En 1930, cuando ningún país se atrevía a organizar un Mundial de fútbol, Uruguay levantó la mano y dijo “yo”. Le cabe el mérito eterno de haberse atrevido a poner en marcha esta fascinante historia. Era un paisito de 1.875.000 habitantes. Pero en 1934 se negó a participar. “Rechazamos el régimen fascista que se va a aprovechar de la competición”, adujo en un comunicado. Había otros motivos, velados: fue en represalia porque Italia no había asistido cuatro años antes a Montevideo y porque -esto no lo dijo- la brillante Generación Olímpica ya estaba mustia y temía no estar a la altura. Fue el único de los veintidós campeones que no acudió al siguiente Mundial a defender su título.


