Fabián Bustos llegó a Ecuador en el 2000, con 31 años, contratado como refuerzo del Deportivo Quito para comandar la delantera del equipo de la Plaza del teatro. Nacido en Córdoba, Argentina, el 28 de marzo de 1969, como jugador destacó por su fuerza al enfrentar a los rivales y se ganó el apodo de Toro. Su registro marca que se inició en su ciudad natal en 1986, luego recaló en Nacional de Uruguay. Regresó a Argentina, donde militó en siete clubes diferentes, y Lanús fue el de más connotación hasta 1999.

Luego emigró a Bolivia, donde duró poco, hasta que arribó a nuestro país donde también jugó en Macará, Manta, Deportivo Saquisilí. Sin tener grandes actuaciones y cargado de años, retornó a Argentina para terminar su carrera en el 2006, a la edad de 37 años. El apellido Bustos se volvió a escuchar en Ecuador en el 2009, cuando el Manta lo contrató como DT y desde ese año deambuló por muchos equipos. Estuvo en Deportivo Quito, Imbabura, Técnico Universitario, Macará, Manta, Liga de Portoviejo y Delfín, donde primero se desempeñó como gerente deportivo, hasta que el presidente del club cetáceo, José Delgado, le dio la responsabilidad de ser entrenador de esa escuadra.

Y llegó el domingo 15 de diciembre de 2019, fecha inolvidable para el fútbol manabita. Ese día se escribió historia: Delfín levantó el trofeo máximo de nuestro balompié para igualar las hazañas del Olmedo de Riobamba (2000) y Deportivo Cuenca (2004) como los únicos tres equipos en coronarse campeones, fuera de los de Guayaquil y Quito, que desde 1957 han monopolizado los títulos nacionales.


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El Delfín del 2019, con la conducción técnica de Bustos, dio un golpe sobre una mesa que era exclusiva de los poderosos. La dirigencia del Barcelona, encabezada por Alejandro Alfaro Moreno, sin perder tiempo, lo contrató para la temporada 2020. Su arribo al ídolo del Astillero fue una verdadera sorpresa hasta para el propio Bustos que no podía esconder, se le había realizado un sueño: dirigir a un equipo grande. Mientras, la afición amarilla hacía un prudencial silencio. Escéptica sobre el real poderío del equipo, la hinchada esperaba que Bustos hiciera un milagro, a sabiendas de las dificultades para fichar grandes figuras y por el paraguas abierto por el presidente del club, que insistía en que la prioridad era conseguir el campeonato financiero (exitoso eslogan publicitario usado en campaña para ganar las elecciones).

Las dudas sobre si Bustos podía dirigir ese vehículo con semejante carga siempre estuvo en presente, pero al final del 2020, en un año atípico y convulso por la pandemia del coronavirus, el argentino dio el batacazo con un equipo titular repetido y sin futbolistas de nivel en la banca. Demostró Bustos que el traje que le encargaron no le quedó grande y obtuvo el título número 16 del Barcelona, celebrado en todo el país. A esas alturas las emociones retenidas desde el 2016 y por las circunstancias ya anotadas -una chequera con pocos fondos, con saldo en rojo y con una plantilla que era el reflejo de la economía-, el técnico debía demostrar que lo del Delfín no fue azar y que era capaz de tener éxito en Barcelona.

Bustos lo consiguió con el drama de la definición por penales en la final de vuelta. Así pudo escribir su apellido en la historia y convertirse en el segundo DT que gana el campeonato ecuatoriano con dos equipos diferentes en años consecutivos. Indiscutiblemente su prestigio como DT tomó vuelo con merecimientos. Con razón y lógica, la prensa deportiva y las instituciones que dirigen el balompié del país lo declararon mejor técnico del 2019 y 2020.

Su continuidad en el 2021 no tuvo dudas. Bustos, pese a las limitaciones, conjuntamente con la directiva conformó una plantilla más amplia, que aunque en el torneo nacional no daba la talla, sorprendentemente en la Copa Libertadores llegó muy lejos. Destruyó a rivales encopetados como Boca Juniors, Santos y The Strongest para superar la fase de grupos. Luego avanzó en la otra ronda ante Vélez Sarsfield, y en cuartos de final enfrentó al fuerte conjunto brasileño Fluminense, al que también eliminó. Con autoridad Barcelona clasificó a semifinales, etapa captada por Atlético Mineiro y Palmeiras en una llave, y la otra por Barcelona y el poderoso y archimillonario Flamengo.

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Como era de esperarse el club de Río de Janeiro eliminó a Barcelona, pero al margen de esta penosa pero advertida exclusión de la Libertadores, la participación canaria fue muy reconocida en toda Sudamérica. Barcelona fue reconocido como un equipo copero y jugar la antesala de la final le representó ingresos millonarios de dólares que sostuvieron una endeble economía. Pero esos momentos de euforia futbolística se acabaron rápidamente, cuando en el certamen el equipo mostró un bajo rendimiento general y un nivel paupérrimo. En la última parte del campeonato se mostró como un cuadro timorato, poco propositivo, dominado por rivales con plantillas inferiores, y el decrecimiento tuvo un responsable ante el público en general. Fabián Bustos se convirtió en villano rápidamente.

Tras un profundo análisis se estableció que hubo un gran conflicto emocional, que fue esclavo de jugadores y de esquemas tácticos inadecuados, y que perdió el gobierno del plantel. Tal es así que el presidente de Barcelona, Carlos Alfaro Moreno, declaró públicamente que no se sentía tan seguro de renovar con Bustos para el 2022. Hoy entendemos que la breve continuidad del entrenador obedeció más al dicho: mejor conocido -sometido a cláusulas convenientes-, que nuevo por conocer.

En honor a la verdad, el aficionado cree a muerte en lo que hacen Alfaro Moreno, Aquiles Álvarez y compañía en Barcelona, pero en el comentario de esquina, la conversación recurrente es que la forma de jugar bajo la influencia táctica de Bustos no terminó de convencer. Mientras, otros se dejan llevar por las frías estadísticas del argentino durante su paso por Barcelona, pues sus números son positivos. Quienes vemos el fútbol desde la otra vereda, como analistas, sabemos que cuando hay decisiones controvertidas todos los involucrados, en la primera oportunidad, sea a favor o en contra para cualquiera de las partes, siempre tienen como solución la terminación del contrato. Algo parecido sucedió con el DT Almada, quien en su momento declaró que continuaba en Barcelona pese a tener tentadoras ofertas, pero sucedió que cuando la dirigencia le incumplió, hizo a un lado su incondicionalidad y se fue a México intempestivamente.

Bustos se irá mañana. No pensó dos veces la oferta del Santos de Brasil, donde pagan muy bien. El destino está hoy en la tierra de los pentacampeones. Por acá se lo recordará por lo que ganó. Bustos podría ser uno más de los incomprendidos porque muchos aficionados creen que su ciclo debió terminar antes, pero otros lo extrañarán. En el fútbol los juicios de valor tienen mucho que ver con que el pasado o el presente se juzguen bajo el prisma de las conveniencias. (O)