cual.
Y así como no fue el gran torneo, tampoco fue el gran campeón. Ni la gran final. Ha sido un rey con ropas modestas. Sucede que los puntos altos de Italia fueron tan altos que taparon la medianía de los bajos. Tan descomunal lo de Cannavaro, Zambrotta, Gattuso y Buffon que disimularon a Luca Toni (un poste), a Totti (no jugó nada), a Iaquinta, a De Rossi, al mismo Camoranesi…
Un equipo que amuralló la entrada de su área y desde allí empezó a trabajar los partidos con paciencia de artesano, administrando cada pequeño tesoro que iba consiguiendo, un centro, un córner, un gol.
Fue una Italia sin marcas a presión, sin el catenaccio de otros tiempos, con el sello más liberal de Lippi. ¿Cuánto le debe el calcio a su técnico por este título? Muchísimo. Más de la mitad de la corona la ganó con los cambios audaces ante Alemania en la semifinal. Lippi advirtió a un rival exhausto, vacío de juego, hueco de ideas, escaso de talento. Sacó un medio trajinador (Camoranesi) y mandó un delantero (Iaquinta). Puso a Del Piero por Perrota (delantero por carrilero). Y dejó en campo a Totti, a Pirlo, volantes con vocación ofensiva, a Grosso, lateral que se mandaba continuamente al ataque.
Un hombre con tantos años de fútbol olfatea cuando enfrente no hay nada y dice “a ganar”. Le tiró encima lo poco que tenía y tuvo su premio: la final. Vio entregado al rival y salió a rematarlo. Se dio cuenta que era ahí o nunca. Brillante también cuando mandó la tropa al frente contra República Checa, Ucrania, Ghana. ¡Si no eran nada…! ¿Por qué agrandarlos…?

La Francia de Raymond Domenech, en cambio, fue de muy menos a muy más. Tuvo una primera fase lamentable. El plantel estaba peleado con el técnico y la prensa francesa comentaba que Zidane quería volverse a casa en medio del torneo.
Pero clasificó a octavos y volteó a tres pesados en serie: España, Brasil y Portugal. Y llegó a la final como favorito. Italia parecía estar física, anímica y futbolísticamente debajo de Francia. Sin embargo, el triunfo ante Alemania en Dortmund fue como la espinaca para Popeye. Y se llevó la corona.
Lippi sabía que la posibilidad más concreta era empatar y luego tratar de acertar en los penales. Así fue. Tras el 1-1 en tiempo regular y extra, la Azzurra se impuso 5-3 pues David Trezeguet estrelló su tiro en el travesaño.
Mucho tuvo que ver, quizás, la insólita expulsión de Zidane por un cabezazo al zaguero Materazzi, uno de los sucesos más comentados de los Mundiales. Iban 20 minutos del suplementario. Esto conmocionó a Francia, su máxima estrella con tarjeta roja. Ya lo habían echado en el Mundial ’98. Fue el mundo al revés: Materazzi debería haber agredido a Zidane, no Zidane a Materazzi.
Un epílogo a tono con un Mundial lujoso por fuera, deshilachado por dentro. Quizá lo más poético fue la columna de Carlos Verdelli en La Gazzetta dello Sport, en la edición del lunes 10 de julio, con la coronación aún fresca: “Una felicidad está invadiendo nuestras calles, nuestras casas.
Nosotros, pequeños italianos, con nuestro balón bajo el brazo, en estos momentos estamos en el centro del mundo, y no es una manera de decir… Uno luego se pregunta ¿qué cosa es el fútbol? Un país entero unificado como por encanto.
Nada ni nadie podría aspirar a tanto. ¿Puede llamarse deporte una cosa así? ¿Puede decirse que es solamente un juego? ¿Y por qué un juego llega hasta donde la pasión política o religiosa, los divos del rock o del cine ni siquiera sueñan…? Una nación que se recuerda imprevistamente de ser tal cosa sólo gracias a su selección, a los muchachos azzurros. Es uno de los tantos misterios felices de esta hora…Gocémoslo como tal, un misterio por una vez sin sombras de pecado”. (O)